FICHA TÉCNICA



Título obra Once y doce

Autoría Roberto Gómez Bolaños

Dirección Roberto Gómez Bolaños

Elenco Roberto Gómez Bolaños, Florinda Meza, Juan Antonio Edwards, Arturo García Tenorio

Espacios teatrales Teatro Libanés

Productores Roberto Gómez Bolaños

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Once y doce muestra la pluralidad de talentos de Roberto Gómez Bolaños]”, en Siempre!, 13 mayo 1992.




Título obra Viaje de un largo día hacia la noche

Autoría Eugene O’Neill

Dirección Ludwik Margules

Elenco Claudio Obregón, Sergio Kleiner, Maricruz Olivier,Isabela Corona y don Augusto Benedico

Espacios teatrales Sala Chopin

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Once y doce muestra la pluralidad de talentos de Roberto Gómez Bolaños]”, en Siempre!, 13 mayo 1992.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de mayo de 1992

Columna Teatro

Once y doce muestra la pluralidad de talentos de Roberto Gómez Bolaños

Rafael Solana

Lindísima resultó la función de prensa de la comedia Once y doce. Se había estrenado una semana antes, con poco éxito de público y hasta con una cierta mala vibra, pues trascendieron hasta la calle ciertas actitudes del empresario-actor-director y marido de la actriz que denotaban la llegada de un ignorante del medio teatral mexicano, un desconocedor de sus usos y costumbres; sin embargo de esta previa frialdad, o prevención, todo México fue a la función de gala, desde los supremos santones, como José María Fernández Unsaín, sumo pontífice de los autores, y Manolo Fábregas, sacerdote supremo de los actores y de los empresarios, y artistas de los más ilustres, y todos los “chicos de la prensa”, algunos de los cuales, ya no somos tan chicos.

No encontramos justificación alguna al ambiente de desconfianza que la obra había despertado, y que se tradujo durante los días previos en entradas flojas en el teatro Libanés. Por el contrario, la pieza nos pareció muy profesionalmente escrita, dirigida y actuada, y opinamos que llena todos sus propósitos, el principal de los cuales es hacer reír. Roberto Gómez Bolaños, “Chespirito”, ha sido hasta ahora en el público infantil donde ha encontrado su mayor respaldo, que, por cierto, no se limita a México, su patria, sino tiene amplísimas repercusiones en el extranjero. Por ejemplo, en el Perú, donde no hay ningún artista mexicano que tenga tan grande popularidad como él (una cosa parecida ocurría hace algún tiempo con Angélica María en Chile, y con María Antonieta Pons en algunos países del Caribe). En México los niños han hecho de “El Chapulín Colorado” un ídolo; pero él ha querido olvidarse de ese personaje, y del “Chanfle”, que también le ha dado triunfos amplios, y dirigirse a otro público, con la mira de conquistarlo.

La pluralidad de talentos no es una novedad; en Madrid ha habido un Alfonso Paso, en París un Sacha Guitry, en Londres un Noël Coward, en Hollywood un Charles Chaplin, que también han querido hacerlo todo (“Charlot” en su película Candilejas, hasta la música, para lo cual compuso un vals que se hizo célebre en todo el mundo). “Chespirito”, como todos los hombres-orquesta nombrados por el párrafo anterior, lo hace todo, y todo lo hace bien... sin sobresalir en nada. El mejor autor de México no es, ni tal vez el mejor actor, ni de seguro el director máximo (probablemente sí el marido más fiel y más enamorado de su estrella). Pero no en todos los renglones resulta suficiente, y, en no pocos momentos brillante.

Concedemos, como siempre, la mayor importancia a la autoría. El compañero Gómez Bolaños ha resucitado un género teatral que en otros momentos disfrutó de la popularidad máxima en nuestro país: el astrakán, que por un cuarto de siglo sostuvieron triunfante las hermanas Blanch, en el teatro Ideal. Un género netamente español, humorístico, inocente; algo de esto último fue perdiendo cuando se mezcló con el vodevil francés, que introdujo cierta picardía, una dosis de intención sexual en las situaciones y en los chistes; pero moderadamente, sin que se le pase la mano a nadie. De todos modos, se sintió obligado “Chespirito” a advertir a las familias que no llevasen esta vez a sus niños, para los cuales había sistemáticamente trabajo en sus programas de televisión y en sus películas.

Las comedias que cada semana estrenaban las Blanch (generalmente no daban más que las quince funciones que se daban en siete días) tenían ciertas características formales que han ido desapareciendo, y que los jóvenes espectadores de hoy no conocieron. Por ejemplo, era un personaje indispensable en ellas la criadita mona ( en Madrid, la “doncella”; en París, la “soubrette”); este imprescindible personaje tenía principalmente tres responsabilidades: abrir la comedia con una escena en la que, plumero en mano, en un diálogo con el mayordomo (que era también insustituible) poner al tanto al público de lo que pasaba en casa; seguidamente, abrir la puerta cada vez que sonaba el timbre; también dejarse pellizcar por el dueño de la casa, que era casi siempre lo más atrevido de la comedia; y; finalmente, renovar los cuadros, pues a falta de escuelas de actuación, que no existían, con estos papelitos aprendían a pisar el escenario las jovencitas que, o se conseguían pronto un marido o un patrocinador, o hacían carrera, como ocurrió con Ofelia Guilmain, que en el Bombonera de Dolores comenzó hace medio siglo con bocadillos como Los señores marqueses están en la terraza, y ahora ya ven ustedes a dónde ha llegado. Pero hubo un día en que los empresarios decidieron ahorrarse un sueldo, y entonces los autores inventaron la frase que más se ha oído en los teatros (en la obra de “Chespirito” suena media docena de veces): “Como la puerta estaba abierta...”. Este sésamo ábrete tan fecundo no sólo economizó el salario de la criada, sino permitió la aparición en escena de los personajes más impensados, y en los momentos más inoportunos. Se ve que Gómez Bolaños conoció el teatro de aquel tiempo, que tal vez vuelva, como las golondrinas y como las modas (don Óscar Ortiz de Pinedo resucitaba obras como Las de Caín; Angel Garasa, Soy un sinvergüenza; Lorenzo de Rodas Morena clara), puesto que tan desenfadadamente deja a través de toda la obra la puerta abierta, con lo que evita a los productores el gasto de una joven actriz que nada más sirva para ir a abrir (el suprimir un actor, un empleado, una acomodadora, parece ser la meta suprema que hoy todas las empresas persiguen; al autor no es posible suprimirlo; pero se le suple con ocuparse el actor de escribir él mismo las comedias; y de paso dirigirlas, que es también otro ahorrillo.

Por nuestra parte, con gusto damos la bienvenida al camarada Gómez Bolaños al gremio de los autores teatrales (ya lo era del cine y de la televisión) y encontramos su comedia (no es la primera que de él conocemos; pero otras han sido únicamente por lectura), si no de lo mejor (permanecen firmes en sus pedestales Carballido, González Caballero y otros grandes comediógrafos) tampoco inferior a lo que podríamos calcular como promedio; y hasta más cómica y más armada que muchas de las de autores extranjeros que suben a escena en la colonia San Rafael; el tema ya fue en otra obra reciente tratado (con Otto Sirgo y José Elías Moreno en los papeles principales), de modo que original por completo dejó de serlo (desde La corte del faraón); pero se presta a situaciones cómicas muy eficaces. Y “Chespirito” ha acumulado un buen número de retruécanos, muchos de ellos originales, otros ya conocidos. Como director, no intentó don Roberto buscar novedades (esas no se buscan: se encuentran) sino se atuvo al funcionamiento tradicional de una comedia; que los parlamentos suenen graciosos y que los artistas luzcan simpáticos. Como actor, y este sigue siendo la más importante de sus personalidades (aquí es donde a “Chespirito”; como director es Gómez; como autor Roberto y como productor Bolaños) es como el triunfo le resulta más franco a este todólogo teatral; su personaje (curiosamente vestido exactamente igual en el segundo acto que en el primero, aunque ha pasado un año y se ha enriquecido en cincuenta millones) tiene colorido y una gracia irresistible, especialmente en su gran escena del acto final, en el que más cómicos e ingeniosos son sus textos. Mario Casillas impone su experiencia y su seguridad, al dar cuerpo y consistencia a su personaje. Juan Antonio Edwards, a quien conocimos como actor juvenil, se desempeña suficientemente, y lo mismo ocurre con Arturo García Tenorio, si bien las escenas a base únicamente de estos dos interlocutores, en el primer acto, algo se blandean, pues se ven como menos maduros que sus actores alternantes, y todavía sin su aplomo.

Florinda Meza es la única actriz. Algo se resiente su personaje del a juicio de algunas excesivo elogio que su belleza con alguna frecuencia se hace en los diálogos. Es verdad que ya no se usan las bellezas inspiradas en Rubens (y hasta en Botero); pero tampoco habría que exagerar en sentido contrario. Sería disparatado imponer un peso mínimo, como a los toros de lidia, a las actrices; pero no es absurdo pedirles cierto trapío, renglón que también las señoritas Egurrola, Bianchi y otras han dejado caer en el descuido. Florinda cubre mucha cancha, desde los papeles francamente cómicos hasta los de tonadillera, damita joven y aun belleza deslumbrante que ha solido aceptar, a veces con visible desconocimiento de sí misma.

Nuestra impresión al salir de ver Once y doce en el teatro Libanés fue notablemente mejor que las pálidas esperanzas con que habíamos llegado a ese coliseo. La tenemos ahora por una muy bien lograda y excelentemente interpretada comedia para familias, algo atrevidilla en su tema, pero siempre dentro de los límites de compostura; y nuestra recomendación al gran público es la de que vaya a verla, en la seguridad de que pasará un rato muy divertido y en más de un momento reirá a pierna suelta.

Viaje de un largo día hacia la noche de Eugene O’Neill, dirige Ludwik Margules

¿Será niño, o niña? Nos preguntábamos algunos de los concurrentes a la inauguración de una nueva temporada teatral del Seguro Social, al no ver entre los espectadores al licenciado Mario Espinosa, uno de los dirigentes de la actividad teatral de IMSS. Estaba esa noche el licenciado en otra dependencia del Instituto, un hospital de ginecología, pues el IMSS además de serlo de obras dramáticas es muy importante productor de ciudadanos. El Julio Prieto, que se llamaba entonces Xola, fue, en tiempos de don Benito Coquet, el teatro en que Nacho López Tarso y Pepe Gálvez actuaron en Otelo, José Elías Moreno padre en Marco Polo, Pedro Armendáriz en Gedeón, y conocimos de Jean Giraudoux, con el nombre de Un tigre a la puertas, La guerre de Troie n’ aura pas lieu, que era una novedad literaria.

El IMSS vuelve a producir teatro, y nos alegramos de ello, y mucho esperamos. Reunió elementos de gran prestigio para hacer esta “rentrée” esperada; un autor famoso: Eugene O’Neill (1888-1953), con una obra ya quincuagenaria; un director muy aplaudido: Ludwik Margules, que al lado de grandes aciertos, como el de Jacques y su amo no ha dejado de tener descalabros, por su enfermizo afán de novedad; y un actor de primer orden, Claudio Obregón, que bajo la dirección de Montoro ha tenido grandes éxitos, y bajo la de Xavier Rojas uno, Contradanza, que llamó mucho la atención.

O’Neill estuvo aquí de moda hace más de medio siglo, cuando conocimos su Anna Christie y su Lázaro rió; cuando todos los aficionados montaban Donde está la cruz y hubo quien se atreviera con la pesadísima Extraño interludio; Rojas puso, con María Douglas, El deseo bajo los olmos, recientemente resucitada sin éxito. Sergio Kleiner y Maricruz Olivier actuaron en Morning becomes Elektra, que tampoco gustó mucho. El largo viaje de un día hacia la noche fue presentada por dos artistas supremos: Isabela Corona y don Augusto Benedico, y, aunque ganó premios, gustó poco; más bien diríamos que encontró rechazo por parte del público. En esos años hubo una ola de obras sobre drogadicción (Un sombrero lleno de lluvia, El hombre del brazo de oro); pero en ninguna la víctima era una madre de familia, figura que en México es tal vez con exageración venerada y tenida por intocable.

Hoy volvemos a ver esta obra, ya cincuentona, y muy ajada. Su construcción, a base de dos interlocutores la mayor parte de sus largas escenas, parece primitiva e inexperta, no la de un maestro. Y sus tipos (que nuestro Usigli imitaría) son ásperos y amargos: un padre tacaño, una madre morfinómana, un hijo tísico, el otro crapuloso, constituyen una familia más bien repulsiva, y que se trata a gritos, cuando no con un mórbido silencio, un medio tono crepuscular y adormecedor.

Ojalá esta arisca pieza no vaya a constituir un descalabro de taquilla que desanime al Seguro Social de su noble intención de hacer teatro de calidad, aunque sea a base de vejestorios importados (dirá ustedes, con razón, que más viejos son Ibsen, Shakespeare o Esquilo, y que los hemos aceptado con aplauso). A la actriz Martha Verduzco, a la mejor hasta la premiamos los críticos, como hicimos hace poco con Angelina Peláez, que con Contrabando(1) también hacía la mayor parte de su papel de espaldas al público, con lo que pocos la oímos. Esta vez, aunque hay un tuberculoso en escena, donde se tosía en grande era en la sala (como cuando Pina Pellicer estrenó en la Sala Chopin La dama de las camelias, que fue otro concierto de tos).

Esta vez no hay escenografía(2), ni casi vestuario(3) (lo que no quiere decir que salga nadie desnudo); esto rebajará los gastos, que tampoco parecen exagerados en materia de reparto.


Notas

1. Véase la crónica respectiva del 4 de septiembre de 1991 se que incluye en este volumen.
2. En este crédito se consigna a Tere Uribe. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
3. Diseñado por Carlos Roces. Idem.