FICHA TÉCNICA



Título obra Los esclavos de Estambul

Autoría Emilio Carballido

Dirección Ricardo Ramírez Carnero

Elenco Roberto Ballesteros, Manolo García, Mario Sauret

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los esclavos de Estambul de Emilio Carballido, dirige Ricardo Ramírez Carnero]”, en Siempre!, 21 agosto 1991.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de agosto de 1991

Columna Teatro

Los esclavos de Estambul de Emilio Carballido, dirige Ricardo Ramírez Carnero

Rafael Solana

El Festival de la Ciudad de México, que ha culminado su tercera edición, y la Compañía Nacional de Teatro se han cubierto de gloria, y han salpicado generosamente a sus patrocinadores y promotores: el gobierno del Distrito Federal, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes, la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Mexicano del Seguro Social, y otros, si los hubiere, con el estreno de Los esclavos de Estambul,(1) enorme triunfo esta vez no nada más del teatro que se representa en México, como ocurrió antaño con El sueño de una noche de verano, con Mi bella dama o con Luces de bohemia, sino, algo a lo que damos la mayor importancia quienes creemos que el autor es el alma del teatro; sino de un escritor mexicano (veracruzano, para mayor orgullo de sus paisanos), y de un director nacional, y de artistas nativos de este país, a los que hay que agregar a una escenógrafa que si bien ostenta un nombre ajeno a nuestra patronímica y hasta a nuestra prosodia, está ya aquí por muchos años tan arraigada que tenemos derecho a considerarla nuestra. Al alzarse esta vez el teatro mexicano con el mayor triunfo, y no el khirghiziano, ni el canadiense, ni el húngaro, ni el japonés, el Festival ha obtenido el más positivo y satisfactorio de sus triunfos, por lo menos a los ojos de un crítico patriotero, como sin duda lo es el anónimo cronista a quien están ustedes leyendo. Quisiéramos saber si tiene hoy el mundo un autor teatral mejor que el que nos disponemos a comentar. Conocemos a dos o tres norteamericanos excelentes: Tennessee Williams, Arthur Miller, y ustedes mismo escojan otro; admiramos a dos suizos recién fallecidos, Friedrich Dürrenmatt y Max Frish; no ignoramos a algunos modernos polacos, argentinos, españoles o franceses; tenemos presente al italiano Darío Fo; pero ahora vemos que Emilio Carballido no solamente puede codearse con ellos, sino ponerles un pie delante; perdamos ya la cortedad de pensarnos culturalmente un país de tercera. ¿No tuvimos ya un poeta y ensayista capaz de ganar el premio literario más alto del mundo? ¿Por qué no podríamos tener, también, a un dramaturgo de proporciones universales, y aspirar a traer a México un segundo premio Nobel, esta vez en la rama del teatro?

Un crítico a la antigüita, sobre todo si lleva una docena de lustros de estar leyendo o viendo representar, y no solamente en México, el mejor teatro, no puede menos que llenarse la cabeza de recuerdos y de comparaciones, al medir una pieza o una representación nueva a las que se enfrenta. Pero esta vez no ha sido fácil, pues la obra, que se llama Los esclavos de Estambul, casi no se parece a ninguna, y a las que por un momento se asemeja, son de tal manera grandes que inspira respeto y hasta terror el mencionarlas. A Carballido, en el pasado, muchas veces lo habíamos comparado, ventajosamente para él, con el autor ruso doctor Antón Chéjov, así por sus comedias grandes (ojalá no les parezca a ustedes que hacemos el ridículo al preferir Felicidad a La gaviota, y Fotografía en la playa a El tío Vania, y Conversación en las ruinas a El jardín de los cerezos)sino también en las chicas, pues algunas de las piezas breves de Emilio nos gustan más que los más famosos pasos de comedia del moscovita; pero esta vez nuestra sensibilidad nos ha arrastrado a comparaciones más atrevidas: hemos pensado en García Lorca, y concretamente en la que tenemos por la mejor y la más perfecta de sus obras, que es Doña Rosita la soltera, por la composición de corte musical de Los esclavos: un primer acto que comienza en moderato y pasa a allegro vivace; un segundo que es todo él un vibrante scherzo, y un tercero melancólico, reflexivo, de meditación y de cierto abatimiento, para terminar con un final parecido al de Don Giovanni (y al de Don Juan Tenorio, que es una pieza de incomparable grandeza teatral); Mozart ha presidido esta distribución de los tempi (ese mismo Mozart a quien Carballido nombra en el título de una de sus piezas). Después pensamos en Molière, por la animación y la de gracias de su “Tusquerie”, de El burgués gentilhombre (gracia que Rossini imitó en su Italiana en Argel, que es delicia pura); y, un poco antes, en otro coloso: en Ibsen; pero no el de los dramas burgueses (a los suyos les falta el buen humor de La danza que sueña la tortuga), sino en el grandioso de Peer Gynt, obra inmensa que durante mucha parte de la representación de Esclavos no nos hemos podido quitar de la memoria; y hay otro autor, obra que también se nos hicieron presentes: Luigi Pirandello y sus Gigantes de la montaña, la menos inteligible, pero tal vez la de más terrible aliento de ese autor genial, sin duda uno de los mayores de nuestro siglo, y de todos los siglos.

Escrita hace once años, Esclavos nos parece la mejor obra salida de la fértil pluma de este comediógrafo, que si es capaz de captar a un público caudaloso con algo tan sabiamente sencillo y tan humorístico como esa popular Rosa de dos aromas, también lo es de pisar los cielos de la más alta calidad, como hace con esta pieza que hoy reseñamos, y a la que dentro de su admirable originalidad hemos encontrado algún aire de familia con algunas de las mayores obras teatrales de todos los tiempos: Molière, Ibsen, Pirandello, García Lorca... no hemos dicho nada: hemos resumido en un renglón la historia del teatro moderno.

Pero si el autor se remonta a las nubes con esta pieza maravillosa, no se quedan atrás los realizadores: el director formidable, que es Ricardo Ramírez Carnero, quien pudo meter la mano hasta el codo en un tesoro mil y una noche y gastar millones como quien tira confetti; pero que no nada más dinero gastó, sino otra cantidad igualmente infinita de imaginación y de talento; y la escenografía y proyectista del vestuario y la utilería, Jarmila Masserova, quien deja con la boca abierta por la fantasía y la gracia de sus creaciones; y un cuadro de intérpretes (casi tres decenas de ellos, número apenas un poco mayor que el de los técnicos llamados a intervenir en la postura en escena). Esos intérpretes, ocho de ellos bien conocidos y admirados de nosotros, bordan la pieza, bajo la dirección inspirada, habilísima, y detenidamente solidificada del señor Ramírez Carnero. Los pondremos en varios grupos: en la cumbre de la pirámide está Felio Eliel, ya antes triunfador en alguna pieza del mismo autor y en La rosa de oro, de Olmos; después vienen dos mujeres que desempeñan los principales papeles femeninos (ya no es pleonasmo, desde que a veces los papeles femeninos los hacen hombres y los masculinos hembras), que son Blanca Torres y Pilar Souza; detrás los dos papeles titulares, que son los juveniles de la obra: Ángeles Marín y José Luis Domínguez; a continuación otro papel masculino muy destacado, el que hace Ignacio Sotelo; hay otras tres actrices que se destacan: Tara Parra, Carmen Vera y Consuelo Rodríguez; después todo el tropel de segundos papeles, terceros, bits y extras: un mundo. A todos les hizo trajes bellísimos la señora Masserova; a todos los movió con puntualidad exquisita, rayana no infrecuentemente en la coreografía, el señor Carnero, apoyado en varios ayudantes; todos dicen sus hermosísimos textos con claridad y con intención; las luces, deliberadamente bajas en escenas que tal requieren, son de Eduardo Aguilar Rivera, que merece también mención especial. Y aquí una nota aparte en honor de don Alejandro Luna, que siendo un escenógrafo estupendo, y el director artístico de la compañía, tuvo la modestia o la generosidad, de no repartirse a sí mismo el máximo lucimiento que cedió a Jarmila, quien tan grande honor ha sabido hacer a cesión tan señalada.

Pocas palabras más, para no alargar demasiado esta nota, con algún somero apunte sobre las actuaciones; Felio en el papel de mayor responsabilidad de su vida, asume su personaje con toda una pesada carga de implicaciones morales; le toca a él dar el sentido al personaje y a la obra, no nada más en el algo obvio monólogo del acto final, sino a través de toda la trama, pues en su boca puso el comediógrafo el repetido y sostenido mensaje, que rompe sus lanzas en defensa de la libertad y de los privilegios de la imaginación (y aquí cabría citar el nombre de otra montaña literaria: Cervantes; no el de Numancia, dramaturgo, sino el de El ingenioso hidalgo, filósofo). Los esclavos de Estambul es obra que habríamos que volver a ver una y muchas veces, como se hace con La traviata o con Parsifal, para penetrar en ella, y para bañarse en nuevos deleites; los textos que contiene el papel de este modesto profesor de primaria que es Eustasio Ruiz (profesores así ya nos fueron entrevistos en Te juro, Juana) pueden ser vueltos a escuchar como las epístolas de San Pablo o los versículos de los Evangelios, que cada domingo vuelven a ser oídos por los cristianos en la ceremonia de la misa. Felio dice esos textos como arrancándoselos del corazón, no como recitándolos o declamándolos. Es el personaje clave, el portavoz del autor en la comedia.

Blanca Torres es el otro polo, la tierra, la sanchopanza de esta acción; a ella le fueron impuestos acentos y perfiles de comedia costumbrista, por momentos de farsa; y en esto a Carballido lo tenemos probado, de muchas piezas, como ilustre maestro. También Blanca tiene el mejor personaje de su carrera en este de doña Mamerta.

Excelente está en todo momento Pilar en su Zoraida, otro personaje más bien cómico. Y admirables los dos muchachos, la ya premiada (aquella vez como trágica) Ángeles Marín, que está insinuante y deliciosa, y este Domínguez, nuevo para nosotros, que canta, baila, se mueve, habla, con todas la finuras que el escritor puso en su personaje al concebirlo. El de Sotelo viene a ser un personaje mefistofélico y casi perverso, como en Goethe o en Los cuentos de Hoffmann; y lo hace no sin brillantez el señor Sotelo. Reducidas a estampas, por la relativa brevedad de sus papeles (se ven chicos porque la obra dura tres horas; pero distan mucho de ser insignificantes) las señoras Parra, Vera y Rodríguez plenamente justifican que se hayan pensado en ellas, pues sacan con maestría, y con bellas voces, sus roles respectivos.

Con gran acierto manejó el director al personal mudo de los valets; que, como en las caricaturas de Walt Disney, aprontan en forma inmediata la utilería requerida, abren y cierran puertas, ejecutan los movimientos escenográficos.

El gesticulador en su tiempo, hace casi medio siglo; Cada quien su vida no mucho después; y ahora Los esclavos de Estambul; estos son los grandes troncos por medio de los cuales avanza hacia su universalización y su eternización el teatro mexicano. Creemos firmemente que nada más bello ni más alto que Los esclavos de Estambul puede verse en los actuales momentos en ningún teatro del mundo.


Notas

1. El 3 de agosto. Arturo Díaz y Francisca Miranda. Teatro en México 1990-1991. Bianuario. México, INBA, 1993, p. 106.