FICHA TÉCNICA



Título obra Son pláticas de familia

Autoría Rafael Solana

Dirección Manuel Montoro

Elenco Elsa Aguirre, José Acosta, Jorge Goméz, Miguel Ängel Alvarado

Escenografía Guillermo Barclay

Vestuario Graciela Castillo

Espacios teatrales Teatro Wilberto Cantón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Son pláticas de familia de Rafael Solana, dirige Manuel Montoro]”, en Siempre!, 1 enero 1992.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de enero de 1992

Columna Teatro

Son pláticas de familia de Rafael Solana, dirige Manuel Montoro

Rafael Solana

Función de gala en el teatro Wilberto Cantón, de la Sociedad General de Escritores de México. El gobernador de Veracruz, licenciado Dante Delgado Rannauro, que era esa noche el anfitrión, pues se estrenaba una comedia de autor jarocho(1) con el auspicio del ambicioso programa cultural veracruzano “Encuentros y ritmos”, llegó rayando su avión particular justo a tiempo para la tercera llamada; tan pronto como se acomodó en el asiento de séptima fila que le había sido reservado, se apagaron las luces y se corrió el telón. En las primeras escenas de Son pláticas de familia sólo tomó parte la muchachada, siete jóvenes actores, lo que es un dato interesante para quienes habían llegado a imaginar, por la forma en que vino redactada la propaganda previa, que se trataría de un monólogo a cargo de la diva Elsa Aguirre. Tras un breve diálogo destinado a preparar su aparición, la estrella surgió al fin, en lo alto de la escalera que el escenógrafo xalapeño Billy Barclay mandó construir expresamente para ese surgimiento; vestida como una diosa (pero no de las del paganismo, que solían andar por el templado clima de la Hélade más bien ligeritas de ropa), Elsa brotó de la penumbra en todo el esplendor de su belleza radiante, que ha resistido el paso de algunos veranos. Naturalmente, fue recibida con una cariñosa y admirativa ovación, que duró todo el tiempo que tardó ella en descender los peldaños para comenzar sus parlamentos.

La diferencia existente entre una estrella y una actriz ha sido ya muchísimas veces asunto de la crítica; pero vuelve en forma constante, y siempre se producen nuevos ejemplares en favor de la una o de la otra; sus campos de actividades son muy semejantes y la confusión se presenta a veces. Nadie discutió nunca que Dolores del Río, o Gloria Marín, fuesen refulgentes estrellas; cuando invadieron la escena teatral hicieron ambas un papel honorable; y sin embargo hubo quienes se resistieran a reconocerlas como grandes actrices; por el contrario, fue consenso general que María Tereza Montoya o Virginia Manzano fueron actrices excelsas; pero el título de estrellas, en su sentido cinematográfico, a ninguna de ellas fue atribuido. Y así se van nuestras glorias del arte inclinando a un campo o al otro, hasta llegar al caso excepcional y único de Silvia Pinal, que lo ha sido todo, y todo el tiempo, en los grandes campos de la actuación; el teatro, el cine y la televisión. La actual reina del cine mexicano hizo ya en las tablas una meritoria carrera como actriz; pero en lo que se ha convertido en una diva es en el cine; estamos hablando de María Rojo. Para abreviar haremos una paráfrasis de una frase célebre de Víctor Hugo, la gran actriz está donde termina la Tierra, pero la estrella se encuentra donde comienza el cielo.

Elsa Aguirre es sobre todo una estrella; la estrella se impone, impera, donde se para. Todo ha de girar en torno a ella, y afinarse según su diapasón. Ha de supeditársele todo. A cambio presta su resplandor, su personalidad, su carisma, y es de suponerse, su atractivo de taquilla. En la obra en que ahora se presenta, Elsa, aunque esté rodeada de muy valiosos elementos, entre los cuales un enorme director (Manuel Montoro), un formidable escenógrafo (Guillermo Barclay), una ejecutora de vestuario premiada (Graciela Castillo) y un reparto lleno de juventud y de talento, todos vienen a ser, de diversa magnitud, pero planetas que dan vueltas en torno a ese sol que es la señora Aguirre.

El papel que está haciendo, que fue ajustado y modificado para ella, tiene estelaridad, y toca las varias cuerdas que están en su lira; tiene majestad, momentos de ira, de energía, otros en que se suma a la comicidad que es el tono general de la humorística pieza, y alguno que toca la fibra sentimental y requiere de ternura. Aunque mucha gente se pasó parte de la representación en la zozobra de si iría Elsa a olvidar algún pie o comerse alguna sílaba, con lo que haría claudicar toda la escena (pues la obra está escrita en rigurosamente medidos versos, heptasílabos, octasílabos, y sobre todo en decasílabos), ninguno de los dramas temidos ocurrió, y la señora salió indemne y victoriosa, navegó como un bajel con todas sus velas y sus oriflamas desplegadas, y obtuvo, a juicio de muchos, el triunfo que sus partidarios le auguraban; aunque, por supuesto, y como siempre ocurre, habrá quienes manifiesten una opinión diferente; pero la belleza, la elegancia en el vestuario, eso no habrá nadie que se lo escatime. Con respecto a la obra, que solemos considerar como otro de los elementos más importantes de una representación teatral (frecuentemente el más importante de todos) no nos atrevemos a opinar, por juzgarnos absolutamente faltos de perspectiva para enjuiciarla; en ella se hace una burlesca alusión al “anónimo cronista”, que sin duda él ha tomado con buen humor, nos proponemos pedir a uno de los más inteligentes jóvenes críticos teatrales de México, asiduo colaborador de “El búho”, una breve opinión que, de obtenerla, más adelante insertaremos, para que no falte a ustedes esa información. En cuanto a la dirección escénica, que quienes prefieren tomar el rábano por la hojas creen capital, diremos que el excelente y muchas veces premiado Manuel Montoro antes que nada respetó el texto (como tantos que no lo hacen deberían hacer) y se abstuvo de toda “dramaturgia” o mistificación, y que logró hacer decir los versos con claridad, y al público seguir el texto con transparencia, para que sea él quien opine si vale algo o está vacío. También evitó los movimientos superfluos, y con la ayuda de un escenógrafo de lujo, que es el señor Barclay, obtuvo que la obra corriera sin tropiezo, a pesar de sus múltiples cambios de sitio (Billy estableció siete áreas, que cambian en segundos). La escenografía es otra vez, como en Fray Bartolomé de las Casas, como en Sacco y Vanzetti, otra de las alhajas del montaje. Nos queda por medir otra palabra, o media, acerca de los otros personajes importantes de esta comedia que tan distante resultó estar del monólogo que algunos temían.

El actor principal, el que tiene el papel más prolongado, y el que en torno de su personalidad hace desarrollarse la acción, ha de ser un joven que represente no más de diecinueve años de edad. Se pensó en Alberto Mayagoitia y en algunos otros; finalmente Montoro encontró en su recuerdo a un artista a quien la crítica premió por su actuación en El zoológico de cristal, José Acosta, que tiene sensibilidad, encanto personal, afición al estudio, y que ha sacado admirablemente su juvenil personaje; también llegó a considerarse a Jesús Arriaga, por su impecable trabajo en Dónde vas, Román Castillo, de Norma Román Calvo. Él se quedó en el reparto con el segundo de los papeles de muchacho, al servicio del cual ha puesto su prestancia, su buena figura y su grata voz. Ambos triunfan y dejan a los espectadores perfectamente satisfechos; otros dos papeles de jóvenes son hechos bien, aunque lucen algo menos por ser más breves, por los debutantes Jorge Gómez y Miguel Ángel Alvarado.

De los papeles de característicos (antaño se llamaban “barba”; hoy no llevan ese adminículo sino los adolescentes) el más prolongado y de mayor responsabilidad se ofreció a Guillermo Argüelles, quien procuró atemperar la posible comicidad de sus parlamentos en aras de cierta sequedad que viene bien al carácter de su personaje, que, por otra parte, dijo siempre con pulcritud y elegancia, con disimulo del aspecto tierno que algunas escenas tiene, y que él buscó mucho que se almibarasen; el otro personaje masculino adulto, don Gonzalo de Ulloa, cuando todavía no se ganaba la encomienda de Calatravo, lo hizo, muy bien, el hasta hace poco príncipe en los cuentos de su mamá, Magdalena del Rivero: José Roberto Hill; como más ducho en estas lides que la mayor parte de sus compañeros, supo sacar provecho cómico de sus parlamentos, sin rayar en ningún instante en burdo o en corriente; en realidad la parte cómica de la obra (cuya intención era de ser cómica toda) vino a quedar principalmente en las manos de José Roberto y de Dolores Solana, que en el papel de sor Petra, la abadesa, puso en juego todos los recursos jocosos de que es dueña desde que tanto ha trabajado en las llamadas comedias cómicas, así en la televisión como en el teatro. Ella, tal vez a despecho de la deliberadamente sobria dirección de Montoro, adornó sus bocadillos con recursos no muy modernos, pero sostenidamente eficaces, de tonos, gestos, guiños, que no desvirtuaron el papel, sino lo enriquecieron. Lolita echó sobre sus hombros la carga de arrancar la mayor parte de las risas, que no fueron durante la representación ni tantas ni tan ruidosas como el autor, que nunca ha escrito para el teatro sino comedias, hubiera deseado: Si el director llegara a considerar oportuno moderar su rigor y dejar a sus artistas buscar su lucimiento, es posible que la comedia gane en brillantez; pero eso ha de ser como el director lo disponga.


Notas

1. Se trata de Rafael Solana. Probablemente se refiere a una función especial, pues la obra se había estrenado el 13 de diciembre de 1991. Estela Leñero. Nota periodística publicada en El Nacional el 13 de enero de 1992. Secc.Cultura. p. 9 A: Vertical CITRU.