FICHA TÉCNICA



Notas Semblanza de Agustín Lara

Referencia Armando de Maria y Campos, “Agustín Lara se presenta como actor. Cara, cruz y canto del príncipe de la canción mexicana. I”, en Novedades, 5 agosto 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Agustín Lara se presenta como actor. Cara, cruz y canto del príncipe de la canción mexicana. I

Armando de Maria y Campos

Es veracruzano. Nació en el pintoresco pueblo de Tlacotalpan, en 1903. Cuarenta años después Agustín Lara, músico-poeta, cantaría a su cuna.

¡Yo nací con la luna de plata
y nací con el alma de pirata!
He nacido rumbero y jarocho...

Huérfano de madre, se crió al lado de una tía materna; ésta ha revelado que a los siete años el pequeño Agustín improvisaba al piano, y que en una ocasión en que su hermana María Teresa recitó en el colegio algunas composiciones poéticas el pequeño músico sin estudio le acompañó la recitación, improvisando al piano. Un músico amigo de la familia, don Rafael J. Tello, le preguntó al chico: Dime, ¿cómo haces?... Agustín contestó: pues, señor, pienso aquí (se tocó la cabeza); siento aquí (bajó su mano al pecho) y toco aquí... (y señaló el teclado del piano).

El príncipe de la canción mexicana Agustín Lara pudo haber sido un oscuro, modesto comerciante con regular cultura, si en su pecho no hubiera estado siempre encendido un ambicioso, impaciente, afán. Estudió algo en el Instituto Fournier; intentó ser agente viajero; pero halló modo de tocar el piano en el restaurante Tokio –por la calle del Uruguay–; y en aquel lugar en que servían "comidas corridas" al increíble precio de $0.45 –corrían los años de 1918-1919–, pudo ganarse la vida tocando las piezas en boga y... lo que improvisaba. Empezó a componer canciones; una cancioncilla llamada Florecita llegó a ser grabada. Empezaba a escucharse en México la música fácil y con sabor de Lara. Pero una aventura femenina le arrancó del restaurante Tokio y lo llevó a tocar en una "casa" de Orizaba. Tocaba en Orizaba lo mismo que en el Tokio, y ganaba más; con la diferencia de que el trabajo era únicamente por la noche, hasta la madrugada, y que los clientes bailaban lo que él tocaba, en vez de limitarse a escucharlo mientras comían. Todas las carreras, incluso la de pianista de "casas de damas" tienen ascensos, y Agustín Lara vino de Pluviosilla a México a tocar en "casa de Margarita" –Cuauhtemotzin 74; años de 1919 a 1921–, y cayó de pie en la bohemia de entonces, la última que ha dado México y cuya historia pintoresca tal vez algún día escriba, si no lo hacen otros, algunos de ellos protagonistas de aquellas casi mitológicas calendas, que ocupan ahora puestos de responsabilidad y jefaturan hogares fecundos y burgueses...

De aquellos años –y también de sus veladas en el cabaret Salambó– es su deliciosa canción Vencida, que dice:

Te vistió de tristeza
su malvada mentira;
manchó la blanca flor de tu pureza
y fue estigma de tu triste vida...

o Cortesana, o Siempre te vas, o Mujercita, o Aventurera, no importa que fueran estrenadas en otras fechas:

Yo la vi por la calle una noche,
ofreciendo a la venta su amor,
y al mirarla, sentí que sus pasos
me golpeaban en mi corazón.
(Mujercita).

En la lucha de amores
resultaste vencida;
embriaga tu dolor,
Vive para el placer,
y nunca, nunca, vuelvas a querer,
(Vencida).

Vende caro tu amor, aventurera,
da el precio del dolor a tu pasado,
y aquel que de tu boca la miel quiera,
que pague con brillantes tu pecado...
(Aventurera).

No obstante que Lara no obtuvo los primeros premios en aquel histórico evento artístico, su música empezó a imponerse. El afortunado empresario Campillo montó en el Lírico, inmediatamente después de este suceso folklórico y musical, un "cuadro" que escenificaba una canción del compositor y jarocho: Mujer, que tocó al violín el entonces casi niño Laurito Uranga y que bailó –aparecía sobre un piano de cola– Juanita Barceló:

Mujer, mujer divina,
tienes el veneno que fascina
en tu mirar;
Mujer alabastrina,
eres vibración de sonatina
musical.

Tienes el perfume de un naranjo en flor,
el altivo porte de una majestad,
sabes de los filtros que hay en el amor,
tienes el hechizo de la liviandad...

La radio, aún en pañales, lo llevó a sus micrófonos. Agustín Lara vive ya independiente. Se sabe que cada canción está inspirada en una mujer, o que cada mujer que se cruza en la vida del compositor queda fijada con el alfiler de su inspiración –como hacen los entomólogos con las mariposas–, en su cancionero, cada día más popular.

En el teatro Principal, ya en capilla para ser devorado por feroz incendio, se estrena, y alcanza éxito, una revista con música del nuevo, popular compositor Agustín Lara, titulada Capulín. Pero la lucha es aún dura, y Lara tiene que salir de México si quiere ser profeta en su tierra. Va a La Habana, con dos jóvenes cantantes poco conocidos: Pedro Vargas, que servía en casa del popular matador de toros Pepe Ortiz, y Ana María Fernández, que acababa de alcanzar cierta popularidad como "luchadora de grecorromana" en un original espectáculo de esta índole, en el teatrucho María Guerrero, allá por la populosa barriada de Peralvillo.