FICHA TÉCNICA



Título obra Ahí viene Pedro Infante, ¡qué cante, qué cante!

Autoría Germán Castillo

Dirección Enrique Pineda

Elenco Jorge Camarena, Armando Palomo, Margarita Isabel, Roberto Ballesteros

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Ahí viene Pedro Infante, ¡qué cante, qué cante! de Germán Castillo, dirige Enrique Pineda]”, en Siempre!, 24 octubre 1990.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   24 de octubre de 1990

Columna Teatro

Ahí viene Pedro Infante, ¡qué cante, qué cante! de Germán Castillo, dirige Enrique Pineda

Rafael Solana

Nos esforzamos por encontrar un equilibrio, en materias principalmente teatrales y musicales, entre la conversación y la búsqueda. Propugnamos el respeto a las tradiciones y la veneración por los grandes libros conseguidos a través de los siglos; el acatamiento a los grandes maestros, precedido, naturalmente, de su conocimiento; pero vivamente reconocemos la necesidad de la renovación, la indispensabilidad de la inquietud por hablar nuevas formas y formulas. El progreso camina, hemos repetido algunas veces esta frase del sociólogo Gabriel Tarde, que nos fue imbuida por nuestro inolvidable maestro Antonio Caso, sobre dos piernas, que son la imitación y la invención. Cojearía, y dejaría de avanzar, si abandonase el apoyarse en una de ellas.

Con el más vivo interés esperamos el surgimiento de nuevos valores teatrales no atenidos a recetas tradicionales, a veces obsoletas; sin embargo, tampoco somos fanáticos de la novedad, ni todo lo que es novedoso, sólo por serlo escapa a nuestro examen y a nuestra ponderación.

De entre las modernas obras de autores mexicanos, que son lo que más acapara nuestra atención hemos escogido una que contiene propuestas muy de nuestro tiempo, sin desdeñar avances ya anteriormente alcanzados; es decir, algo que contiene aires de renovación, sin tenerlos de destrucción de lo ya construido, sino incorporándose a una corriente de creación teatral ya manifestada poco antes en otras expresiones. Ello ha sido la pieza de Germán Castillo, que dirige Enrique Pineda (los dos son nombres ya aureolados por el prestigio en el teatro mexicano contemporáneo) Ahí viene Pedro Infante, ¡qué cante, qué cante!, para cuyo montaje se han asociado el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Instituto Nacional de Bellas Artes, el Festival Cultural Sinaloa y “Productores Asociados”, a quienes a última hora se unió con una contribución valiosa el Departamento de Seguridad y Vialidad (Javier García Paniagua) del Departamento del Distrito Federal, es decir, todo un robusto cuerpo de muy acreditadas instituciones.

Germán Castillo pertenece a una corriente artística que tiene por antecedentes remotos al autor de Los signos del zodiaco (Sergio Magaña), al de Una pura y dos con sal (Antonio González Caballero), al de Malditos (Wilberto Cantón) y al de Las alas del pez (Fernando Sánchez Mayáns), e inmediatos al de La Atlántida (Oscar Villegas) y , sobre todo, al de De la calle (Jesús González Caballero)(1); Todos ellos han empujado a la literatura teatral (y a su realización sobre la escena) a una corriente de recreación de la vida metropolitana de México en esferas de lumpenproletariat; palpitan en esas obras las vecindades, la clase trabajadora, el idioma chabacanizado y claveteado de palabras hasta hace poco consideradas (sobre todo en los libros y en las tablas) como indecentes o injuriosas. Castillo esta vez se inspira en un héroe popular de esas clases, que llevó al arte figuras como el carpintero, el motociclista, el presidiario. Casi se podría hablar en las modernas letras teatrales mexicanas de un “Ciclo Pedro Infante”, como hubo en la literatura medieval española un ciclo del Cid o uno de Fernán González, en la francesa una de Roldán o de Carlo Magno, en la alemana de los Nibelungos. Nancy Cárdenas, Elisa Ben, ya han incursionado en esta literatura infantoide, o infantil, o infanticida, con obras de características que hacen pensar en una corriente o una escuela. Por cierto, en ninguna película ni en ninguna obra teatral, oí utilizar el lenguaje que Castillo (y su tocayo Julio) usan como indispensable para ambientar esa clase marginada, de los obreros, de los presos (también de los pulqueros y sus clientes, y de los pepenadores, y de los vecinos, en otras obras del mismo ciclo). Quizá piensa Germán que si no hablan a punta de leperadas y vulgaridades no se dará cuenta la gente de que se trata de un ambiente de clase baja. Conocemos muy bien muchísimos hogares de ese nivel social, y en ninguno hemos observado que sea utilizado este lenguaje, que más bien se ha convertido en un recurso literario, en una convención y en un tópico.

Castillo y Pineda incurren en otros convencionalismos y otras vulgaridades (como necesariamente ocurre cuando se trata del seguimiento de una escuela, trátese del romanticismo, del naturalismo, del modernismo o de tantos otros aires que han soplado sobre la literatura y sobre el teatro). El machismo, por ejemplo (y a esta fase no es ajena una obra popular española, Bodas de sangre, de Federico García Lorca, en la que en más de un momento de la representación de Ahí viene... se piensa). Viene a ocurrir, como con frecuencia sucede, que los muy modernos y muy novedosos también imitan a alguien y sigue una moda. Incluso a Pineda le captamos, en una escena magistral, una cierta reminiscencia de una obra en que mucho se complugo. ¿Huele a gas?, de Tomás Urtusástegui; no siempre lo muy viejo es completamente antiguo... ni todo lo muy moderno lo es por completo. La invención de usar a los mismos actores y actrices, aun con la misma ropa, para representar a personajes diferentes, tampoco es ya una novedad absoluta, ni lo es la de empujar carros para cambiar ambientes escenográficos. Con todo lo cual venimos a caer en que tanto la obra de Germán como la dirección de Enrique son nuevas... relativamente.

Pilar Souza, que ya estuvo en La Atlántida, y 30 años antes en Los signos, contribuye con su excelente actuación a darles aires de cuarentonas a algunas de estas novedades. Otra actuación muy digna del mayor elogio es la de Alonso Echánove, el santito de este altar elevado a Pedro Infante (como los hay a John Lennon, o a Elvis Presley, en otros países); Echánove no sólo es un buen actor, sino tiene encanto personal, según otras veces nos ha dejado ver en el Foro de Shakespeare. María Morett está también impecable en el cuidadosamente trazado papel de “Chorreada”, Andaluz Russell se atiene a todas las fórmulas consagradas para sacar su muchacha inocentona ansiosa de dejar de serlo, víctima del más manido de todos los personajes, que es el de seductorcillo del que se encarga Luis Felipe Tovar. Arturo Alegro es otro de los artistas que se hacen merecedores de elogio, y no deja de estar en ese caso Homero Maturano, cuyo personaje es uno de los menos adocenados.

No merece especial atención la escenografía(2), que carece de personalidad y sólo atiende al servicio de la obra con su constante cambio de ambientes. Tampoco el vestuario(3).

Al final de la representación de Ahí viene Pedro Infante que presenciamos, el actual grupo de motociclistas espectaculares de la Dirección de Seguridad y Vialidad (hace 20 años se llamaban “Halcones”, hasta que ese nombre se desacreditó cierto Jueves de Corpus) y que ahora integran unos fornidos atletas muy distintos de los que conocimos, que han de ser ya ventrudos padres y suegros de familia, hizo una exhibición de sus habilidades, como nunca las habíamos visto desplegarse bajo el techo de un teatro, sino solamente al aire libre, en calles y plazas. Esto para recordar al público asistente al Galeón que Pedro Infante figuró alguna vez (al lado de Luis Aguilar) en películas de ambiente motociclístico, como A.T.M, y alguna otra. Se trata de un espectáculo distinto de los que suelen ofrecer los teatros; pero no integrado a la obra, sino como una especie de “fin de fiesta” que no carece de teatralidad ni de vistosidad.

Las entradas que el Galeón haga dirán claramente si es grande la mayoría del público teatral mexicano que acepta este tipo de teatro y de lenguaje, que, de todos modos, ya puede decirse que forma una corriente, puesto que ya dentro de esta moda se inscriben tantas obras, muchas de ellas muy valiosas, y de entre las cuales no es la menos importante esta pieza germánica.


Notas

1. Se refiere a Jesús González Dávila.
2. De Germán Castillo, Enrique Pineda y Pepe Maya. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
3. Diseñado por Pepe Maya. Idem.