FICHA TÉCNICA



Notas Sobre el retorno de la actriz María Teresa Montoya en el Teatro Arbeu

Referencia Armando de Maria y Campos, “María Tereza Montoya abre un nuevo capítulo en su ascenso artístico”, en Novedades, 11 agosto 1948.




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Novedades

Columna El Teatro

María Tereza Montoya abre un nuevo capítulo en su ascenso artístico

Armando de Maria y Campos

Sobre el escenario del Arbeu, el más clásico de nuestros coliseos, María Tereza Montoya, la actriz trágica por excelencia de estos días llenos de pavor, cargados de terror, que vive el mundo, hace teatro. A María Tereza Montoya la precede, la acompaña, la persigue un huracanado viento de tragedia. Pero sobre todas las rachas adversas, sin dejarse llevar plácidamente por aires de fortuna, la Montoya se yergue soberbia de amor al arte de representar; crea sin descanso personajes sacudidos por borrascas de pasiones, y cruza tranquila, como El sobre el Tiberiades, las aguas contaminadas del mecantilismo y de la ignorancia que han llevado el teatro al abismo, casi, sin mancharse los pies andariegos, dignos del severo coturno de la tragedia griega. Como Eleonora Duse, María Tereza Montoya, la gran trágica mexicana de que justamente puede enorgullecerse el mundo de habla española, porque es la única, podría decir: "¡Para salvar al teatro hay que destruirlo. Actores y actrices deben morir de una peste; ellos han envenenado el aire y hecho imposible el arte!"

Pero la necesidad –¡la augusta necesidad de no permanecer lejos de la mentirosa luz de las candilejas!– tiene cara de hereje, y María Tereza Montoya, que no puede vivir fuera del escenario, como el pez no puede vivir fuera del agua, lejos de destruir el teatro, lo recrea, lo crea, y en sus horas de descanso se consagra a modelar nuevas actrices en sus hijas Alicia Rodríguez Montoya y María Teresa Mondragón Montoya, convencida de que nacieron para ser devoradas por las fauces insaciables del foro.

De regreso en México de una gira tormentosa por Suramérica, sin dar reposo a su fatiga, planea una temporada en el teatro Arbeu. ¿Obras?... Las suyas; las que nadie puede representar sino ella, no importa que las hagan y deshagan otras actrices de diversas calidades. Para debut, un gran papel, la protagonista de Valeria –Pasión de oro, en el original francés–, la intensa tragedia de una mujer avara, obra de un oscuro autor francés.

Horas antes del debut una racha de adversidad azotaría la economía de nuestro país; el peso, unidad más abstracta que concreta de nuestra moneda, cae, y una ola de inquietud ahoga la vida del país.

¿Quién tiene ánimos para olvidar su tragedia y acudir a un teatro a conmoverse con la que vive una mujer que ama el dinero más que a la propia vida?...

El telón del Arbeu se levantó para abrir un nuevo capítulo en la historia de la gran trágica mexicana, quien ante escaso auditorio creó otro gran personaje trágico. El éxito que alcanza es magnífico; el público, en pie, ovaciona sin descanso a la gran actriz, privilegiado don que hace el cielo al sufrido teatro de México, para orgullo del mundo hispánico. Magnífica voz, una de las más ricas en matices de que se tiene memoria: sobria, justa y elocuente de gesto, logra encauzar su caudaloso y bravo temperamento, disciplinado a un dominio absoluto, integral, de la escena, que pisa como nadie. No tuve la fortuna de alcanzar a Adelaida Ristori, la gran actriz dramática italiana; pero dudo que ella haya logrado ni nadie logre componer y organizar mayor cantidad de emociones con un gesto, con un paso, con un ademán, con un silencio, con una sola, certera frase... Nada accidental, inesperado, improvisado, hay en el juego escénico de María Tereza Montoya, ya interprete la infanzona benaventina, protagonista de un tremendo drama incestuoso en la severa e implacable campiña castellana, ya se convierta en la honesta amoral Bernarda Alba, eje del drama de mujeres que el genio lorquiano situó también en la seca llanura de Castilla –las otras dos obras que hasta ahora ha representado en el Arbeu–; todo ha sido previamente calculado, decidido por la intuición de esta comediante que odia la erudición. Cada detalle de su juego escénico está finamente terminado; cada sonido de la voz está regulado y determinado al momento; cada ademán, ¡qué justo y elocuente!, responde a un golpe de emoción y es como el acento de una frase que se pronuncia más que con los labios, con el gesto, con la mirada que María Tereza Montoya juega excepcionalmente, porque sabe que por las pupilas lo mismo se escapa el odio que el amor, la avaricia que el deseo, el castigo que el perdón... Realidad y emoción son la síntesis del arte dramático de la Montoya; vida que se derrama y extiende sobre la escena como un caliente coágulo de sangre. El realismo no es una simple voz de la imitación –ha dicho Aristóteles–, sino revelación de la verdadera escencia de las cosas...

Se ha afirmado que los mexicanos comemos tortillas con chile, sentados sobre ricas vetas de oro cuya existencia ignoramos. Con el teatro se repite fenómeno igual: México cuenta con la mejor trágica de esta época característicamente dramática, y la deja trabajar ante una docena de filas de luneta. Y se va al cine. Pero del cine sacará al público María Tereza Montoya, si el problema está en los precios; hará descender los de su teatro a los de cualquier cinematógrafo. Así me lo ha dicho, confirmando que no le seduce el dinero...

Yo he pensado en Leonardo de Vinci cuando habla sobre el amor al dinero y el amor al arte: "Cuida de que el amor al dinero no ahogue en ti el amor al arte. Recuerda que adquirir gloria está muy por encima de la gloria de adquirir. El recuerdo de los ricos muere con ellos; el recuerdo de los sabios sobrevive, pues la sabiduría y la ciencia son hijos legítimos, mientras que el dinero no es más que un bastardo. Ama la gloria y no temas la pobreza. Piensa en los filósofos nacidos en la riqueza, que se consagraron a la pobreza para no ablandar su alma. A veces el amor al dinero rebaja también a los grandes maestros hasta el oficio. Así, mi compañero y amigo florentino, el Perugino, llegó a tal rapidez en la ejecución de encargos, que, en cierta ocasión, desde lo alto de un andamio respondió a su mujer que le llamaba para comer: 'Sirve la sopa: entretanto, pintaré un santo más'".