FICHA TÉCNICA



Título obra Contrabando

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección Enrique Pineda

Elenco Hector Goméz, Diana Bracho, Angélica Aragón, Héctor Bonilla, Fernando Balzaretti

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Contrabando de Víctor Hugo Rascón Banda, dirige Enrique Pineda]”, en Siempre!, 4 septiembre 1991.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   4 de septiembre de 1991

Columna Teatro

Contrabando de Víctor Hugo Rascón Banda, dirige Enrique Pineda

Rafael Solana

Puesto que es Víctor Hugo Rascón Banda uno de los paladines de la brillante nueva generación de dramaturgos mexicanos, con gran curiosidad fue esperada su participación en el Tercer Festival de la Ciudad de México recientemente llegado a su fin. Los dos comediógrafos cumbres de la promoción inmediatamente anterior también algo aportaron para la brillantez de esos actos: el recién extinto Sergio Magaña con la reposición de su obra Santísima, que hace pocos años conocimos en el local universitario de Santa Catarina; Emilio Carballido, que además sostiene en el teatro Wilberto Cantón otra obra, de menos proporciones, con el deslumbrante estreno en el Julio Castillo de Los esclavos de Estambul, obra bellísima y muy ambiciosa, que no vacilamos en calificar como el más sólido éxito de todo el Festival.

Rascón Banda no es un creador lento ni perezoso; su currículo se enriquece cada año con nuevos estrenos, que lo mantienen en la primera fila, luchando, con las armas blancas en la mano, en la “frontera con lo Infinito”, como dijo Apollinaire que es el oficio de todos los poetas.

No nos ha dado el gusto de volver a verlo en el género comedia, en el que, con Manos arriba (ya el nombre sugiere una pistola en la mano de alguno de los artistas) obtuvo el que para nuestro gusto personal es el mejor de todos sus trabajos escénicos. Otra vez vemos armas manejadas por las principales actrices, y estallan, aunque quizá no deberíamos revelar ese final, que mucho tiene de sorpresivo, un buen número de sonoros balazos; y la tónica de la pieza (se llama Contrabando la que reseñamos)(1) es más que de tristeza, de furia; tiene del melodrama y del reportaje; se denuncian hechos, muchos de ellos sangrientos, y casi todos de ruda violencia; en este sentido no desmiente el Víctor Hugo nuestro la fuerza que siempre le hemos reconocido; esta vez no se ha tirado por todo lo alto en materia de gastos, como en el pasado algunas veces ha hecho; la obra no tiene sino cuatro principales intérpretes, uno de ellos varón, y tres féminas. Más dos comodines, de los que lo que básicamente se usa son las voces. En cuanto al decorado, de Gabriel Pascal, es rigurosamente sobrio, nada dispendioso, pero tiene el sabor requerido y da la impresión de haberse quedado corto.

La técnica narrativa de que se ha valido Rascón sería censurable si no tuviera antecedentes tan ilustres como Homero, Esquilo, Cervantes y Goethe, sin duda entre otros muchos de menor bulto. En La Iliada y en La Odisea, los máximos poemas épicos de Grecia y del mundo, muchas de las acciones principales no nos son puestas delante para que las presenciemos sino alguno de sus participantes nos las narra; en Los persas una de las más interesantes es la narración que un mensajero hace a la reina Areusa de hechos ocurridos detrás del telón en un pasado reciente. En Don Quijote varios son los episodios en que el ritmo de la novela se rompe para permitir la intercalación de una historia secundaria, contada por algunos de los personajes incidentales; y algo por el estilo ocurre en Las afinidades electivas; en la obra de Rascón, por este orden. Conrada, que es el papel encargado a Lourdes Villarreal, y después Jacinta I, a la que encarna Angélica Aragón, y finalmente Damiana, que es el rol que interpreta Angelina Peláez(2), toma la palabra para contarnos largas historias de lo que les ha pasado (la narración a cargo de Angélica es de páginas y más páginas sin interrupción); el personaje a cargo de Alfredo Alonso (y que probablemente es el que algunas noches ha hecho el propio Rascón Banda) se limita a escuchar con atención, y sólo datos muy vagos y poco creíbles da acerca de su propia persona, que sirven para explicar su presencia en el escenario; se tiene la impresión de que sólo ha ido a “sacarles la sopa” a las tres enlutadas mujeres que narran, conmovida una, cazurra otra, la otra nostálgica y en cierta moderada medida alegre, sus tragedias personales, lo que incluye la muerte violenta de sus maridos y sus hijos.

A Víctor Hugo le gusta hacer experiencias, probar. Como buen autor de teatro que es, seguramente ya sabía de antemano que este procedimiento de dejar a cada una contar su rollo no es estrictamente teatral.

El director, Enrique Pineda, que imprime atinadamente algún adecuado movimiento a estas narradoras, aunque a veces permite que la lentitud de la acción se exagere, nos hizo pensar en que el principal de sus propósitos fuese el que en todo momento tuviéramos presente que la acción transcurre en el norte; Rascón puso en chihuahuense el texto, y Pineda hizo que con acento norteño se le pronunciase. Un espectador hijo de aquel vastísimo estado (en nuestro caso, una linda espectadora que nos acompañaba) se siente en su tierra, al oír hablar, con acento no para todos inteligible, de burritas, de machacada, de trocas y de muchas otras cosas propias y personales de aquella región (a Pineda le hemos visto antes, en Xalapa, otras obras, entonadas en jarocho). Acaba uno por acostumbrarse y entender; pero en los primeros momentos se habría requerido de los servicios de un traductor, como ocurre con las películas españolas.

Acerca de las actuaciones, unas cuantas palabras: desde luego la gran estrella en este renglón es la lindísima Angélica Aragón, a quien conocemos desde hace relativamente poco tiempo, y en quien las primeras veces que la vimos advertimos falta de experiencia; la ha ido adquiriendo, en televisión, en cine y en teatro, y ya es ahora una actriz muy completa; desde luego, bellísima, y además dueña de un encanto personal que la pone muy por encima de muchas de sus compañeras. Ahora sabe ya moverse con soltura sobre escena, entona con intención y es dueña de un poder de convicción que la hace transmitir las emociones y a los espectadores nos incita a creer en la verdad de todo lo que sus personajes dicen; le fue repartido el papel que juzgamos más pesado, no sólo porque llena más páginas, sino porque contiene cambios emocionales, matices. Ella es la reina de la obra.

Angelina Peláez representa mucho de lo contrario; por ejemplo, su experiencia es vasta y sólida: ha hecho ya, y bien, muchos papeles, desde muy niña, sobre todo en obras carballidianas que es la escuela a que pertenece. La recordamos, al lado de Socorro Avelar, o de Pilar Souza, que es otra notable actriz del mismo carácter, en por ejemplo, Yo también hablo de la rosa. Ella ocupa el segundo lugar en este podium de premiación; y el tercero corresponde a Lourdes Villareal, que también tiene sólidos antecedentes, nada lejanos. Las tres actrices son coloridas y fragantes flores en este árbol de rosas que es la obra de Víctor Hugo.

Ya hemos dejado entender, más arriba, que el papel masculino es el más desvaído (o el único desvaído) de los cuatro, y que la mayor parte del tiempo se limita a escuchar los racconti que le endilgan las tres señoras. Los dos papeles complementarios, más voces que cuerpos, tienen una importancia mucho más reducida.


Notas

1. Se había estrenado el 3 de agosto. Idem. p. 100.
2. Probable error tipográfico pues se refiere a Angelina Peláez. Idem.