FICHA TÉCNICA



Título obra Los gallos salvajes

Autoría Hugo Argüelles

Dirección José Enrique Gorlero

Elenco Sergio Bustamante, Fernando Montenegro

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Los gallos salvajes. Desplumados e incestuosos”, en Tiempo Libre, núm. 313, 8 mayo 1986, p. 29.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Los gallos salvajes
Desplumados e incestuosos

Bruno Bert

Esta pieza, que se está presentando en el Teatro Wilberto Cantón, de la Sogem, es la segunda experiencia de dirección de José Enrique Gorlero, quien fuera premiado por la primera (Las lágrimas de Eros) como director revelación por la Asociación Mexicana de Críticos de Teatro.

La elección de Gorlero ha variado, seguramente buscando enriquecer su experiencia profesional desde distintos ángulos, y así, mientras que Las lágrimas de Eros era una obra de creación colectiva al interior de un grupo independiente y sin figuras conocidas para el público masivo, en Los gallos salvajes, cuenta con un autor de renombre, Hugo Argüelles, y con un actor de cartel en nuestro medio, Sergio Bustamante. La obra, con características de tragedia, es una parábola sobre el poder y el machismo en México, a través de una trama que narra las relaciones con elementos incestuosos y homosexuales de un cacique veracruzano con su hijo; tomado el primero en los momentos de su decline y el segundo en los instantes en que la toma de conciencia de sus contradicciones afectivas, culturales y sexuales lo impulsan a una conclusión destructiva de la relación. Mediando entre ambos, un poco como el destino y un poco como coro, un brujo local que trabaja bajo el ala del Gallo rojo, nombre que da la población al cacique encarnado por Bustamante.

Se trata claramente de una pieza de autor donde, más allá de la voluntad del equipo, todos se ubican al servicio de la tesis encarnada en el valor de las palabras y los textos, verdaderos protagonistas de la obra. Es la densidad de ese tejido sonoro y conceptual el que cubre a Los gallos salvajes, incorporándole por un lado la riqueza del talento de Argüelles como autor, y acolchando por el otro la suma de acciones actorales y de dirección que pugnan por emerger como valores autónomos de esa trama intelectual y verbal que tiende a ahogarlos.

Gorlero, con una pasión artesanal por su trabajo, esto es el sentido más positivo del término, se despliega en forma permanente entre sus tres actores cobijando la verosimilitud de sus actos, creando relaciones de autenticidad, tratando de barrer de formalismos lo que sucede en escena. Crea un trazo limpio, efectivo, en una cuidada puesta de tipo naturalista. Tal vez la única sugerencia que podríamos hacerle es que refuerce su propio sentido de posesión, expropiando definitivamente la obra a su autor para transformarla (no necesariamente cambiando la letra) en campo propio. Y esto no porque tengamos nada contra los autores, sino porque una pieza en escena es algo que ya no pertenece al creador del libro, de la base, de la sugestión primera para el trabajo, y se debe transformar en espacio de tensiones donde sólo los actores y el director impongan sus conflictos vitales, apareciendo el autor como la presencia intangible de la argamasa que sostiene a todo edificio pero que nadie ve. Se trata, en realidad, de una inversión de signos que está en la base de cierta concepción contemporánea del teatro.

En lo que hace a los actores, se da un proceso peculiar porque se aúnan en escena aquellos que tienen una amplia experiencia y por ende un dominio de todas las técnicas tradicionales del oficio —y es el caso sobre todo de Sergio Bustamante y en menor medida de Jerbert Darién— con aquel que, no disponiendo aún de este acervo, debe necesariamente poner vida y entrega, y en esto me estoy refiriendo a Fernando Montenegro. Desde platea quisiéramos hacer una fusión de ambos porque la técnica no debe estar despojada de la vida (aunque en realidad lo que debiéramos señalar en Bustamante es una discontinuidad de los procesos orgánicos) y ésta última necesita de la primera para transformarse en arte. En general son los extremos del mismo camino y es el medio y el juego de las relaciones sociales los que terminan disociando dos factores que jamás deben estar separados.

Intuyo que una visión conservadora apoyará la solvencia de lenguajes reconocidos y aplaudirá más a Sergio Bustamante; aquellos que preferimos más el riesgo y la vida, aun con sus imperfecciones, nos sentiremos más cerca de las búsquedas de Fernando Montenegro.

La escenografía, de Humberto Figueroa, subraya con eficiencia la propuesta de la dirección creando un espacio a la vez cotidiano y mágico donde ha de acontecer la acción, en los fondos de una casa de pueblo.

Interesante trabajo con fuertes contenidos, Los gallos salvajes, se constituye en un desafío a la rutina del teatro convencional e indudablemente genera ya, a través de la respuesta del público, un verdadero polo de interés dentro de la temporada teatral de este año.

Sergio Bustamante y Fernando Montenegro en Los gallos salvajes, de Hugo Argüelles, director José Gorlero, Teatro Wilberto Cantón de la SOGEM, José María Velasco 59, San José Insurgentes, tel. 593-8534, martes a jueves 20:00; viernes ysábado 19:00 y 21:30 y domingo 17:00 y 20:00 horas.