FICHA TÉCNICA



Título obra El eclipse

Autoría Carlos Olmos

Dirección Xavier Rojas

Elenco Enrique del Olmo, Javier Díaz Dueñas, Manuel Landeta

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El eclipse de Carlos Olmos, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 13 junio 1990.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de junio de 1990

Columna Teatro

El eclipse de Carlos Olmos, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

El anónimo cronista se ve inclinado a confesar, es decir, a comunicar a sus apreciadísimos lectores, que el teatro, que es por otra parte su ocupación de todos los días y de casi todas las noches, afecta hasta su metabolismo, su salud, su estado de ánimo; suben y bajan su presión arterial, su flora intestinal, y posiblemente (no la ha checado últimamente) hasta su temperatura y su peso. Se producen todos esos efectos físicos a partir de sus emociones, de sus secreciones internas, de su fisiología regulada por la mente; el asistir a una mala obra, o una obra mal dirigida o mal representada, le baja la presión, lo deprime, le produce unas astenias o un stress que el aparato para medir la presión registra; cuando, en cambio, ve una obra muy bella, o muy bien hecha, sus glóbulos rojos se multiplican, se tiene que aflojar un poco el cinturón y desabrocha el último botón de su camisa, porque siente como si se ensancharan su tórax y su abdomen, como si subiera de peso, igual que si acabara de recibir una transfusión de sangre, o de beberse un litro de aceite de hígado de bacalao. Hay obras tan flojitas que sale uno haciendo consideraciones sobre el suicidio. Hay otras tan buenas, que deja uno la sala con la impresión de salir al sol, aunque sean las once o las doce de la noche.

Ya dos o tres veces ha recibido el cronista, en los últimos tiempos, esa gratificante sensación de haberse enriquecido, de haber atinado un seco, de haberse casado con la mujer soñada, al encontrarse con una gran función teatral, que es más benéfica para la salud que un kilo de vitaminas o que una semana de descanso en la playa.

Así salió el cronista, dando vivas a la vida, cuando vio Señora Klein, y cuando vio a Carmen y a Susana en Yo madre yo hija, y a Murray en La noche de Oscar Wilde; pero ahora les va a contar algo todavía más tónico y más exultante, porque, él, que es tan patriota (o patriotero) ha tenido el gusto inmenso de ver una gran obra, una estupenda dirección, media docena de actuaciones soberbias... ¡todas mexicanas! El triunfo de un autor coterráneo alegra a este cronista como si fuera el de alguien de su familia. Y a esa pieza formidable (ya 100 veces ha dicho el cronista que la obra es la base, el alma y el corazón del teatro) se agrega el de un director insigne, y el de seis intérpretes, de diversas edades y en diferentes escalones de la gloria; entonces se llega a la conclusión de que, excepto tal vez el amor, no hay nada que dé a la vida el merecimiento de ser vivida como el arte (porque además de una espléndida pieza de teatro puede producir esa felicidad una gran corrida de todos, un concierto extraordinario, una ópera sublime, una exposición de inmensa calidad).

Pero ya es hora de dar a ustedes lectores amadísimos, un norte acerca de cuál es la obra, cuál su autor, quién el director y quiénes los intérpretes que fueron capaces de encender esa euforia, ese estallido de admiración ante la grandeza; se queda fuera de todo esto un gran escenógrafo, uno de los mayores, o el mayor, de México, que es David Antón, de quien no cabe elogiar sino la discreción y el respeto con que se hizo a un lado para dejar lucir a los demás, pues tuvo el buen gusto de no tratar de dar ninguna campanada de originalidad, sino atenerse a la naturalidad, al verismo, en la ambientación de la pieza, a la que toda espectacularidad habría hecho más daño que beneficio al distraer siquiera fuese por un minuto la atención del público del texto, magistral en cada línea, y la postura en escena, habilísima en el director, en grado sumo entusiasmante en cada uno de los seis intérpretes; estamos hablando de El eclipse, de Carlos Olmos, obra soberbia con la que la Compañía Nacional de Teatro vuelve por sus fueros, y que sirve para rendir un justísimo homenaje, por sus 50 años en el teatro, al gran astro poblano de la dirección escénica que es Xavier Rojas. Medio siglo hace ya de la fecha en que este entonces joven talentoso decidió dedicar su vida al teatro; fue una decisión afortunadísima, bendita; se ha realizado él, se ha convertido en una gran figura nacional, y al arte escénico de México ha dado un brillo enorme, desde cualquier ángulo que se le contemple; desde que fue el impulsor de debutantes, el encaminador de almas, el descubridor de vocaciones y de talentos, hasta que, con el andar del tiempo, llegó a ser el manejador de obras de los autores más grandes, y el maestro no de chamacos debutantes, sino de las máximas estrellas de nuestro mundo teatral, sin detenerse ante nada: Dolores del Río, Isabela Corona, María Douglas... ¿se puede ir más allá?

Y la primera lección que nos da a todos, espectadores o gente del oficio, esta vez el director del Instituto “Andrés Soler” es ésta, modesta y sapientísima: lo principal es la obra. El director no ha tratado de atraer sobre sí los reflectores, con novedades, originalidades o extravagancias; no ha recurrido ni a sentar en el suelo a los emperadores, como alguna vez hizo Seki Sano, ni a colgar de argollas a los actores para que hablen de cabeza, ni de hacerlos saltar como tigres por aros de fuego (hazañas del grupo brasileño Ornitorrinco) ni se hace a los espectadores pescar una tortícolis para ver a los artistas caminar por el techo (una vez lo hizo Julio Castillo) ni salirse de la sala para que las butacas en el segundo acto no estén en el mismo sitio en que estaban en el primero (esto se le ocurrió un día a Ludwik Margules). Xavier Rojas trabajó de modo que cada uno de sus seis artistas diese el do de pecho, estuviese como nunca; se lo agradecerán ellos, y se lo agradecerá el autor, y sobre todo, nosotros, los que formamos el público. Y se esforzó para imprimir a la dirección un ritmo siempre ascendente, y darle un tono creciente, y arrancar de las voces y de las actitudes de los artistas una dicción y una comprensión integrales y profundas del texto, y una transmisión hacia la audiencia de todas esas emociones. Todo esto ha hecho y lo ha logrado admirablemente bien, el director a quien se rinde homenaje con la representación de El eclipse.

Pero si es asombrosa la labor del director, que resplandece tal vez como nunca en sus 50 años de trabajo, ¿qué diremos de la obra, que es la base y el sine qua non de este triunfo? Comenzaremos por informar a ustedes que Carlos Olmos no es un principiante; que hace ya tal vez 20 años que anda en esto; que ha ganado ya los premios máximos de la crítica; que obras suyas, como La rosa de oro, como El presente imperfecto, como Juegos fatuos, figuran entre lo de primera clase que ha producido el teatro mexicano de entretiempo (ni tan clásico como Carballido o Basurto, ni tan juvenil como Jaime Chabaud o Estela Leñero). Otras obras suyas no fueron tan redondas; a nosotros no nos gustó, por ejemplo, El brillo de la ausencia; pero Olmos no digamos dejó el teatro, sino le agregó, hermana suya, la televisión; y en ese arte nuevo, no por joven menos digno de consideración, pronto alcanzó y llegó a superar a las grandes respetables maestras Fernanda Villeli, Marisa Garrido, Lila Yolanda Andrade, Caridad Bravo Adams, Mimí Bechelani. Su obra Cuna de lobos fue reina de las pantallas chicas mientras estuvo en ellas. Preguntarán tal vez ustedes ¿no dañó, no contaminó o debilitó al excelente autor de teatro esta pequeña traición, este cambio de bandera, de pasarse al enemigo? Pues no, señores; vayan ustedes a ver El eclipse y verán algunas técnicas de la televisión incorporadas al teatro para enriquecerlo y perfeccionarlo. Desde luego, como un maestro, se ha atenido Olmos a las reglas más rígidas del más clásico de los teatros. Aristóteles mismo nada tendría que objetar en materias como la unidad de lugar, la de tiempo y la acción; las entradas y salidas de los personajes están conseguidas con una exactitud que elogiaría Feydeau; el tiempo marcado a las escenas, convenientemente lento en los primeros momentos para poder sin cesar ir en crescendo, y el tono, que va de la buscada naturalidad plana de las iniciales escenas, expositivas del lugar y que sirven para plantear el ambiente y el momento en que los hechos van a producirse, a estallar, están obtenidos con maestría. Y cuando llegamos al telón del primer acto sentimos el impulso de saltar en nuestro asiento y gritar: ¡He aquí a un maestro! No solamente la gente del oficio sabe lo arduo que es exponer, lo dificilísimo que es echar un telón; también el público, a poca experiencia que tenga, lo siente, o lo intuye. En el momento en que las luces se apagan para finalizar el acto inicial, ya podemos asegurar, aun sin conocer lo que venga: estamos frente a un gran autor y una gran obra.

Por supuesto que no les contaremos a ustedes el argumento, que es de los llamados fuertes; como tampoco ha hecho en otras de sus obras mejores (pero ésta supera a todas las anteriores), hay algo de homosexo y de drogas con la que da un tinte de modernidad Olmos a su pieza, para que no vayamos a confundirle con un Ibsen o con un Strindberg (ya no mencionamos a Chéjov porque creemos que nuestro Carballido lo ha superado).

Los renglones que podríamos gastar en contarles a ustedes lo que pasa, y cómo un eclipse figura en la pieza y le da color, preferimos dedicarlos a recomendar a ustedes que vayan y vean por sí mismos cómo una parte del talento del autor, no la menos encomiable, está en ir desarrollando su rollo con progresivas sorpresas (y ésta es una de las enseñanzas que su asombroso dominio de la televisión le ha dado, para perfeccionarlo como autor teatral).

No digamos más de la estupenda obra, que ustedes no tardarán en correr a ver, ni de su magistral dirección, y dediquemos ahora siquiera sea unos renglones a las seis sensacionales actuaciones de los talentosísimos artistas que integran el reparto.

La única forma que se nos ocurre para comenzar a hablar de esos artistas es ponerlos en orden alfabético, pues ninguno está mejor que los otros o sería más exacto decir, si nuestro idioma lo permitiera, que cada uno de ellos está mejor que los demás. Ese orden nos lleva a una triple A; un reparto de cinco áes equivale a un hotel de cinco estrellas o a un restaurante de siete tenedores. Por coincidencia ese orden alfabético es el mismo de antigüedad, que es el que se sigue en el arte de toreo, y el de aparición en escena, que es el habitual en el teatro, por todos esos conceptos, pero por el de excelencia, en que hay empate universal, corresponde abrir marcha a Beatriz Aguirre, ya en un papel de abuela (apenas ayer por la tarde, es decir, en 1948, hacía en Bellas Artes la Julieta de Shakespeare, y la Titania del mismo bardo). Se dejó el pelo blanco, sin una gota de tizne, y eso la hace aparentar más años que los que realmente tiene; pero esos cabellos de lino la hacen guapísima; el papel le viene muy bien, diferente que como eran los de abuela en manos de Sara García, Prudencia Grifell, Mimí Derba, Ada Carrasco o Loló Navarro; una abuela jovial; al principio está un tanto coloquial y costumbrista; pero cuando le llega su momento, da el querido do de pecho. Poco exageramos, si lo hacemos, al decir que está mejor que nunca. Claro que mucho ayuda el tener un gran papel, estupendamente escrito, y un formidable director.

La segunda A, de Aragón, es la de Lilia; hace poco que la vimos comerse una obra de Hugo Argüelles (A, entre nuestros dramaturgos, parejo con la B, De Basurto y la C de Carballido), y poco antes en otra del mismo gran autor jarocho, que ya no recordamos si se llama El original de la salamandra, o El ritual del Papa. Ella también está formidable, y tal vez el suyo no es el papel en que puso el dramaturgo sus más agudos acentos. Y luego viene la A de Aura, Marta, que por un momento creíamos que se iba a comer a sus compañeras, tan bella es una de sus escenas; pero como todas van teniendo, se le emparejan las otras, y llegan a la meta todas juntas.

El alfabeto nos hace pasar de estas tres grandes damas a un caballero, el galán joven de la pieza, que se llama Armando Palomo; También tiene clasificación A, pero el nombre de pila. ¡Qué admirable revelación ese muchacho formidablemente en tipo, tan vigoroso en sus escenas capitales como todos sus alternantes en las suyas. Un papel que no olvidaremos los críticos a la hora de la repartición de premios. Después viene una chicuela, monísima ella, que a sus cortos años no se asusta de codearse con las fieras de las tablas a quienes ya hemos mencionado, se llama Betzabeth Sarai (tal vez le sobren algunas letras a su nombre, o le falten el cuadro de Rembrandt que retrató, sin paños, a ese personaje bíblico). Ella está encantadora, y para muchos espectadores constituye la más inesperada de las sorpresas. El azar del orden del directorio telefónico relega al último lugar, pero sólo esa casualidad, a Gastón Tuset, que ya nos era conocido de otras obras, pero que en ésta alcanza su propia cumbre. Desde Tiempo de campeones no habíamos visto un reparto tan parejo, aquellos eran cinco astros, y estos son seis, entre los cuales no hay a cuál ir; si hubiera que mencionar al que mejor está, lo más justo sería tirar un dado, para ver a cuál de ellos favorecía.

Una obra magistral y maravillosa, una dirección absolutamente impecable y perfecta, seis actuaciones colosales, ¿no serán bastantes para hacer llegar El eclipse, en el teatro del Granero, por lo menos a mil representaciones? Pero no se esperen ustedes a que pasen las primeras 900, y desde ahora vayan a deleitarse y a abrir la boca con una obra y una representación positivamente excepcionales.