FICHA TÉCNICA



Título obra La noche Oscar Wilde

Autoría Juan José Bertonasco

Dirección Guillermo Murray

Elenco Guillermo Murray

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La noche de Oscar Wilde de Juan José Bertonasco, actúa y dirige Guillermo Murray]”, en Siempre!, 30 mayo 1990.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de mayo de 1990

Columna Teatro

La noche de Oscar Wilde de Juan José Bertonasco, actúa y dirige Guillermo Murray

Rafael Solana

Guillermo Murray, el excelente actor argentino desde hace muchos años incorporado al teatro, el cine y la televisión mexicanos, a los que llegó con una breve escala en España, ha dejado ya de ser el galanazo que era en tiempos de La hermana San Suplicio y de muchas otras películas que todavía de vez en cuando nos encontramos en nuestras pantallas chicas. No parece entristecerlo, ni muchísimo menos apagarlo, el haber ido perdiendo, con el paso de media docena de sexenios, su juventud y su apostura; jamás intentó disimular ni retrasar las huellas que en su aspecto físico los decenios han ido trazando. Dejó a su cabellera blanquear, y al padre Tiempo hacer en su figura algunos otros estragos. Es evidente que, en cambio, su inteligencia se ha ido abrillantando, su experiencia se ha extendido a otros campos del arte interpretativo diferentes de la actuación (por ejemplo, la dirección, la promoción, y aun la escritura) y hoy se nos vuelve a presentar en un teatro (de lo que en realidad en ningún momento ha estado alejado: deja una obra para pasarse a otra) no ya como galancete, ni siquiera como galán maduro, sino en una actuación de primer actor absoluto, en la que hace alternar su vena cómica con la dramática, en la personificación de una figura real de la historia literaria de hace 100 años; sin duda un paso nuevo en su carrera, un adiós aparentemente definitivo a su juventud escénica y una entrada de lleno en trabajos de composición, de caracterización y de diversificación.

Tenemos que lamentar que los programas de mano que las señoras acomodadoras proporcionan al público concurrente al teatro Julio Prieto, en otros tiempos Xola, carezcan de información que habríamos podido considerar muy instructiva; por ejemplo, acerca del autor del monólogo La noche de Óscar Wilde. Contiene ese programa anuncios de bebidas, y otros muchos, y una página entera con síntesis del currículo de Murray, que era lo que menos nos importaba, pues todos lo conocemos perfectamente. Nos quedamos en cambio sin saber quién es Juan José Bertonasco, a quien se atribuye el monólogo. ¿Será un escritor argentino? ¡Sabemos tan poco acerca de ellos! Un renglón aclara que Bertonasco se basó en una idea de Carlos Muñoz; pero ocurre que tampoco tenemos la menor idea acerca de quién podrá ser Carlos Muñoz. En la hoja del programa en que aparece el reparto hay una lista de estrellas que quita el aliento: ¡ocho de primera fila! Se va uno de espaldas de imaginar el problema para repartir los camerinos a semejantes personalidades: lean ustedes estos nombres (el orden es el de aparición): Sergio Bustamante, Ofelia Guilmain, Aarón Hernán, Jacqueline Andere, Blanca Guerra, Eduardo Palomo, José Alonso y Rubén Rojo. Sólo que a ninguno de ellos veremos; nada más prestaron su nombre, y su voz, que grabada, escucharemos en algún breve momento. Todos los personajes (en realidad no más de media docena) los hará el mismo actor, sin siquiera cambiarse de ropa ni de peluca; ese actor (por eso el espectáculo se llama unipersonal, lo que crea una diferencia de matiz con monólogo) es Murray; de paso también director, y adaptador, y, vayan ustedes a entender en qué consiste eso, que no sea ni adaptación ni dirección: diseñador de la puesta (o postura) en escena.

Ya están ustedes formándose una idea de lo que será la función: un sólo actor en el escenario, y algunos personajes que le darán respuesta, o le harán preguntas, desde las sombras. Sólo que no se vayan con la finta por el título de la pieza: el nombre, en ella, de Oscar Wilde, hará pensar a muchos en una posible propaganda gay, una apología de la homosexualidad, que es la característica suya que más famoso ha hecho en el mundo, entre cierta clase de admiradores, a este enorme poeta, novelista, cuentista, crítico y autor dramático. Ya verán los que no se hayan formado este prejuicio qué equivocados están, no se oculta, ni se disimula, ni se soslaya, esta peculiaridad del inmenso artista; pero tampoco se la enfoca como la única, ni siquiera como la principal base de la supervivencia de su nombre y de la admiración que en el mundo, su valiosa obra sigue despertando. La plancha de quienes pudieran acudir al teatro pensando que van a ver joterías (pero en ese caso la pieza se habría estrenado en el Foro Shakespeare) queda amplísimamente compensada con los otros aspectos de la vida y la obra Wilde que son ofrecidos a los espectadores por el autor, que escogió para esmaltar su pieza todas las frases que, sacadas de las comedias o de otras obras de Wilde, han corrido el mundo y han ganado celebridad por sí mismas, como paradojas ingeniosísimas, como agudas críticas a la sociedad de su tiempo, como boutades (en mexicano, puntadas) con que matizó Wilde sus conversaciones personales y las de sus personajes. Casi no hay una de esas frases, archisabidísimas de hace 100 años en todo el mundo, que no aparezca más tarde o más temprano en los labios del intérprete. De modo que cada espectador tiene ocasión de probar su memoria al traer a ella la primera vez que encontró cada frase, en la lectura de los libros, en la representación de las comedias, o en el reverso de las hojas de los calendarios. La obra viene a ser, desde cierto punto de vista, una antología de frases de ingenio, o como ahora dicen en Televisa, con la palabreja que allí se ha puesto de moda, una crestomatía, que es lo mismo que un florilegio.

No cualquier actor habría podido hacer este personaje, porque no a cualquiera se le creería que el ingenio fuese suyo. Tiene que ir acompañada la frase ingeniosa de una cierta matización irónica, y hasta de un relámpago en los ojos que Murray sí sabe dar (personajes de este tipo hemos visto antes también hechos, a Juan José Gurrola y a Claudio Obregón; otros se quedan a mil leguas de hacer sentir lo que de ironía y aun de sátira hay en cada bocadillo, en cada frase) pero ya es hora de hacer notar que no solamente en decir inteligentemente deslumbrantes paradojas consiste el papel de Oscar Wilde tal como lo siente Murray (por cierto, absolutamente despojado de jotería alguna) sino también hay un reverso del personaje: el del final de la obra de la cárcel de Reading en adelante; Murray director se somete a sí mismo, actor, a una interpretación hondamente emotiva, dolorosa, tierna, con la que logra conmover a los espectadores; ya nada de carcajadas, ni de risitas de conejo; pasó ya el tiempo de las gracejadas y las burlas; el que queda en el escenario, desprovisto de su clavel y su frac verdes, es un personaje abatido por la calamidad, destrozado por el puritanismo, cruelmente deshecho por la incomprensión de sus contemporáneos. Hay personaje dramático como lo hubo antes de alta comedia, cuando con gracia suma interpretaba Murray el personaje de Lady Bracknell, la madre de la Gwendolyn de La importancia de llamarse Ernesto. El preso de Reading, el desterrado de París, ponen al público serio y lo acongojan, apretándolo a calentar y prolongar la ovación final que premia al gran artista, el actor, y también al genial escritor, el personaje, que tantas cosas bellas dijo, que todavía nos agradan y nos halagan, y que finalmente tan grave e injusto castigo pagó por su independencia su amor a la libertad y su genio.

Sin duda es La noche de Oscar Wilde(1) un hermoso espectáculo que ampliamente puede recomendarse a cualquier público; pero, con particular empeño, al inteligente, que sea capaz de apreciar todos los matices de una actuación espléndida.


Notas

1. Estrenada el 7 de mayo. Idem. p. 65.