FICHA TÉCNICA



Título obra Jardín de invierno

Autoría Julieta Campos

Dirección Manuel Montoro

Elenco Irma Lozano, Beatriz Sheridan, Salvador Sánchez, Nuria Bagés

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Jardín de invierno. El fin del principio”, en Tiempo Libre, núm. 302, 21 febrero 1986, p. 21.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Jardín de invierno
El fin del principio

Bruno Bert

La expectativa sobre el trabajo era lógica si consideramos a los componentes del elenco, incluyendo el nombre de la autora. Y a decir verdad, la apertura del telón fue altamente propiciatoria porque la primera imagen, la de la escenografía de Guillermo Barclay, tiene todo el impacto de lo que no sólo está bien hecho sino que genera los climas que, según iremos descubriendo, la obra necesita en su desarrollo.

Es indudable que el trabajo de Barclay figura entre los primeros a mencionar, no sólo por la escenografía, sino también por la iluminación y el vestuario, en una gama de blancos deslumbrantes con esa perfección donde la vida queda como encerrada, estucada, transformando a los personajes en imágenes y proyecciones oníricas, en recuerdos, en fotos que la memoria conserva anclados en algún lugar obsesivo y reiterante.

El tema que maneja Julieta Campos, la autora, nos lleva inmediatamente a referentes como el de Alain Resnais en su famosísimo El año pasado en Marienbad que revolucionara la estructura de la narración cinematográfica, allá por los comienzos de los sesenta; a Gastón Bachelard en sus análisis sobre la imagen poética y al mismo Laborit. Y no es casual toda esta pléyade de pensadores y creadores que da un sesgo intelectual a cualquier crítica sobre Jardín de invierno, porque la obra es altamente intelectual: un juego sobre la memoria, la creación, el valor de los componentes de la misma, muy al gusto e incluso la pasión de aquellos que ahora andamos entre los cuarenta y cincuenta años. Elemento que se entronca por un lado en una etapa vital que se traduce en estas preguntas y por el otro en una estructura generacional que se nutrió de valores y formas que mucho tienen que ver con las planteadas en este espectáculo que dirige Manuel Montoro.

Es cierto que el trabajo del director es el que menos luce, porque el estatismo de la acción y el juego de reiteraciones carece, en teatro, de aquellas posibilidades que el cine exploraba en la película mencionada a través de largos travelings en los corredores del hotel inmenso, o aquellos planos generales y lejanos donde los personajes son casi como las estatuas que pueblan ese parque frío y recortado del barroco francés. A lo sumo, es el escenógrafo el que integra, en la medida de lo posible, estos elementos, y el director queda como expropiado de su labor por el autor mismo y relegado un poco a un trabajo de composición.

Naturalmente el resultado es el de una cierta pesadez, donde, diluidos los primeros factores de atracción visual y narrativo, el espectador comienza a extrañarse, a alejarse de cualquier plano emocional, para ubicarse, tal cual lo pide la pieza, en una lectura de sólo compromiso intelectual y deleite estético. Es innegable que esta cierta lentitud y ese desapego están contemplados desde el principio por quienes montan la obra, pero sigo pensando que la función primordial del teatro es entretener, según dijera Brecht, y que nunca el espacio de distancia y reconocimiento de la acción teatral debe ser tal que permita el aburrimiento, porque éste ataca a la raíz misma sobre la que se asienta el teatro o cualquier obra que pretenda cumplir el ciclo de la comunicación artística.

El trabajo de los actores, Irma Lozano, Beatriz Sheridan, Salvador Sánchez y Nuria Bagés, se encuadra, en su estructura, en una frase que dos de ellos repiten: "No soy una mujer que espera; soy una mujer que representa a una mujer que espera". Y entonces el juego de frialdad se completa en ellos, sobre los que no cabe duda de su capacidad artística, aunque en este trabajo no puedan desarrollar por completo más que la estructura de una sombra, que es el rol que les ha sido asignado desde el principio.

El final rompe con este juego y por fin nieva —para usar una imagen que tiene sentido en la pieza— pero considero que nieva demasiado tarde y en forma demasiado abrupta para ser convincente.

Jardín de invierno es una pieza que indudablemente da para la polémica, y lo merece por la seriedad con que está realizada. Para algunos posiblemente resultará el descubrimiento de un laberinto y les apasionará a pesar de todo; para otros, entre los que me incluyo, tal vez les signifique el final visible del mismo dentro del plano de la creación artística y dejen en sala, un poco de nostalgia, ciertas preguntas que tal vez intuyamos con distintas respuestas.

Irma Lozano, Beatriz Sheridan, Salvador Sánchez y Nuria Bagés en Jardín de invierno; de Julieta Campos, dirección Manuel Montoro, escenografía Guillermo Barclay, Teatro "Wilberto Cantón" de la SOGEM (José María Velasco 59, San José Insurgentes, tel. 593-8534), martes a viernes 20:30; sábados 19:00 y 21.-00; domingos 18:00 y 20.-00 horas.