FICHA TÉCNICA



Título obra Escarabajos

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Enrique Rentería

Elenco Alicia Campos, Gustavo Navarro, Gloria Alicia Ïnclán

Escenografía Félida Medina

Vestuario Lucile Donay

Espacios teatrales Teatro de la Conchita

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Escarabajos de Hugo Argüelles, dirige Enrique Rentería]”, en Siempre!, 25 diciembre 1991.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de diciembre de 1991

Columna Teatro

Escarabajos de Hugo Argüelles, dirige Enrique Rentería

Rafael Solana

Dudábamos la semana pasada, aquí mismo, de que pudiésemos ver en México, antes de que terminara 1991, otra obra teatral tan buena, mexicana o de cualquier otro origen, como tres que enlistamos: Los esclavos de Estambul, Vida, estamos en paz y La duda. Nos dejamos esa vez en el tintero otra igualmente formidable: Secretos de familia, del celayense Héctor Mendoza, que no cede en grandeza ante las mencionadas, si bien le es aplicable la nota de no haber sido concebidos los personajes originales, por el autor mismo, sino por algún ilustre predecesor; característica que Mendoza comparte con colegas suyos como Séneca, Shakespeare, Racine, Corneille, O’Neill, Anouilh, Cocteau, Giraudoux y muchos otros, que a cambio de la invención de la situación pusieron en el nuevo tratamiento un talento que les da en ocasiones primacía sobre los dramaturgos que concibieron originalmente asunto y personajes. Alguna vez hicimos esta sólo aparentemente disparatada comparación: el hecho de que hoy un piloto de Air France cruce el Atlántico, de París a Houston, en menos tiempo que el que empleó Colón en venir de Palos hasta la isla Española en nada rebaja la hazaña de don Cristóbal, de la misma manera que el que Mendoza haya perfeccionado a Esquilo no le quita un ápice de su gloria al primero de los trágicos griegos.

Pues bien, esa obra magna, comprobable con las cuatro citadas, que no creíamos ver, ya la hemos visto. Se llama Escarabajos y lleva la prestigiosa firma del autor mexicano, jarocho por más señas, Hugo Argüelles Cano; se estrenó en nuestra ausencia en el Foro de la Conchita, en Coyoacán(1); un local pequeño y modesto, pues nuestros teatros grandes parecen estar comprados por los agentes de Nueva York que sacan de ellos cada semana un río de dólares. Tampoco tiene Escarabajos un reparto espectacular, pues nuestros más famosos actores y actrices están ocupados casi siempre en hacer obras de importación. ¡Y eso que todavía no se ha firmado el TLC! ¡Qué será después?

Hemos tenido la impresión, que comunicamos aquí ingenuamente (nada nos sería más fácil que marcar el teléfono de Hugo y preguntarle la verdad... o la que él quisiera darnos por tal), de que ésta no es una pieza reciente de Argüelles, y la de que le aplicó un toque de modernidad con un personaje que es como un comentario al margen, como una apostilla, y que agrega un rictus trágico, desamparado y pesimista al cuerpo de la obra. Nos era muy fácil dividir la obra de Hugo en dos periodos: el de la comedia aguda, filosa, de denuncia y aún de sarcasmo, pero dentro del tono de un humor que no por su negrura deja de ser bueno (las tres primeras comedias) y el tremendismo, el barroquismo y la insolencia de otras piezas que vinieron después, amargas y crudas. ¿Dónde colocar Escarabajos? Un investigador del siglo XXII que se la encontrase sin datos sobre las fechas de su composición ni de su estreno tal vez se sentiría inclinado a colocarla en la época en que daban el tono a nuestro teatro los maestros Rodolfo Usigli y Luis G. Basurto y a clasificarla como un melodrama, tan intenso, tan hiriente, tan poderoso como los mejores de alguno de esos dos gigantes. En esta ocasión Hugo no dio más ocasión a sonrisa que la que proporciona en el colorido de un personaje ancilar, que nos recuerda aquellas graciosas criadas de García Lorca que con tanta sal y tanta pimienta hacían doña Amalia Sánchez Ariño y doña Pudencia Griffell. Fuera de algunos bocadillos de esta Cande, que en realidad no es fámula, pero llena esas veces, no hay ni un atisbo de comicidad de ningún tamaño en ningún otro personaje, pues todos son intensamente melodramáticos.

Es en la primera escena, marginal, desplazada en el espacio y en el tiempo, donde el público de Argüelles reconoce a su autor por una pincelada del más negro de los humores; después no vuelve a percibirse rastro alguno de argüellidad conocida, sino hasta que aparece el animal totémico que cada pieza de Hugo, a partir de ciertos momentos, ha tenido: zoológico que va de la salamandra al cocodrilo, del vampiro al gallo salvaje, pasando por todo un corral de bestias fabulosas o cotidianas.

Pronto descubrimos que entonces no hay dos, sino tres Argüelles, y que el melodramático, que ahora se nos da a conocer, en nada es inferior a los que ya nos eran queridos. Hugo imita “la gutural modulación del bajo para cortar al melodrama un gajo”, y lo hace con la misma maestría con que se levantó hasta las nubes en la comicidad de Los cuervos están de luto(2) o en la esperpéntica monstruosidad de El ritual de la salamandra o de Los gallos salvajes(3). Hay maestría prodigiosa, hay dominio absoluto sobre el público; y hay, la que nunca un autor teatral debiera descuidar, oportunidad de lucimiento para los actores y actrices intérpretes.

Porque no acapara el triunfo el autor, sino generosamente lo comparte con su compañía; hay una dirección muy eficaz, prudentemente imaginativa; sobria en el movimiento, honda en la emoción, de Enrique Rentería (también son de lujo los nombres de Félida Medina, escenógrafa, y Lucile Donay, creadora del vestuario) y de los ocho papeles de que la pieza consta ninguno descuidado ni mal cocido, si bien, como es natural y conveniente que corra, algunos son más centrales e importantes otros.

El papel de Elvira, la mujer madura, volcánicamente apasionada, a quien la metáfora compara con Medea (la de Eurípides, la de Séneca, la de Anouilh) fue repartido a Olga Martha Dávila. ¡Cuántos sentones en una piedra picuda deberían darse la Guilmain, la Montejo, la Rivas, la Mérida, por no haber conocido este personaje y cuánto lamentarán desde el cielo, si se asomaran a verlo, la Montoya, o la Manzano! ¡Qué papel para la Rivelles, si se enterara! Ellas han salido perdiendo, no nosotros, los espectadores, pues doña Olga Martha, que ya tan sólidos pasos había dado no hace mucho al agregar a su carrera el personaje de doña Ximena en la obra de Antonio Gala, no nos hace desear más; celebridad, como la de las divas evocadas, es lo que ella todavía no tiene. Pero no carece de intensidad, de bravura, y capta la emoción del aterrado público con tan completo poderío como podría hacerlo cualquiera de las que en el cielo teatral brillan con grandes luces. Le va muy bien el papel, y no tendrá Hugo motivo para arrepentirse de haber puesto en sus manos esta creación suya.

Segundo en importancia es el personaje de hombre maduro, cargado de matices, que desempeña, a total satisfacción del espectador, don Eduardo Liñán. El personaje que da el respiro cómico de esta obra, tan bien estructurada como si la hubiera hecho Benavente para una de las compañías españolas de los años veinte y treinta, corre a cargo de Gloria Alicia Inclán, medidamente graciosa, sin la mejor salida de tono. De los jóvenes quien nos gustó más fue Gustavo Navarro, y Alicia Campos nos pareció convincente, aunque quizá no encontró oportunidad de perder sus austeridad para mostrarse más encantadora en algún momento. Armando Franco se ve un poco menos maduro que sus compañeros. El de Guillermo Quintanilla es un papel sin matices, complementario, que nos recordó otros que suelen hacer Luis Coutirier o Jorge Fink.

El personaje fuera de este mundo teatral, en otro nivel, otro tono y otro tiempo (como el “Prólogo en el cielo”, de Fausto) es Luis de León, que lucha, victoriosamente, con esta disparidad tonal, y que saca su parcelado monólogo con intención y con intensidad. También a él hay que mencionarlo entre los triunfadores de Escarabajos, el magistral melodrama de Hugo Argüelles que nadie debería perderse y que suma un gran éxito más del Foro de la Conchita, cada noche insuficiente para abrigar al público que a tan formidable espectáculo está acudiendo.


Notas

1. El 11 de octubre. Idem. p. 105.
2. Cuya crónica con fecha 11 de mayo de 1960 se incluye en este volumen.
3. Idem. 14 de mayo de 1986.