FICHA TÉCNICA



Título obra Ciento veinte mil leguas de viaje submarino

Autoría Hugo Hiriart

Elenco Sergio Klainer, Liliana Abud, Mercedes Matute, Agustín

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Ciento veinte mil leguas de viaje submarino de Hugo Hiriart]”, en Siempre!, 13 febrero 1991.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de febrero de 1991

Columna Teatro

Ciento veinte mil leguas de viaje submarino de Hugo Hiriart

Rafael Solana

Hay algo en que los espectáculos teatrales, y también la ópera, se asemejan a la fiesta de toros, y es la imprevisibilidad; en estas actividades artísticas no ocurre lo que en la química, en la que cada vez que junta usted dos moléculas de hidrógeno con una de oxígeno, en condiciones adecuadas puede estar seguro de que obtendrá agua; o lo que en la geometría, en que basta multiplicar 3.1416 por R al cuadrado para conocer con mucha aproximación la superficie de un círculo; o lo que en la astronomía, en la que los mayas y los aztecas de hace cinco o más siglos previeron y anunciaron las fechas exactas de eclipses que todavía no se han producido; en estos tres bellos espectáculos, como también en algunos deportes, hay que esperar lo inesperable; pueden las empresas reunir a las más grandes figuras, con ganado o con obras de vacas o de autores muy acreditados, y atraer a la gente que acude segura de que va a divertirse, para salir hundida en la mayor decepción, mientras hay, en cambio, ocasiones en las que donde menos se piensa salta la liebre.

La mañana de un domingo de enero fuimos al Palacio de Bellas Artes atraídos por el señuelo de una obra de famosísimo título (ligeramente modificado) firmada por un conocido y estimado autor, y con el respaldo de ricas y muy serias instituciones. Gran lleno. Personalidades distinguidas en la concurrencia; un telón lleno de gracia, y una prologuista muy querida y prestigiada, doña Clementina Otero de Barrios, que produjo una pequeña pieza introductoria, en que mencionó su propia labor en favor del teatro hace algo más de 50 años, y citó también otros ilustres nombres. Fue como si antes de una corrida cuyo cartel estuviera formado por grandes ases y toros muy afamados, y antes de que esas estrellas partieran plaza saliera un veterano a recordarnos que hace 60 años tomó la alternativa, y el público lo llamara a dar la vuelta sin imaginarse, ni de lejos que ésa sería la única de la tarde.

Después de que ovacionamos a doña Clementina se levantó el telón, y comenzó la representación de Ciento veinte mil leguas de viaje submarino, del dramaturgo Hugo Hiriart (por un lapsus la señora Otero nos anunció que veríamos Pinocho, de Salvador Bartolozzi, profecía que se cumplió). Jóvenes actores comenzaron a representar, con gracia, y estupendamente vestidos(1), la obra de Hiriart, cuyo título le fue sugerido por Julio Verne. Una obra escrita y dirigida, esto por el mismo Hiriart y otra persona(2);. se adivinaba en el buen humor de los diálogos la mano de un maestro en comediografía; apareció en escena un barco practicable, y, en juego de títeres, también una ballena, para ilustrar el episodio bíblico de Jonás y el Monstruo. Campeaba en el escenario, como en la luneta, la alegría; nos apresuramos a suponer que íbamos a ver la gran cosa.

¿En qué momento fue que nos quedamos dormidos? Pero no por mucho tiempo. Fuimos despertados a cañonazos, a los que siguieron tiroteos y otras ruidosas explosiones, probablemente previstas como necesarias para evitar la catalepsia de los niños a quienes la pieza está dedicada. ¿Obra para infantes? Nos permitimos ponerlo en duda cuando en escena apareció una linda joven con dos blanquísimos globos pectorales del tamaño de unas nada escuálidas calabazas. ¿Para niños de qué edad? Nos preguntamos; porque los más chicos, en edad de lactancia, iban a sentir abrirse ferozmente su apetito, ante menú tan prometedor; y los más grandecitos habrán de sentir sugerencias e incitaciones muy distintas de las de orden alimentario. Informó la dama al público que hacía el papel de la amante del capitán Nemo; probablemente se cuenta con que las mentes pueriles están en estos tiempos tan despiertas que no habrá párvulo que no haya aprendido, en las telenovelas, qué tipo de relación es la establecida entre la bien dotada fémina y su protector el capi.

El anónimo cronista, que lleva ya bien recorridos 60 años de frecuentar los teatros, ha adquirido en este tiempo dos manías o tics: una de ellas, muy inocente, es la de casi contar a los espectadores para multiplicando la cifra por el precio de la entrada, y descontando un prudente por ciento de tifo, adivinar la entrada que se ha hecho en taquilla. Eso, en un espectáculo oficial, no importa; pues la Patria da para todo. La otra obsesión es la de ir calculando el costo del montaje, a base de la pluralidad de las decoraciones, el lujo y la abundancia de los trajes y el resto de los atuendos, y el número de extras (en algunas no figuran estrellas costosas). Lo único que salimos deseando es que no tengamos que vender la Baja California para pagar esto. Con el puro gasto en zapatos verdes hay para arruinar a cualquier empresa y aun a cualquier país que no esté desde antes arruinado. La ropa es abundantísima y buena. Y no podemos censurar ese lujo, después de que lo aplaudimos y lo encomiamos en Viva México y olé, que no costó sino mil millones de pesos. Claro que se darán muchísimas representaciones. Con muchísimos niños, traídos en camiones y tal vez atados para que no traten de escapar. Diluidos entre estos cientos de miles de escolares, los gastos se van a achicar y acabarán por parecer razonables.

¿Cuántos años habrán desde que Hiriart y Alejandro Luna fueron niños? Lo más probable es que ya no se acuerden de eso, ahora que tienen las barbas estrepeladas. La obra contiene alusiones literarias a La Odisea, a Moby Dick y a otras obras que pocos niños de la escuela primaria habrán ya leído. Y otras a la contaminación, la solidaridad (camarada corrector; no quite este acento porque eso así se pronuncia ahora) y hasta hubo (adultos, por supuesto) que vieron caricaturas de Franco, de Pinochet, de Khadafi, de Jomeini y de Hussein, y referencias a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y los misiles de Bagdad o de Jerusalén. Si esto fue escrito pensando en que los niños iban a divertirse, qué plancha, cuando por filas enteras se vayan quedando súpitos, en espera de ser vueltos a la vigilia con estruendosos truenos, muy frecuentes.

Qué lástima que un dineral haya sido gastado, eso sí, con la mejor intención del mundo, en auspiciar obra tan de decepcionante, tan fallida. Con lo que costó este montaje se podrían montar 100 obras del tipo de El eclipse, o de mil del de Señora Klein, que probablemente costó lo que uno, el que ustedes escojan, de los vestidos de Ciento veinte mil leguas. (Ese ciento agregado no alarga el viaje del “Nautilus”, sino debió estar escrito con ese, como confesión de dolor o sentimiento).

Al fin termina, dos horas después de iniciada, o más bien 150 minutos, esta pieza que empezó tan prometedoramente, que nos hizo concebir esperanzas e ilusiones tan descabelladas. Los profesores despertarán con manguera, o por lo menos con garnuchos, a los niños que desde el primer cuarto de hora se habrán hundido en un sopor casi mortal. Y será pasado a las autoridades educativas y culturales un cuentón que haría por lo menos palidecer, quizá quebrar, al más adinerado de los emires de la petrolera Arabia.


Notas

1. Por Tolita Figueroa y María Figueroa. Arturo Díaz y Francisca Miranda. Teatro en México 1990-1991. Bianuario. México, INBA, 1993, p. 97.
2. Se refiere a Mario Espinosa, Idem.