FICHA TÉCNICA



Título obra La mudanza

Autoría Vicente Leñero

Dirección Adam Guevara

Elenco Silvia Mariscal, Eduardo López Rojas, Andaluz Russell

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Referencia Bruno Bert, “”La mudanza. Asfixia, no estallido”, en Tiempo Libre, núm. 311, 24 abril 1986, p. 25.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

La mudanza
Asfixia, no estallido

Bruno Bert

Hay obras donde el final tiene una especial significación, y durante mucho tiempo fue frecuente en el cine la filmación de películas con doble final, acorde cada uno a las circunstancias de su lugar de difusión. También en teatro hay obras con doble final, y La mudanza, de Vicente Leñero, es una de ellas. De hecho, Adam Guevara, director de la puesta que hoy podemos ver en el teatro Julio Prieto, fue quien estrenó la obra de Leñero allá en 1979, cambiando el final original, con anuencia del autor, por el que podemos ver en esta reposición del trabajo. Hace un par de años, en la Muestra Nacional de Xalapa, tuvimos la oportunidad de ver la otra versión, y ahora estamos en condiciones de cotejar ambos finales y los cambios que estos implican para la concepción general del trabajo.

Pero vayamos desde el principio. La obra está constituida por tres momentos: una visión inicial del lugar de la acción, la obra propiamente dicha y el cuestionado final. El bloque de la obra en sí muestra, en tono realista, una mudanza a los suburbios de la ciudad, de una pareja de clase media que van desatando sus mezquindades y rencores a medida que se acumulan los muebles que terminan por ocupar todo el escenario volviéndolo tan intransitable como esas vidas, también bloqueadas de conflictos aparatosos e intrascendentes como sus muebles.

Nada más sucede que ese desintegrarse de la relación, con el marco de los obreros que van y vienen, descargando, ajenos pero partícipes, no tanto del conflicto como de la carga de relaciones de clase que se da entre ellos y los dueños de casa. Tanto el diálogo como las acciones son al mismo tiempo ágiles y densas hasta afectar de cansancio e impaciencia al espectador que se harta de tanta vacía desesperación, tal como se lo propusieran en complicidad el autor y el director.

Finalmente, los dos seres quedan solos y ya nada más hay para decirse, aunque la pareja insista en permanecer en ese pantano sin fondo donde las palabras han perdido hasta el sentido, queriendo "profundizar" lo que en definitiva se ha extendido de una pareja a toda una clase árida y egoísta.

Hasta aquí las dos versiones coinciden y están pivoteadas por el trabajo de media docena de actores que en el caso de la actual puesta manejan con soltura sus papeles. Pero ahora veamos el principio y el final del que hablábamos: en el caso de la puesta de Adam Guevara, la propuesta escenográfica de Alejandro Luna con la que nos enfrentamos al entrar al teatro, tiende a un despegue del naturalismo en el que nos sumergiremos inmediatamente, para acercarse mucho más a una propuesta expresionista, más inquietante y atractiva. Esa puerta inmensa y fuertemente iluminada en contraluz preanuncia algo más que un drama naturalista, como también ese personaje que en sombras recorre el ámbito hasta desaparecer por una puerta que luego resultará bloqueada. La obra comienza, esta imagen se diluye y el naturalismo se ve reforzado aún más porque Alejandro Luna construye literalmente la cuarta pared -la que separa la escena del público- recortándola luego para ubicarnos como fisgones de esa intimidad y en la cocina misma de la casa, cuya puerta cerrada da a la platea.

Al término la noche se hace y la iluminación, fuertemente recortada por entrar de una sola fuente, vuelve a las remembranzas expresionistas del principio... y aquí deviene el final. Claro, no vamos a detallarlo pero sí a marcar la diferencia: si optamos por el final que originariamente diera Leñero a la obra, la idea es de confrontación social y un estallido de las tensiones que se daban en el transcurso del trabajo a manos de factores externos; si optamos, en cambio, por la resolución que hoy podemos apreciar en el Julio Prieto (y que estéticamente es la más lograda) la resolución se da al interno de la misma clase adquiriendo las imágenes un valor simbólico más acusado pero en el espacio cerrado de esa asfixia, por agotamiento de un proceso al interior de la pareja o de lo que ella representa. Y la diferencia es notoria porque toda la obra está construida para el primer final y no para el segundo, aunque este nos parezca visualmente más valioso.

Tal vez el problema de las obras con dos finales es que tendamos a quedarnos con un tercero. Sin desmerecer los esfuerzos anteriores, claro está.

Silvia Mariscal, Eduardo López Rojas y Andaluz Russell en La mudanza, de Vicente Leñero, dirección Adam Guevara, Teatro Julio Prieto (Xola y Nicolás San Juan, Del Valle, tel. 543-3478), martes a jueves 20:30; viernes y sábado 19.:30 y 21:30; y domingos 18:00 y 20:00 horas. (Fotografía de Luis Fernando Moguel.