FICHA TÉCNICA



Título obra El protagonista

Autoría Luis Agustoni

Dirección Sergio Jimémez

Elenco Luis Bayardo, René Azcoitia, Eduardo Borja

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El protagonista de Luis Agustoni, dirige Sergio Jimémez]”, en Siempre!, 20 marzo 1991.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de marzo de 1991

Columna Teatro

El protagonista de Luis Agustoni, dirige Sergio Jiménez

Rafael Solana

Una bella y deliberadamente difícil carrera va haciendo el gran actor, de personalidad carismática, Humberto Zurita, quien comenzó a llamar poderosamente la atención, con su simpatía de fuerte impacto en la obra Posdata: tu gato ha muerto(1), en la que, como otras veces ha hecho, el empresario y director Enrique Gómez Vadillo puso el principal acento en la desnudez del actor, que salía en vivos cueros, como fue un día moda, sobre todo en las obras que nos presentaba aquel director yucateco. En otra pieza, de carácter policiaco, Zurita alternó con Manolo Fábregas, Magda Guzmán y Bertha Moss, y tuvo un nuevo triunfo. Después lo vimos en un personaje para el que pensábamos que no tenía el físico apropiado, el “Polacho” de Un tranvía llamado deseo(2), papel que habíamos visto en el teatro a Wolf Ruvinskis y en el cine a Marlon Brando; alternó esta vez Zurita con las excelentes actrices Jacqueline Andere y Diana Bracho, y alcanzó un éxito personal muy considerable.

Se embarcó más tarde en una peligrosa aventura: la pieza M. Butterfly(3), en que compuso un personaje de carácter endiabladamente arduo, con el que nos hizo pensar en un insigne violinista que ejecuta un concierto de Prokofiev o de Bartok, erizado de dificultades, y, finalmente, ingrato. Se hacía admirar el artista por su laboriosísimo estudio de un extraño fantoche, por completo ajeno a su personalidad, y que sacó con enorme brillantez, asombrándonos con su habilidad y su profesionalismo, pero sin lograr que nos metiéramos los espectadores en el personaje, falsísimo, increíble, y de mero lucimiento técnico, sin fondo humano alguno. Vencido este complicadísimo acertijo, no podía ya nadie dudar de la grandeza como actor del señor Zurita, que superó una montaña de escollos, pero desaprovechó su carácter propio, que es profundamente viril, y admirable por su proyección y su simpatía.

Cuando transcurrían las dos o tres primeras escenas de El protagonista, la nueva obra en que asume don Humberto un papel estelar absoluto, llegamos a pensar que se habían equivocado la productora, la señora Christian Bach, y el director Sergio Jiménez, y que íbamos a presenciar una comedia chocarrera, divertida y corrientona, como las que con tan franco éxito suele poner el señor Varela en su cadena de teatros. Le hacía Zurita al payaso, en una sucesión de escenas chuscas, de las que en el público surgía una risa bonachona y fácil. ¿Será El protagonista un astrakán? llegamos a preguntarnos. Tampoco nos deslumbraba el ambiente, que era el archiconocido de un camerino (como en El vestidor; como el de Teatro, como Dean, como el de Los monstruos sagrados y tantas piezas más que nos llegan, a lo que suele llamarse “el teatro por dentro”, o “los entresijos del teatro”, algo que ya no tiene novedad, y que por lo general fracasa, porque el teatro es algo sagrado que no conviene ver mucho por dentro, con los reyes de la escena en calzoncillos, como tampoco deben verse las intimidades de la religión, las sacristías en que se visten los sacerdotes antes de subir al altar para oficiar, ante el respeto de los creyentes). Lo mejor que habíamos visto, transcurridos los primeros cinco o 10 minutos, era la excelente escenografía de David Antón, esta vez con solamente 22 foquitos, y no los dos mil que es posible contar en Viva México y olé o en la ópera de Orfeo.

Lo que nos parecía que iba a ser el meollo del asunto: el retrato de don Juan al que le gustan todas y con todas se acuesta, tampoco nos parecía nada original. Tuvimos la ocasión de ver a una linda chica nueva, Elena de Haro, con un cuerpo que es un caramelo, y atractiva y simpática; y a un actor también desconocido para nosotros, Jhosafat Luna, que no nos pareció cosa del otro mundo. A todo esto, Carmelita González iba y venía por la escena, en su papel de vestidora, personaje que no hace mucho vimos, admirablemente hecho ambas veces, a Héctor Bonilla y a Guillermo Zarur... tal vez comenzábamos a aburrirnos, y a pensar que del talento y la experiencia Sergio Jiménez bien habríamos podido esperar algo más consistente.

De pronto, con una entrada en escena de película de pastelazo, arrancando una risa tonta, aparece en escena un nuevo personaje, que va a cambiarlo todo: es un joven actor que debuta, en el teatro y que lo hace en una forma sensacional e impactante; se llama Luis Mario Quiroz, y su papel, el de un hippie, también está archivisto; ¿se tratará de un tipo chistoso, de quien podamos esperar algunas payasadas, como las que han hecho Jorgito Ortiz de Pinedo y muchos otros artistas, de uno y de otro sexos?

Con la entrada de este personaje nuevo la obra ha dado un giro. De este momento en adelante hay obra. Tenemos que hacer una cuidadosa investigación en el programa de mano para saber si aparece en él algún nombre de autor; por allá escondido, donde no vaya nadie a encontrarlo pues hallamos al fin un nombre: Luis Agustoni, después de otros nueve puestos allí como para despistar (y faltaron Tirso de Molina, Lord Byron, Lorenzo da Ponte, George Bernard Shaw, y varios más). Zurita nos diría después que esta obra “se la regaló” su esposa, lo que contribuye a crear alguna confusión, pero lo que queremos decir es que ya no se trata de una vez más destapar las indiscreciones de un camerino, ni de hacer chistes algo bobos y payasadas más o menos simpáticas, sino de trazar un carácter, el del protagonista, con un cogollo mucho menos gastado que el conflicto vistísimo del hombre que ama a dos mujeres, más o menos como muchos personajes del teatro, del cine, de la novela o de la telenovela lo han hecho 500 mil veces: la relación, llena de brusquedad, de mal sabor, pero con el mérito de la auticidad [sic] y del vigor, lo cual en el arte suele ser una virtud importante, sin que esto quiera decir que desestimemos la fantasía, la invención, el absurdo, el “picassismo” que consiste en hacernos aceptar como artísticamente real a una mujer con dos narices o con tres años: no somos fanáticos del realismo, pero tampoco dejamos de reconocer y de aplaudir un retrato en que está bien conseguido el parecido, logro que sólo se alcanza por la unión de los talentos de un buen autor, de un director excelente y de un artista intérprete formidable, todo lo cual se da en la combinación Agustoni-Jiménez-Quiroz. El papel de Zurita, que era el de un clown, ahora tiene carne, y huesos y sangre en las venas; en lo futuro ya no tendremos sólo a un don Juan de Pacotilla, a un chistoso profesional, sino a un personaje hecho y derecho; a un “protagonista”.

¡Qué cambiazo da la pieza! Era astrakán, y ahora es más que un drama: es la vida misma. En su papel donjuanesco encontramos a Fernando (es el nombre escénico del personaje) algo discursivo, filosófico por demás, con explicaciones de su conducta un tanto literarias, y, en una larga escena monologal del segundo acto, un sí es no es aburrido [sic]; en sus escenas con las dos mujeres en cuestión (con una, con la otra o con ambas) está Zurita muy entero, muy pujante; pero las escenas con su hijo... ésas son las que nos llegan al fondo del alma, las que contienen un retrato que vive.

Y ya tenemos reunidos los elementos de un gran teatro: todos y en su orden natural: una obra magnífica (que debe ser lo primerísimo); una dirección inteligente, la de un verdadero maestro (incluso autor de excelentes libros) que ha sabido dar un ritmo vivacísimo, un movimiento constante, a la escena, sin más pequeña laguna que una única escena; una dirección que va de menos a más, y que se saca de la manga, como un mago, una emotividad que va acrecentándose, y que llega a conmover, a sacudir; en una sola palabra: una dirección soberbia y las actuaciones: muy buenas las de ese encanto de señora que es Carmelita, también recorriendo el arduo camino que va a la mera gracejada a la consistencia humana; y la de Nuria Bages, una bella mujer, que vive con intensidad su personaje y con autoridad da la réplica al gran actor; excelente la de la nueva actriz señorita de Haro; y formidable, sorprendente, la del debutante jovencito Quiroz, a quien jamás dejó caer su director en las obviedades a que su papel le habría podido orillar, y a quien impidió convertirse en el villano de la pieza, lo que podría llegar a parecer con la sola lectura de su texto; por el contrario, se hace simpático, despierta ternura, con su carácter bronco, pero en el fondo lleno de emoción y de cariño; enorme acierto triple, este personaje: de autor, de director y de intérprete (al actorcito los televidentes ya lo conocen muy bien, nosotros no).

Y, por encima de todos, Zurita, en esta ocasión no una marioneta pintoresca, como la última vez que le vimos, sino en un personaje lleno de vida, visiblemente escrito en vista del lucimiento de un gran primer actor; y otra vez volvemos a la trilogía básica e irremplazable: autor, director, intérprete. Si ahora obtiene Zurita el mayor triunfo de su vida, muy superior a los otros que conservamos en la memoria, es porque hay personaje, y ese personaje no es incidental, ni episódico, sino es protagónico de principio a fin, y pone en juego, no nada más la habilidad histriónica y técnica del encargado de incorporarlo, sino requiere de todas sus más íntimas fibras humanas.

Todo es de primera en El protagonista(4), la obra por delante; la estupenda dirección, expertísima e inteligentísima, la escenografía dantoniana; la ropa (de Graciela Castillo) y las actuaciones espléndidas de toda la compañía, entre las que sobresalen con grandeza del afortunadísimo debutante, Luis Mario Quiroz, y la de ese gran maestro de la escena, tan estudioso, tan profundo, tan emotivo, tan carismático, que es Humberto Zurita, un verdadero campeón del arte histriónico.

Es de lo mejor que puede verse hoy, que se ha ya visto en el pasado, y que podamos esperar ver en el futuro, esta gran obra, El protagonista, de la que la encantadora Christian Bach se ha limitado a aparecer como productora, y que el licenciado César Balcázar ha alojado en el teatro del Seguro Social, el “San Jerónimo” (antes “Independencia”) al que ahora tendrá que ir todo México, a pesar de la distancia que lo separa de una gran parte de la ciudad, porque la calidad del espectáculo ameritaría un viaje 20 veces más largo.


Notas

1. Véase la crónica respectiva del 1ro. de febrero de 1984 incluida en este volumen.
2. Idem. 13 de julio de 1983.
3. Idem. 29 de noviembre de 1989.
4. Que se había estrenado el 21 de febrero. Arturo Díaz y Francisca Miranda. Teatro en México 1990-1991. Bianuario. México, INBA, 1993, p. 119.