FICHA TÉCNICA



Título obra Pedro y el capitán

Autoría Mario Benedetti

Dirección Carlos de Pedro

Elenco Selma Beraud, Carlos de Pedro

Espacios teatrales Teatro Legaria

Referencia Bruno Bert, “Pedro y el capitán. Encarnados por mujeres”, en Tiempo Libre, núm. 315, 22 mayo 1986, p. 28.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Pedro y el capitán
Encarnados por mujeres

Bruno Bert

La obra de Mario Benedetti ha ido imponiéndose a través del tiempo hasta constituirse en un caballito de batalla que se repone año con año en versiones tanto profesionales como estudiantiles a lo largo de todo el continente americano. Claro que en aquellos espacios libres de dictaduras militares capaces de verse reflejadas sin tapujo alguno en los personajes.

De todas maneras y a pesar de tal aceptación —debida posiblemente por su temática y por el uso de apenas dos actores en un espacio único sin costosos requerimientos escenográficos— no es una obra sencilla de llevar a escena.

Habría que pensar cuáles fueron las intenciones de su autor al escribirla y es probable que al combativo escritor uruguayo le importara mucho menos los aspectos formales que una amplia difusión que sirviera como permanente proclama de la vigencia de la dignidad del combatiente frente a la sordidez de su enemigo atrapado entre las redes del sistema del que se vuelve útil pero repulsivo defensor. Pedro y el capitán es una obra de lucha que, paradójicamente, no podría jamás escenificarse en los escenarios mismos en que esta se lleva a cabo, pero sí en su entorno. Y al verla en México no podemos dejar de pensar en cuántas esposas de "Pedros" exiliadas en este país no pensarían en el destino incierto de sus parejas no hace todavía demasiado tiempo, cuando las dictaduras uruguayas y argentinas estaban en pleno vigor y apogeo.

En este sentido y pensada como obra de barricada, las consideraciones estéticas se nos hacen de menor importancia. Pero continuamos creyendo que no es una obra fácil, aunque sí lo sea caer en la seducción que nos tiende para luego no llegar a cubrir las exigencias que entraña su texto.

La pieza expone las relaciones de un torturador con "su" torturado, y las sutiles interdependencias entre ambos, con un margen ampliamente favorable para la víctima que termina, aun frente a la muerte cierta que le aguarda, venciendo a su victimario en el plano de los valores más profundos y humanos.

Carlos de Pedro ha montado en esta oportunidad el trabajo valiéndose de una variante que, de haber sido ya experimentada, no ha llegado a mi conocimiento: la de sustituir a los dos hombres por dos mujeres, sin cambiar sin embargo los sexos reales de la narración, ni imponer a las actrices una situación de travestismo escénico. La propuesta es interesante y bien merece algunas consideraciones: La puesta pareciera pedir tres niveles de trabajo actoral: la de los roles directos, es decir el cuerpo de la víctima y el cuerpo del victimario; la de los roles cambiados, cuando los contenidos exceden a los cuerpos reales y hay situaciones de transferencias, y las consideraciones de hombre-mujer, por ser estas (Susana Robles como El capitán y Selma Beraud como Pedro) las que encarnan a aquellos.

El último de los niveles expuestos debiera hacernos pensar en la conveniencia o no de una propuesta de aproximación naturalista, porque si bien es cierto que el sexo no importa, temáticamente hablando, si comienza a importar cuando nuestras consideraciones se vuelven sobre la labor actoral. A mi entender, un cierto distanciamiento del naturalismo mayor al observado es posible que favoreciera más el trabajo que se está presentado en el Teatro Legaria. En lo que hace a los otros niveles, creemos que también debiera marcarse una muy neta diferencia, y en polos opuestos, para manejar dos tensiones al límite como lo son esos cuerpos torturados, cada cual a su manera: destrozado el uno por fuera y el otro por dentro, en el vacío irremediable de la culpa y el miedo, casi nunca confesados pero siempre sentidos.

Y no es que las actrices no den lo mejor de sí, eso es claro al verlas, pero es como si pidiéramos al director una mayor energía y una mayor inflexibilidad para trabajar ese material humano que se le brinda, para llevarlo hasta sus últimas posibilidades expresivas, sin concesiones y con un rigor tan extremo como la situación que Benedetti plantea.

¡Ah, una última sugerencia: no permitan que haya tantos niños pequeños en platea, que ni es para ellos la obra ni eso beneficia la concentración del espectador!

Selma Beraud en Pedro y el capitán, de Mario Benedetti, Teatro Legarla, Calz. Legarla y Lago Gran Oso, Tacuba, miérc. a vier., 20 hrs.; sáb., 19 hrs.; dom., 18 hrs.