FICHA TÉCNICA



Título obra Secretos de familia

Autoría Héctor Mendoza

Elenco Luz María Jerez, Mercedes Matute

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Secretos de familia de Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 30 octubre 1991.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de octubre de 1991

Columna Teatro

Secretos de familia de Héctor Mendoza

Rafael Solana

Muchos años hace ya, probablemente cerca de 40, que hizo su radiante aparición en el ciclo de la comediografía mexicana, por cierto en una de las temporadas de la Unión Nacional de Autores que animaba don Alfredo Robledo, un joven, casi un adolescente, que venía del estado de Guanajuato, de Apaseo, o de Celaya, y que deslumbró al público y a la crítica con la obra de su presentación, una comedia deliciosa, impregnada del más amable humor, y también de un perfume de juvenil romanticismo, que contribuyó a obtener un triunfo absoluto. Todavía no se usaba entonces dar suma importancia a los directores, y más nos acordamos de los actores, los principales de los cuales eran Héctor Mendoza, Lucha Núñez, Fernando Mendoza (estos dos últimos eran pilares de las temporadas de la UNA) y, en un papel cómico, conocido como el de “la chismosa”, una jovencita que se iniciaba como locutora de una estación de radio femenina; en aquella simpática chica habría sido muy difícil adivinar a una importante figura política de nuestros días; la cetemista, priísta, diputada, senadora, y en el futuro quién sabe qué más, Hilda Anderson, hoy (nos parece, pues su apellido de casada lo usa poco) de Rojas. A partir de su estreno se volvió Las cosas simples una obra favorita de los grupos teatrales, que la han repuesto infinitas veces, al grado de hacer de ella una de las piezas fundamentales del nuevo teatro mexicano, tan popular y aplaudida como pocas pueden presumir de serlo. Vimos en Héctor Mendoza un gran prospecto, prometedor de obras maestras, y presto para su consagración como uno de los principales del país.

Pero no asegundó: su siguiente obra, El tobogán, también de ambiente estudiantil, esa vez guanajuatense, leída en casa del que hoy es secretario general de la Unión de Autores, no mostró tan buenas cualidades; después, en los siguientes 30 años, Mendoza estrenó comedias ninguna con el éxito de la inicial, aunque a veces muy estimables; derivó hacia la dirección escénica y hacia la enseñanza, y pudimos temer que como actor lo habíamos poco menos que perdido.

Se levanta ahora de su letargo de cinco sexenios y estrena una obra nueva, que es la cara opuesta de aquella comedia ligera, simpática y romántica que fue (y sigue siendo) Las cosas simples. Ahora toca el que ya se ha ganado el título de el maestro Mendoza nada menos que una tragedia. Una tragedia griega, con Destino, reyes y dioses en escena, y derramamiento de sangre, y ese “todos tener razón” en que don Alfonso Reyes veía la clave de la tragedia ática. Héctor retoma un tema clásico, como muchos han hecho antes que él, pero mejor que casi todos o quién sabe si que todos. Desde un gigante como Goethe, hasta autores modernos no tan magnos, pero muy considerables, como los franceses Jean Cocteau, Jean Giraudoux y Jean Anouilh, el alemán Bertolt Brecht, la mexicana Olga Harmony, muchos, quizá muchísimos, han intentado recrear lo que los griegos crearon. No olvidemos a Eugene O’Neill, el as de la dramaturgia norteamericana, autor de Mourning becomes Electra. Ojalá que no nos ciegue el patriotismo, doble cuando se trata de un guanajuatense, al decir que Mendoza ha acertado más con el tono levantado de la tragedia que predecesores suyos como sus compatriotas Salvador Novo, autor de Yocasta o casi, y Emilio Carballido, hoy un maestro formidable, y escritor de una Medusa a la que quizá no se ha dado toda la atención que se merece.

¿Defectos? Quizá podamos señalar algunos, para que no parezca esta crónica solamente un himno en honor de Héctor Mendoza y de su tragedia Secretos de familia; vayan por delante, para que al final nos quede sólo el subrayar nuestras entusiastas alabanzas. No acabamos de considerar indispensable el que Mendoza mezcle en sus obras el pasado con el presente; el haber adaptado La verdad sospechosa de manera que pareciese que la estaba ensayando una compañía de actores por radio, nos pareció, hace siete años, más una boutade que un acierto. Ahora hay apariencia de justificación dramática en ese juego de dos tiempos, sin que por completo nos parezca ese truco inteligible, ni mucho menos indispensable. También habría podido prescindir Héctor de un elemento trágico que recarga el acto final de Secretos de familia, que es la aplicación de un tratamiento freudiano a uno de sus personajes, que invade el terreno que otro antes acotó. La mezcla, que puede considerarse excesiva, o por lo menos arbitraria, de labdácidas con pelópidas, es atrevida y tal vez imprudente. Aquí cabría decir, en estilo evangélico: “A Orestes lo que es de Orestes” y “a Edipo lo que es de Edipo”. Pero si esta emulsión contribuye a redoblar la fuerza de ese segundo acto, que no necesita este apoyo para ser tremendo, aceptamos esta mezcolanza y llamémosla enriquecimiento.

Antes de este abuso había Mendoza llevado su tragedia, en el plano antiguo, a una calidad y una profundidad de diálogos que a nuestro juicio modesto supera a Reyes (los duros versos de cuya Ifigenia cruel no admiramos) y a Cocteau, el de La machine infernale, y el tono de las Antígonas, de Anouilh y de Brecht. Y hasta el de la algo pomposa y solemne Ifigenia en Aulide, del autor de Fausto. Mendoza plantea escenas de la vida íntima de Clitemnestra y Egisto y hace enfrentamientos de la reina con su hija Electra, que calan más hondo que los de muchos de sus predecesores. En construcción dramática para el planteamiento de esas situaciones, que ni siquiera los griegos plantearon, se muestra Mendoza un creador y un poeta formidable. Cierto que debe muchas luces a Sigmund Freud, a quien algunos de los trágicos que tocaron estos temas no pudieron conocer; pero incurre en la lección psicoanalítica sin ostentación ni pedantería, sin pesadez ni petulancia; lo freudiano está asimilado, alimenta la interpretación de los caracteres, y no llega a parecer nunca una copia forzada ni un pegote. Pensamos que son más los hallazgos originales de Mendoza para explicar una tragedia tremenda, que ha asustado al mundo a lo largo de 25 siglos; que sus deudas con los que antes trataron el tema. Sin embargo, hay un momento en que cojea, pierde credibilidad y firmeza la exposición; pero todo está tan bien dicho que nos lo tragamos. Es cuando la reina dice a su hija, con palabras más nobles y menos simples que éstas, pero con el mismo sentido: “No me explico por qué ya no me quieres, hijita; es cierto que asesiné a tu padre, después de por algún tiempo ponerle los cuernos; pero eso no tiene la menor importancia...”

Al mismo tiempo que retoma Héctor Mendoza, autor, el sitio que después de Las cosas simples no había vuelto a tener, se nos aparece Héctor Mendoza director como un maestro consumado, pues ha sabido discretamente mover y por todo lo alto entonar a un grupo de excelentes artistas, que lo apoyan en la dura tarea de crear un clima trágico, tan ajeno a la sensibilidad de un siglo y un mundo en que ya no se cree en el Hado, ni en los dioses, y el Apolo Pitio es más una figura literaria que una imposición terrible e inescapable. Esos artistas, que alcanzan un rendimiento admirable y dan brillo y pujanza al estupendo texto literario con el que trabajan, están encabezados por dos figuras femeninas soberbias: en el papel de la reina, una actriz que ya no es una revelación, una sorpresa: Delia Casanova, que apenas el año pasado recibió el premio de los críticos por su magnífica labor en una obra de Óscar Liera, y que muy poco después refrendó ese triunfo con otro de parecidas dimensiones en la bella pieza La señora Klein, que don Marcial Dávila produjo. Delia fue durante un tiempo una linda damita joven (la recordamos en la película de Olhovich El infierno de todos tan temido); se ha dejado madurar, fructificar, en una matrona, apta para un papel de gran majestad y de fuerza trágica imponente, que es el de Clitemnestra (a quien mejor habíamos visto antes este papel fue a Arturo Beristáin, cuando Pepe Solé dirigió La Orestiada). No es en esta ocasión la reina de Micenas, la autoviuda de Agamemnón, un mascarón de proa, un fastasmón tieso, sino, en la intimidad de estos Secretos de familia, y lejos de la logia palaciega, es una mujer, una esposa, una madre, cuyos diálogos con sus hijos, airados y todo, tienen humanidad, y no solamente mármol pentélico, duro y frío, como en otros autores, que sólo han visto en Clitemnestra la furiosa Némesis a quien insanas pasiones ensangrientan las manos. Ninguna Clitemnestra que conozcamos en toda la literatura tiene las facetas variadas e intensas que Mendoza ha puesto en la suya, y en la incorporación de las cuales Delia Casanova involucra, según se va requiriendo, majestad, altivez, odio, amor, ternura, solicitud de compasión y perdón, que sus broncíneos hijos no le conceden.

Tan bien como la Casanova, con quien sostiene varias electrizantes escenas de poder a poder, está la deuteragonista, Blanca Guerra; Electra ha sido personaje más favorecido por los autores previos a Mendoza, visto con mayores simpatía y detenimiento, pues a Clitemnestra todos parecen odiarla y condenarla sin oírla, y hacia Electra, por el contrario, suele mostrarse inclinación y benevolencia. En realidad no es personaje menos duro que el de su madre, y el “¡Mátala!”, que es cúspide de sus parlamentos, nos recuerda el “¡maten a esa mujer!” con que termina Herodes su texto en la Salomé de Óscar Wilde, que es otra obra maestra del teatro de todos los siglos. Blanca Guerra sí es una sorpresa, pues en ella suele pensarse como en una joven y linda actricita del cine, en películas del tipo de las protagonizadas por Vicente Fernández (aunque sin duda también tenga otras). La ruda prueba de la tragedia a toda vela, del personaje ya mítico, una de las cumbres femeninas del teatro ateniense (ya hemos dicho que otras son Ifigenia, Casandra, Medea, Antígona) somete a Blanca a un examen que pasa triunfal, a banderas desplegadas, sin ceder ante su colosal alternante. Mucho menor papel tiene, en el segundo plano, otra actriz conocida, la señorita Ana Bertha Espín, y hay otra damita, Claudia Ramírez, con un personaje todavía más pequeño. El de Orestes, que es un carácter de tremenda fuerza, sirve para la presentación de un joven muy bien preparado, dotado de una voz excelente y de un físico lucido, que es Hernán Mendoza, quien estudió con cariño y empeño su personaje. Completa el cuadro de artistas, que es breve, don David Ostrosky, quien llena su papel del rey Egisto con suficiencia. La sintética escenografía, de Marcela Zorrilla, es la apropiada para un teatro tan pequeño como el de Santa Catarina. Y una pregunta final: ¿por qué una obra mexicana tan formidable como ésta se estrena en un local para menos de cien personas, y algunas mediocridades, si son extranjeras, en teatros para más de mil?