FICHA TÉCNICA



Título obra Sálvese quien pueda

Autoría Ray Cooney

Dirección Manolo Fábregas

Elenco Patricia Rivera

Espacios teatrales Teatro Manolo Fábregas

Referencia Bruno Bert, “Sálvese quien pueda. Evasión por distracción”, en Tiempo Libre, núm. 330, 4 septiembre 1986, p. 33.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Sálvese quien pueda
Evasión por distracción

Bruno Bert

Ver cerca de mil quinientas personas en platea un domingo a las cinco de la tarde y con un boleto a $3,000.00 es por un lado alentador, porque significa que el público continúa apoyando al teatro a pesar de la crisis y de los precios, y por el otro en cierta forma preocupante advirtiendo qué tipo de espectáculos son los preferidos. No importa ya si a través de una masiva campaña publicitaria, de un elenco "brillante", de un director afamado o simplemente del género elegido.

Sálvese quien pueda es una comedia de enredos de Ray Cooney dirigida por Manolo Fábregas, producida por él mismo y presentada en su propio teatro. Aclaro que no tengo nada contra las comedias y que lo considero un género realmente difícil para los que quieran acercarse artísticamente a él, porque presupone ingenio, sorpresa, ironía, habilidad en la resolución de muchas partes de puro sostén visual a través de gags, un juego rápido de lenguajes, gran capacidad histriónica por parte de los actores y un manejo complejo del ritmo a manos del director. Pero claro que estamos hablando de un acercamiento artístico al género. Y es fácil encontrar en la historia ejemplos de oposición. Como en las mismas raíces, si comparamos la comedia griega y su derivado lamentable en Roma, donde salvando un par de nombres —y estamos hablando de autores, ya que el teatro es efímero y no podernos referirnos a puestas sino por referentes y a dos mil años de distancia— lo demás era francamente deleznable.

En el caso que nos ocupa, la comedia es absolutamente intrascendente y evasiva; la puesta es de esas que se montan en un par de semanas; la escenografía continua la clásica línea de "escaparate impersonal de mueblería", y la actuación no puede en manera alguna aislarse del contexto. Es decir, que se trata de una obra compacta donde ninguna de las partes emerge de las otras: todas son absolutamente mediocres e intrascendentes por igual. No hay originalidad ni aun buscándola con ansia, y por el contrario, se insiste una y otra vez con recursos ampliamente manidos y probados para provocar una risa que siempre da resultado en el público.

Hablando hace unas semanas con una gran actriz nacional me preguntaba si como periodista no me sentía mal cuando criticaba una obra que, sin embargo, era un éxito: si eso de alguna manera no debía hacerme reflexionar sobre mis propios parámetros críticos. (Este sería un caso.) Y creo que no, que no necesariamente cantidad significa calidad ni el nivel medio cultural es el más apetecible. Todos sabemos cómo se arbitran los gustos para el consumo, y esto tanto a niveles masivos como elitistas; y no es cuestión de reprocharle al público que asista y se divierta con productos tan pobres en cualquiera de sus componentes, sino más bien reflexionar cuáles son las condiciones sociales que llevan a confundir evasión con distracción por un lado y teatro con negocio por el otro. Porque el teatro debe también ser un negocio —al menos en algunas de sus expresiones— pero no dejando por eso de conservar algo de lo que vincula a este hacer con el arte. Porque no resulta para nada lo mismo el teatro comercial que el comercio teatral.

Patricia Rivera en Sálvese quien pueda, de Ray Cooney; dir., Manolo Fábregas; mar. a jue. , 20:30; vier. y sáb., 19 y 22; dom., 17 y 20 hrs., Teatro Manolo Fábregas, Serapio Rendón 15, Col. San Rafael 56616-44. (Fotografía de Luis Fernando Moguel)