FICHA TÉCNICA



Título obra Sangre de mi sangre

Autoría Tomás Urtusástegui

Dirección María Muro

Elenco Luisa Huertas, Luis Rábago, Rita Guerrero, Humberto Silva

Escenografía Arturo Nava

Vestuario Graciala Mazón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Sangre de mi sangre de Tomás Urtusástegui, dirige María Muro]”, en Siempre!, 24 junio 1992.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   24 de junio de 1992

Columna Teatro

Sangre de mi sangre de Tomás Urtusástegui, dirige María Muro

Rafael Solana

Estábamos todavía bajo la formidable impresión que nos hizo la vigorosa obra Sangre de mi sangre cuando, al salir de la Casa de la Paz, nos encontramos con su autor. Tomándolo amistosamente del brazo le dijimos. “¿Cómo hace usted doctor, para que cada obra suya que vemos nos guste más que todas las anteriores?” Él, con la suave modestia que es una de sus cualidades, evitó cualquier tipo de contestación.

Después, ya en el automóvil, camino a casa, nos detuvimos a reflexionar, y encontramos que había habido exageración en ese comentario, hijo de la espontaneidad de la emoción. Ahora podemos decir, ya con cierta frialdad, que, siendo Sangre de mi sangre una pieza magnífica, no nos parece la mejor del médico Tomás Urtusástegui. Nos sigue gustando más Vida estamos en paz; tal vez porque en ella todos los personajes (que también son solamente cuatro) están bañados en esa “leche de la bondad humana” de que habló Shakespeare, mientras de ese noble nutriente no hay ni una sola gota en Sangre de mi sangre, que es una obra cruel, en que la fina ironía ha sido sustituida por el sarcasmo sangriento (y volvemos a esa sangre que está dos veces en el título; otro líquido vital, muy manejado por los cirujanos, pero que tiene un sabor más amargo que el otro que hemos mencionado).

Sin embargo, sirve la pieza para confirmarnos en la idea de que este joven autor (joven en el arte, hombre maduro ya en la vida) es la más valiosa promesa en el teatro mexicano actual. Le tenemos por el posible sucesor de Emilio Carballido, que es actualmente, como antes lo fueron Rodolfo Usigli y Luis G. Basurto, el rey del teatro mexicano. Un rey rodeado de mucha nobleza, pues no nos olvidamos, citados en riguroso orden alfabético, de Hugo Argüelles, Héctor Azar, Sabina Berman, Jesús González Dávila, Elena Garro, Vicente Leñero, Willebaldo López, Héctor Mendoza, Carlos Olmos, Ignacio Solares, Víctor Hugo Rascón Banda, Juan Tovar, y tal vez alguno más, o dos o tres, (por supuesto, Antonio González Caballero) que les igualan en calidad y méritos. Queda al público por conocer para citar algo, El pastel de zarzamoras, que es obra estrenada en teatro muy pequeño y por corto tiempo, del mismo autor de Amsterdam Boulevard(1) que es otro de los valores muy sólidos con que podemos contar.

En Sangre de mi sangre don Tomás vuelve a un tono, el usigliano, que ya teníamos perdido de vista. Fue el maestro don Rodolfo quien trajo a la escena mexicana esas familias que se tratan a gritos y sombrerazos, cuyos miembros se insultan entre sí soezmente, y en las que brillan la sordidez y la amargura, teñidas de violencia verbal y leperada, como no llegan a estarlo ni en Strindberg ni en Chéjov ni en otros autores internacionales famosos que pulsaron esta cuerda de la lira dramática. Esto corresponde a una época de la literatura teatral que coincide con, el género novelesco, aquel a veces repelente y aun nauseabundo naturalismo en que degenerara y se exacerbó el realismo, con un barranco entre ellos tan profundo como lo que va de Flaubert a Zola. Queremos decir que no es Sangre de mi sangre una obra ni muy moderna ni del todo original, pues la situación que pinta ya inspiró a otros autores. Sin embargo Urtusástegui supera esta carencia de novedad con su asombrosa maestría, su gradación para dar movimiento ascendente, en una especie de crescendo habílisimo, a un cuadro fijo, en que no hay avance ni cambios, pero sí profundización.

Desde cierto punto de vista, la obra podría inscribirse dentro de un grupo de ellas en que el matiz dominante es la misoginia, como en Strindberg y otros autores. La Luz María tomística es en efecto una bruja a la que no le falta sino la escoba, como Gertrudis, como Lady Macbeth o como dos de las hijas del Rey Lear, para no citar sino a personajes del mayor de todos los dramaturgos del mundo. Pablo, el paterfamilias, nos deja la sospecha de que se trata de un pobre diablo, sin personalidad ni fuerza. En cuanto a los hijos de este matrimonio, que completan la cuarteta de los únicos intérpretes, son unos muchachos malcriados y léperos, en cuyos papeles se ha hecho entrar a las únicas posibles risas de la obra, que no son pocas, pero que tienen sabor a violentas, a sarcásticas y a burdas, diríamos a sangronas, para volver a emplear la materia de la que desde su título está la obra impregnada, y cuyo rudo color dio la diseñadora del vestuario Graciela Mazón, a la ropa, o a parte de ella, de todos los personajes, lo que viene a convertir la obra en un, perdónese la contradicción, un incruento baño de sangre.

¿A quién salieron esos niños respondones y antipáticos? Bien claramente nos lo deja ver el autor, otra vez desde el título: a sus padres, que se ocuparon más de “vivir sus vidas” (de ellos, de los padres) que de educar a los vástagos o despertar en ellos los sentimientos que tenemos por familiares, y que ya vemos que no son siempre los mismos.

Casi no hemos hablado sino de reparos; pero queremos insistir en que se trata de una pieza magistralmente construida y escrita, que mantiene al espectador en el filo de la butaca. María Muro, dramaturgo a la que vemos debutar como directora de escena, además de lograr buenas interpretaciones por parte de los actores, y de ir graduando la revelación de los caracteres, que no es súbita, sino se va produciendo por sus inteligentemente contados pasos, resolvió el problema de alargar, con silencios que no siempre son oportunos, sino a veces parecen artificiosos, la duración de la pieza, que es un poco breve por demás. Nos merece elogio la escenografía de Arturo Nava, que es bella, práctica, y se integra al sabor de la obra en lo que ella tiene de angustiosa; pero que, a ojo de buen cubero, debe haber costado una fortuna.

En el cuadro de artistas, todos los cuales cumplen, notablemente sobresale Luisa Huertas, que es la figura dominante, y que airosamente saca adelante un papel fuerte y hasta antipático. Luis Rábago interpreta al padre, y a los hijos Rita Guerrero y Humberto Silva, que roen lo que en el argot del teatro se llama dos huesos.


Notas

1. Se refiere a Jesús González Dávila. Currículum del autor. A: Vertical. CITRU-INBA.