FICHA TÉCNICA



Título obra El dandy del hotel Savoy

Autoría Carlos Olmos

Dirección Carlos Téllez

Elenco Manuel Guízar, Manolo García, Mario Sauret

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El dandy del hotel Savoy de Carlos Olmos, dirige Carlos Téllez]”, en Siempre!, 8 agosto 1990.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de agosto de 1990

Columna Teatro

El dandy del hotel Savoy de Carlos Olmos, dirige Carlos Téllez

Rafael Solana

Hace cincuenta y uno, por esta época del año, el anónimo cronista se encontraba en la ciudad de Roma, mientras el entonces ya su jefe Pagés se dirigía a Berlín para ir de allí a Varsovia y estar presente en la entrada de la Wehrmacht en aquella capital el primer día de la Segunda Guerra Mundial. Roma, que se preparaba como capital del reino italiano a entrar en esa contienda, como capital de la Cristiandad atravesaba por una situación llamada de “Sede Vacante”, pues había muerto el Papa Pío XI y se organizaba el Cónclave en el que sería electo su sucesor. En aquel tiempo, a causa en parte de la lentitud de las comunicaciones, estos interregnos solían prolongarse por meses. El viaje a Roma desde algunos puntos del globo llevaba varias semanas, y otras su preparación; el Cardenal de Río, por ejemplo, viajaba con su médico, su peluquero, su pedicuro, su copero, su cocinero, y un cuerpo de secretarios, edecanes e intérpretes, y atravesar el Atlántico, en barco (la era de la aviación comercial no había llegado) no era cosa de unos cuantos días, como lo es de unas horas hoy trasladarse de cualquier parte a cualquier otra. Meses llevó el escoger a Eugenio Pacelli para sustituir a Aquiles Ratti; después de ese cambio, el advertimiento de Juan XXIII, el de Paulo VI, el de Juan Pablo I y el de Juan Pablo II ya fueron mucho más expeditos.

Sede Vacante, es decir, el trono vacío, la comunidad acéfala, es la situación que atraviesa hoy el teatro mexicano, a la desaparición del que indiscutiblemente era su cabeza; pero la elección del sucesor no va a hacerla la asamblea de los cardenales, que entre ellos mismos escojan a quien ha de encabezarlos. Aquí no será tan clara la cosa, que, sencilla, tampoco en el Vaticano lo es. ¿Quién va ahora a ocupar el sitio, que hasta hace poco nemine discrepante tenía Luis G. Basurto, como el supremo entre todos los autores mexicanos? Podría parecer que dos cardenales, ambos nativos del estado de Veracruz, tienen ya mucho camino andado, tanto por la constancia de su actividad como por la resonancia de sus triunfos. Son: Emilio Carballido y Hugo Argüelles. Cada uno de ellos tiene sus partidos, y ambos méritos ganados en campañas que suelen ser calificados de enormes.

Pero ¿qué tal que surgiera una sorpresa de último momento, un creador más joven, y no veracruzano, sino chiapaneco? Eso podría suceder, o tal vez está ya sucediendo; la obra de autor mexicano que parecía hasta hace una semana como la mejor de las estrenadas, a los ojos de la crítica, que se ha mostrado unánime en elogiarla, y a los del público, que agota las localidades del teatro en que con dirección y actuaciones estupendas se presenta, era El eclipse, de Carlos Olmos, para la cual ya no cabe la gente en El Granero los sábados ni los domingos, de modo que es más seguro ir en jueves o viernes para poder verla. Los críticos ya la dábamos por triunfadora de este año... aunque esperábamos todavía el estreno de la obra póstuma de Basurto, Corona de sangre, que ya se está ensayando. De pronto nos surge la duda: ¿no se ha estrenado ya una pieza mejor todavía que El eclipse, y del mismo autor? Sí, tal vez: ella se llama El dandy del hotel Savoy, y nos ha dejado admirados oír su potencia dramática, por su vuelo lírico, por su admirable y original composición. Si en El eclipse uno de los méritos está en la clásica unidad, en la sencillez de su desarrollo, en su diáfana inteligibilidad, en el desenvolvimiento de su narración sin tropiezo, en la otra obra de la misma pluma lo asombroso es todo lo contrario; la novedad casi absoluta en el manejo de los personajes, en el juego de los tiempos, en la inserción de los textos ajenos (de Oscar Wilde) hecha con prudencia y con oportunidad. Algunas de las dificultades que la obra contenía, cuando solamente le conocíamos por lectura, el talento del director Carlos Téllez y el del escenógrafo Humberto Figueroa las disiparon, como una niebla que el sol vence al ir avanzando la mañana. Y si no se conjuntó esta vez un reparto multiestelar, como en El eclipse se hizo, con los jóvenes actores que escogió el director, y de los que sólo dos o tres eran ya bien conocidos, se logró una interpretación tan perfecta como la de aquella otra obra, en que Xavier Rojas manejó solamente a un puñados de actores y actrices.

Salta a la vista que Figueroa dispuso de todos los millones que quiso para su escenografía, y Téllez para su dirección (el primero de estos capítulos, encomendado en El Granero a David Antón, no habrá representado ninguna erogación considerable). Además hay una inteligente iluminación, de Germán Castillo. Representada, la obra ganó enormemente sobre la impresión que nos hizo cuando solamente la habíamos leído. Cuando, al final de la representación, recogían los participantes en ella una larga ovación, sentimos el impulso de gritar, entre los “bravos”, esta palabra que en la ópera se pronuncia cuando el héroe ha sido el tenor: ¡solo! Naturalmente, nos habríamos referido al autor, héroe máximo del gran triunfo. Pero oportunamente nos detuvo la reflexión de que esa concentración de la victoria en un solo hombre habría sido injusta. Cierto que el autor es el padre de la obra teatral; pero también fue palmario esta vez que la participación del director y del escenógrafo tuvo una importancia relevantísima. Esto lo advierte, sobre todo, quien ha conocido antes la obra en el frío papel en el que fue impresa.

Las actuaciones son también excelentes, aunque el calificativo de estelares sólo dos lo ganan. El papel de Oscar Wilde está audazmente divido entre dos actores, que hacen simultánea, no sucesivamente, al dandy del Savoy y al preso C33 en la cárcel de Reading. El director no dio una de esas personalidades a un actor y al otro, sino repartió a cada uno de ellos uno de los actos: Arturo Beristáin es primero el cautivo, y después el poeta, y Alejandro Tomassi al revés (cuando lleven 100 representaciones podrán cambiar de mitad de obra, y será un pretexto para volver a verlos). Beristáin es ya un consagrado, o muy poco menos; no hace mucho que le vimos en El desperfecto, de Antonio Mosell, alternar con Ignacio López Tarso y otras sólidas figuras; en Salón Calavera, de Alejandro Aura, se comía a todos; y en La Orestiada, de Esquilo (que dirigió Pepe Solé) dio una gran campanada en el papel de la reina Clitemnestra. Tomassi es menos conocido; en realidad se le podía considerar ya como un avanzado novillero (y estaba magnífico en el papel de coronel Martínez en una comedia mexicana que hace poco reestrenó Héctor Azar); pero para él alternar con Arturo Beristáin, y, digamos de una vez, ganarle la pelea, es como recibir con todos los honores la alternativa. Bien y aun muy bien está Arturo; pero nos impresiona más y nos deja más hondo sabor, sobre todo en el primer acto, Alejandro (a quien también hay que comparar con Guillermo Murray, que en otro teatro está dando vida al mismo personaje, con el más completo éxito).

Además del mano a mano Beristáin-Tomassi tiene la obra muchas otras actuaciones; bien conocido tenemos a Salvador Jaramillo, que al lado de Ofelia Guilmain y de Carlos Riquelme triunfó en un papel no hace mucho en el teatro Helénico. Y bien igualmente a Carlos Águila, que solía cantar La viuda alegre y nos aparece ahora como un impecable actor serio, con su nueva cabeza gris; también conocíamos a Fernando Rubio, y a Verónica Terán; al lado de ellos hay jóvenes y hombres maduros a quienes tenemos la impresión de ver por primera vez, pero de los que Téllez ha logrado interpretaciones convincentes, hasta lograr dar envidiable uniformidad al conjunto. La obra se sigue sin respirar, sin un parpadeo, con la atención presa de cuanto ocurre no diremos de derecha o izquierda, ni al frente o al fondo del escenario, sino en los diversos niveles, móviles (eso tienen ustedes que ir a verlo para comprenderlo mejor), de la escena.

La obra está tan estupendamente escrita que ya estamos dudando si será o no la mejor de las que este año hemos visto (es decir: si supera a El eclipse); el personaje, tomado de la historia, es punzante y conmovedor; la inserción en el texto olmeca (de Olmos) de algunas tiradas wildeanas (de La importancia de llamarse Ernesto, de El retrato de Dorian Gray, de ensayo de Oscar sobre el mundo socialista) está hecha con sagacidad y con gracia, de manera que las sonrisas que las paradojas provocan venga a ser un descanso en la tirantez de la tragedia. La dirección es ágil, imaginativa y espléndida; la escenografía, sin duda el paso definitivo de Humberto Figueroa para colocarse entre los mejores, después de haber estado algunos años ocupando un lugar modesto; y las interpretaciones intensas, intencionadas y parejas. Hoy Carlos Olmos es el enemigo de sí mismo en su postulación para ocupar el trono que está vacante, en el reino de los comediógrafos y los dramaturgos mexicanos (también aspira a la corona de la televisión, de manera que puede ser, como Francisco José de Austria-Hungría, águila de dos cabezas).

La noche de la primera representación de El dandy del hotel Savoy al acercarnos al teatro Sor Juana Inés de la Cruz(1), vimos con terror que había ya una cola con más gente que la que en ese local pequeño cabe; y cuando por una puerta aparte fuimos introducidos a la sala, por especiales consideraciones que en la Universidad se nos guardan (y que agradecemos) y pudimos disponer de dos sillas para tres personas, en un graderío ya absolutamente abarrotado, vimos que las personas formadas afuera no podían tener la menor posibilidad de entrar. En la historia de nuestro teatro no es ya excepcional que un autor mexicano tenga dos piezas al mismo tiempo, o hasta tres; pero que estén llenos a reventar los dos sitios, de eso sí puede ser que no haya precedente. Olmos se hace la guerra no sólo en la disputa de los premios, sino en la de la taquilla también; pero como son tan buenas las dos obras, es seguro que el que vaya a ver una obra de ellas, al día siguiente a más tardar se vaya a conocer la otra. El problema es, ¿cuál de las dos recomendar como más urgente a los amigos? ¿Qué tiene más mérito: respetar religiosamente las reglas (El eclipse) o superarlas, violarlas, romperlas, crear otras nuevas (El dandy del hotel Savoy)? Caiga la respuesta donde cayere, el triunfo de Carlos Olmos es evidente, pues con igual maestría hace una cosa y la otra; hay para todos los gustos, nosotros mismos, tan partidarios del clasicismo de plantearse dificultades o rigores, y vencerlos, no sabemos ahora a qué carta quedarnos, y en cuanto a nuestra pugna contra los directores audaces que tratan de mejorar la plaza a los autores, esta vez nos damos por derrotados y nos anotamos en contra nuestra, pues evidentísimo nos parece que tanto Xavier Rojas en un teatro, como Carlos Téllez en el otro, han puesto su talento y su arte, en abrillantar los ya de por sí magníficos textos que en sus manos fueron puestos.

El tiempo es llegado de que algún Manolo Fábregas de Broadway, alguna Silvia Pinal de Londres o algún Antonio Haro Oliva de París vengan a ver si hay algo bueno en México, o envíen espías que les den informes, para que obras como estas dos de Carlos Olmos vayan a los teatros de esas grandes capitales, como las de Luis Basurto iban a Madrid o a Buenos Aires. Pasarían por buenas y aun por excelentes ante los ojos más exigentes públicos teatrales del mundo. Y tras el éxito que sin duda obtendrían, podrían ir otras magníficas que ya hay o que se irían escribiendo, en cuanto Olmos recibiera los primeros cheques en dólares; ya hace años un comediógrafo mexicano abrió a otros, sobre todo a Federico S. Inclán y a José María Camps, varios teatros de Alemania, en que las obras del primero allá admitido tuvieron excelente acogida, aunque sería superior y más merecida la que El eclipse y El dandy del hotel Savoy obtendrían donde quiera que haya espectadores inteligentes y sensibles.


Notas

1. El 19 de julio. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.