FICHA TÉCNICA



Título obra Cuarta luna

Grupos y compañías La Rueca

Referencia Bruno Bert, “Cuarta luna. Tiempo de luna nueva / El canto del Halibut y Landrú. Cuando hay talento”, en Tiempo Libre núm. 289, 22 noviembre 1985, pp. 17 y 50.




Título obra El canto del Halibut

Autoría Alfonso Reyes

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Juan José Gurrola

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Cuarta luna. Tiempo de luna nueva / El canto del Halibut y Landrú. Cuando hay talento”, en Tiempo Libre núm. 289, 22 noviembre 1985, pp. 17 y 50.




Título obra Landrú

Autoría Alfonso Reyes

Dirección Juan José Gurrola

Elenco Sergio Bustamante

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Bruno Bert, “Cuarta luna. Tiempo de luna nueva / El canto del Halibut y Landrú. Cuando hay talento”, en Tiempo Libre núm. 289, 22 noviembre 1985, pp. 17 y 50.




imagen facsimilar

Referencia Electrónica


Teatro

Cuarta luna. Tiempo de luna nueva
El canto del Halibut y Landrú. Cuando hay talento

Bruno Bert

Hemos oído decir muchas veces —y las más con razón— que en teatro las palabras "experimentación", "laboratorio" y otras por el estilo, sirven generalmente para escoger el vacío e incluso el fracaso y la incapacidad para enfrentarse a él. Para experimentar se supondría que son necesarias, en primer instancia —dado que el término viene de la ciencia, al igual que "laboratorio"— saber qué es lo que se está experimentando, tener una dirección, una persistencia, una inconformidad con los paradigmas establecidos y un andamiaje de conocimientos así sea provenientes del paradigma cuestionado, que provean las herramientas para andar ese camino incierto hacia rumbos hipotéticos y a comprobar. Y aun con esto no resulta suficiente. No, se necesita también una cuota nada despreciable de pasión y una necesidad orgánica por contestarse a sí mismo las preguntas que son más íntimas y vitales para el hombre. Es decir que se necesita la soledad de quien solo trabaja para sí una importante etapa de su tiempo, con una ética a prueba de las propias y ajenas debilidades.

¿Quién puede en teatro permitirse esto? No los actores solos, ya que no tendrían campo donde aplicarlo al momento de producirse el montaje, tampoco los directores en iguales condiciones puesto que su trabajo se vuelca sobre el cuerpo del actor y, en la relación tradicional, éste, lo mismo que el primero, está sujeto a condiciones económicas que lo hacen imposible. Tampoco un elenco que se reúne para el fin preciso de un montaje en una cantidad determinada de semanas. ¿Quién entonces? Pues, únicamente los grupos que se constituyen con los individuos que quedan excluidos de todas las circunstancias antecedentes por el tipo de necesidades que planteamos en primer término. Evidentemente individuos muy peculiares y entre los que nada resulta sencillo, por lo que, aún reunidos, deben tener la fuerza de continuar a pesar de todo con sus principios, pero con una contundencia de trabajo que les abra un espacio de respeto en el medió en que están insertos y del que deben conseguir las formas de subsistencia y más la continuidad de la tarea. De este tipo de grupos hay apenas un puñado (a veces menos) en todo un país. A estos se los llama "teatro de grupo", y ya Eugenio Barba ha hablado con mucha precisión al respecto, tanto en sus escritos y conferencias, y sobre todo en el plano práctico de la demostración a través del Odin Teatret, su propio grupo de trabajo.

Naturalmente también en México existe este tipo de fenómeno y no nos vamos a poner a elencar nombres para evitar susceptibilidades heridas por omisión, pero son muy pocos y el grupo "La Rueca" es uno de ellos. Hoy vimos lo que para nosotros es su primer montaje, a pesar de haber hecho ya trabajos anteriores, no visto el primero por tener ya seis años y sí el segundo, pero realizado en conjunción con otro grupo de la misma corriente. Cuarta Luna es el resultado de la experimentación (usamos el término con justeza) sobre la búsqueda de lo vital en el hombre en relación a los poderes que accionan en su entorno. Para esto se utiliza como soporte las etapas de la vida de una bruja en el medioevo, personaje y época generosa en sugestiones para hablar de lo que a cada uno preocupa aquí y ahora.

Todo el trabajo, con sus aciertos y limitaciones, posee algo que desearíamos ver siempre que sube un actor al escenario y que no solemos encontrar más que por excepción: está vivo, y eso se comparte con gratitud entre tanta muerte solemnizada.

Podríamos entrar en consideraciones técnicas para alabar esto o criticar aquello, pero creemos que vale la peña simplemente acercarse a compartir la experiencia y sacar propias conclusiones, que de seguro tendrán un balance positivo.

El canto del Halibut y Landrú
Cuando hay talento

Tal vez el titulo suene un tanto pomposo, y posiblemente lo sea, como contraposición al contenido del espectáculo en dos tiempos (o a los dos pequeños espectáculos) que Juan José Gurrola nos muestra en el escenario de la SOGEM.

De los dos, el primero, El canto del Halibut, es simplemente delicioso y merecería se parafrasease burlonamente el lenguaje que utiliza el profesor Schwoob (Gurrola) en escena para hacer la crítica o el comentario a su trabajo. Elementos nos da, y en abundancia, para caer en tentaciones de buscar raíces, influencias, deslindes y sugerencias cultas e irónicas sobre el material literario que pone en escena y, sobre todo, como lo hace; pero no llegaríamos seguramente a igualar al original y con él basta aunque no sobre, porque no hay nada que salga sobrando en Halibut.

Esta pequeña pieza, llamada por Gurrola "epopeya atávica en un acto sobre un canto épico de Don Alfonso Reyes", es apenas un juego teatral donde concurren muy pocos elementos y todo el talento del director para armar con ellos un instrumento de placer teatral. Que eso es lo fundamental, la sensación dionisíaca que encarna el nombre del Dios exótico —que no lo sería tanto si se le diera su verdadero nombre— se prende al espectáculo y a través del hilo conductor de Gurrola nos va llevando con transparencia hasta la escena final donde sonreímos como espectadores a esa plenitud radiante del actor-profesor con su crítica y su asimilación a las convencionalidades más explícitamente representadas.

Se trata de una especie de viaje imaginario, de nueva crónica de la conquista, de burla ideológica con escenografía de music-hall; de una irreverencia que podría llevar a la polémica si no estuviera hecha con tanta gracia y tanto desenfado por Gurrola, al que se ve gozar personalmente como autor y como actor del juego de provocación.

La segunda pieza, "Landrú", es un poca más convencional en su estructura de opereta, también sobre un texto de Reyes, aunque la solvencia profesional de Sergio Bustamante la agilice y todos los elementos movidos en escena a nivel de puesta y música en vivo nos traigan al interés de hoy algo al que se le ve una cierta pátina de años.

La imagen del conquistador asesino protestando de elevar al crimen al nivel de las bellas artes, pero consecuente a los beneficios económicos y mostrando los síntomas de su propia vejez, es doblemente interesante por la pericia técnica conque está construido, y por la falta absoluta de interés del director de llevarlo a un plano de representación naturalista: es, como en el caso de Halibut, un juego teatral, directo y abierto del que, por segunda vez, nos beneficiamos por la validez de su teatralidad.

No nos tocó verlo con mucho público, sino con apenas un grupo reducido al que entusiasmó el trabajo. Sería interesante extenderlo porque no es frecuente disponer de materiales como el que se nos ofrece de la mano de Gurrola.