FICHA TÉCNICA



Título obra El avaro

Autoría Molière, Jean-Baptiste Poquelin

Dirección José Solé

Elenco Virma González, Evita Muñoz, Luis Bayardo, René Azcoitia, Eduardo Borja

Grupos y compañías Compañia Nacional de Teatro

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El avaro de Molière, dirige José Solé]”, en Siempre!, 30 enero 1990.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de enero de 1990

Columna Teatro

El avaro de Molière, dirige José Solé

Rafael Solana

En una sala completamente a reventar, sin una sola butaca desocupada, al fin hemos visto, semanas después de su estreno, una obra que sigue yendo cada día a más, y que logra esos entradones en uno de los teatros considerados difíciles: el Tepeyac, muy alejado del centro de la ciudad (la marquesa de Sánchez de Tagle, hace un par de siglos, para ir de la ciudad de México a la Villa de Guadalupe se despedía con un sarao de su amistades, que le hacían encargos, y se hacía acompañar por un carruaje provisto de camas, colchones, almohadas, sábanas, frazadas, para pasar la primera noche del viaje en Peralvillo, a la mitad del camino). La conversión del amplísimo predio frente al teatro, es que antes estaba una planta de la empresa Ford, hectárea oscura y despoblada que hoy es un bien iluminado centro comercial, ayuda sin duda a la frecuentación del público y a la urbanización de la hasta hace poco periférica zona; pero la mayor parte del milagro del rescate de ese teatro del Instituto Mexicano del Seguro Social, que antes sólo se llenaba por las mañanas, con los espectáculos infantiles de Magdalena de Rivero, puede atribuirse a la estupenda calidad de la obra que hoy allí se ofrece, una de las mejores piezas de uno de los autores máximos que el teatro universal contiene: Molière, sólo igual a Shakespeare, a Lope, a Calderón, a Eurípides, en el catálogo de los mayores dramáticos del mundo. Agréguese al nombre de ese autor, y al de esa obra, el prestigio de uno de nuestros máximos directores, José Solé, y el triunfo de los principales intérpretes que en el reparto figuran, y quedará perfectamente explicado este enorme éxito a la vez artístico y de taquilla.

Estamos hablando de El avaro. En realidad (y esa es una de las causas de que pueda considerarse la de México como una de las tres o cuatro más grandes capitales teatrales del mundo) nunca pasa mucho tiempo sin que ese autor aparezca en la cartelera; unas veces las instituciones oficiales, otras las universidades, y algunas hasta la iniciativa, es decir, el teatro comercial, se ocupan de que al menos una vez al año el público tenga algún Shakespeare (ahora mismo contamos con Hamlet, otras veces tenemos Macbeth, o Ricardo II, o Romeo y Julieta, o El sueño de una noche de verano, etcétera; un clásico griego (puede ser Esquilo o Sófocles, o Aristófanes, y con mayor frecuencia Eurípides); algún clásico del Siglo de Oro español, a escoger entre Lope, Tirso y Calderón; y un francés del siglo del Rey Sol, que es más bien raro que sea Racine, y rarísimo que sea Corneille; normalmente es Molière, de quien la actual generación ha visto (el orden no es el cronológico) Las preciosas ridículas, El médico (en una ocasión fue médica: Chachita) a palos; Las travesuras del Scapin, El amor médico, Las mujeres sabias, El burgués gentilhombre (es la más repetida) y El avaro (también Tartufo, y algunas otras); El avaro se lo vimos no hace mucho a Ignacio López Tarso. Y miren ustedes que se necesita valor para encargarse de ese papel cuando todavía hay mucha gente que se acuerda de cómo lo hizo Nacho (Alfonso Arau y otros le sacaron al bulto).

Pepe Solé, que antes que director fue actor y escenógrafo, se formó una concepción propia de la bellísima comedia molieresca: la ha convertido en farsa; no en disparate, no en pachanga, sino solamente ha acentuado la comicidad con recursos legítimos, y ha abaletado [sic] los movimientos; pero la mayor de sus audacias fue llamar a su reparto a artistas que, aun estando ya desde antes reconocidos como buenísimos, en otros géneros, nadie había tenido la idea de imaginar en la comedia que podríamos llamar culta, o, con mayor precisión, clásica. Esos tres artistas, inimaginados (pero ya vemos que no inimaginables) en teatro de suprema calidad, han sido: Rafael Inclán, apenas el año pasado premiado por una formidable actuación sui generis en algo tan polarmente distante como Los pepenadores; Carlos Ignacio, gran triunfador de Los lunes salchichas y de otras obras por el estilo en los teatros del señor Varela; y Tito Vasconcelos, a quien no recordábamos haber visto salirse de papeles travestidos en el frecuentemente morboso Foro Shakespeare (allí le vimos una encarnación de una especie de Joan Crawford sensacional), y a quien puso Solé un par de tremendos retorcidos bigotes para hacerlo un cocinero simpatiquísimo.

Una vez más como en Hamlet, El avaro ejemplifica el que consideramos el orden natural de los valores del teatro: el autor primero que nadie (y miren ustedes quiénes en estos dos casos: Shakespeare y Molière, los más grandes de las lenguas inglesa y francesa respectivamente); el director, inmediatamente después, si se le considera un colaborador inteligente y comprensivo del autor, a quien puede acentuar, iluminar, acercar al público; pero nunca destruir ni negar, ni pretender matarle el gallo; y los intérpretes, sobre todo el principal de ellos, cuyo nombre (o apodo) puede dar título a la obra; pueden ser dos, o tres, y alguna vez han sido hasta cinco; este orden se sigue también en algo que es parecido al teatro; la ópera: autor (de la música), director (musical) y luego el tenor, la soprano, en ocasiones, el barítono, la mezzo o el bajo.

En El avaro; uno: Molière; dos: Solé; tres: Inclán, y después Carlos Ignacio, Vasconcelos, Mónica Serna (que ha entrado a sustituir a Margarita Isabel); el experimentado Ricardo Fuentes, y muchos artistas jóvenes y nuevos, que nada dejan que desear como complementos del bien cubierto reparto.

De Molière, qué vamos a decir (algo hemos dicho ya en los prólogos de las ediciones a muchas de sus comedias); nada mal estuvo el inteligente profesor de escuela que hizo una especie de proemio (su nombre no fue dado a conocer) la noche de la función a la que asistimos; introducción que nos pareció tan oportuna y atinada que nada desaconsejable sería que se hiciese en todas las funciones, para beneficio de los espectadores que saben poco y para refresco de la memoria de los que algo saben.

De Solé tampoco tenemos nada que agregar a lo que en su alabanza venimos diciendo hace 40 años, desde que le conocimos como actor en La hora soñada y en El círculo cuadrado hasta que por muchos años desempeñó la jefatura del Departamento de Teatro del Instituto Nacional de Bellas Artes, y capitaneó la inolvidable temporada de la reanudación de la jamás igualada Compañía Nacional de Teatro; o cuando, trabajos tan por completo distintos del que ahora hace, nos presentó en una sola tirada de varias horas La orestiada; o cuando puso el único Racine que en español hayamos visto en nuestra vida. Para completar todos los colores del iris, ahora este mismo Solé que magistralmente dirigió tragedia, pone farsa, sin chabacanería ni pitorreo, tal vez retocando un poco la versión de Miguel Sabido, inteligente como todo lo suyo, pero que nos parece hoy más salpimentada que cuando la vimos por primera vez; habría quien comente que por momentos la dirección de Solé se aproxima al albur, oral o gráfico, lo que resulta muy explicable en quien ha pasado con gran éxito por los teatros varelianos; pero esta vez de manera tan ligera, tan sutil, tan sin chamuscarse, que entiende el que quiere, y los niños de escuela que son llevados a estas funciones pueden pasar esas alusiones como no vistas ni oídas, entre líneas. En materia de movilidad escénica tal vez hasta exagera un poco, pues lleva el director su horror por el estatuismo (tan frecuentemente en recitadores y en cantantes) un poco hasta el abuso ya que es muy poco el tiempo que pasan los artistas parados en sus dos pies o sentados en sus dos nalgas, y en cambio revolotean casi siempre (sobre todo Carlos Ignacio); no recordamos si ya en la versión anterior había puesto Sabido estos simpáticos criados que van apostillando la comedia con sus humorísticas intervenciones.

Otra cosa que Solé puede demostrar en esta dirección es que no se necesita gastar una millonada ni en vestuario(1) ni en mobiliario ni en decorados(2); en vez de sedas bordadas y recamadas usó artiselas estampadas y un fondo fijo, más unas pocas sillas que hábilmente movidas alcanzan a sugerir a la imaginación de los espectadores despiertos los necesarios cambios de ambiente.

Solé barajó los personajes francamente de farsa, que son principalmente los criados, incluidos un valet y el ya mencionado cocinero, con los de comedia, los principales de los cuales son el titular de la obra, el fingido intendente, el barba que como padre aparece en el momento de la final triple anagnórisis, y las damas, que son tres, y que jamás pierden ni su elegancia ni su belleza en aras de una comicidad que, sin embargo de su mesura, logran.

Si no fueran los nombres ilustres de Molière y de Solé suficientes para acreditar la buena calidad (y, por lo visto, la buena taquilla) del soberbio espectáculo, bastaría la actuación de Rafael Inclán para justificar el que se considerase este Avaro entre las sorpresas más agradables y los actos más dignos de verse y de ovacionarse con que en estas fechas se enriquecen la cartelera teatral de la ciudad de México. A nosotros nos pareció, desde el primer momento, un acto de valor el que un actor que se colocó a la cabeza de todos sus compañeros en un género, lo dejara para probarse en otro sin estar seguro de cómo podría irle. Es como si un enorme pianista de pronto decidiera presentarse también como violinista; o (esto es algo más aproximadamente) como si un boxeador campeón mundial de peso mosca, decidiera subir al ring también como peso welter. Y acabara por ceñirse las dos coronas.

Ya teníamos un antecedente en Evita Muñoz, que tras de muchas comedias tan gruesas como ella misma se probó también en Molière (en El médico a la fuerza); pero ella conservó, dirigida por Hugo Macías, no pocos de los resabios de su personalidad más popular, y no fue un éxito completo; Inclán, por el tono de sus trabajos anteriores, parecía más lejos todavía de su nueva empresa; hagan ustedes de cuenta que les anuncian la Novena Sinfonía de Beethoven con la Sonora Santanera; el solo anuncio ya les causará sorpresa; pero la que los provocaría ver y oír que eso resultaba un éxito, eso los tiraría de espaldas. Y Rafael Inclán está en el papel de Harpagón no como para que se diga que salió honorablemente de un trance difícil, sino para que se pueda afirmar que está eminente, que al propio López Tarso, que es el último gran artista quien vimos el papel, no lo echamos de menos, ya que hemos descubierto en Inclán a un artista serio, formal, estudioso, obediente (“Clavillazo” cuando hizo una pastorela de Fernández de Lizardi ni siquiera se aprendió el papel ni obedeció instrucciones, sino hizo sus mismas patochadas de siempre); no deja transparentar Rafael el género del que ha nacido, y en el que ha respirado, que es el que ha practicado siempre toda su familia, o casi toda y casi siempre. Es a la vez otro, más fino, más trascendente, y al conservar su simpatía y su salero, sigue siendo el mismo, pues llena de gracia y de encanto personal todos sus gestos y todos sus bocadillos. Ese don, que no es hijo de aplicación ni de estudio, sino con el que se nace, de caer bien, de caer en gracia, lo pone ahora Inclán no en personajes solamente pintorescos o que son caricaturas acertadas de la realidad como en obras anteriores, de la señora Cos, sino en un modelo clásico, en un prototipo, en un personaje universal; Molière mismo, que es director y actor, además de intérprete de sus comedias, habría estado encantado de encontrar un artista que con tal encanto se posesionara de su personaje, y mucho habría aprendido de este actor para cuando él mismo interpretara este papel. ¡Cómo nos gustaría alguna vez volver a ver a Inclán en Molière, en Tartufo, en El enfermo imaginario, en el señor Jourdain de El ricachón en la corte!

Y no está solo Inclán; tiene un eficacísimo compañero en Carlos Ignacio, el simpatiquísimo galán cómico de quien el colega crítico de La Afición dice que “Es un dulce”; ya lo habíamos saboreado en otras comedias (principalmente en Los lunes salchichas, el mayor de todos sus éxitos); es el artista en quien más recargó la mano Solé al poner la obra en tono de farsa; pero es el que más gracia hace de todos; se le ríe todos sus bocadillos, y se le aplauden a telón abierto algunas escenas, sean o no mutis. Es muy ágil y dueño de una gran simpatía personal, que transmite a los espectadores.

En el papel de la casamentera, versión dulcificada de Celestina y de Brígida, tuvo Solé el acierto de poner no a una bruja, ni siquiera a una vieja, sino a una mujer joven, elegante y bella. Nos tocó ver a Mónica Serna (antes hizo este personaje Margarita Isabel) que ya no es nueva para nosotros, ni para Solé, y que está desenvuelta y fresca. Las otras dos chicas en el reparto (en esta obra de Molière no hay, como algunas otras, criadas) son lindas y monísimas, aunque todavía se las ve un poco verdes) o bien sus papeles están menos subrayados, destacan menos); se llaman Patricia Pereyra y Cecilia Tijerina; dejan muchas ganas de volver a verlas. De Tito Vasconcelos ya hemos hablado; es un maestro, un lobo de las tablas, en toda clase de papeles; impone su personalidad y su autoridad escénica, y abrillanta mucho su personaje. Ricardo Fuentes, que ha sido antaño un inolvidable portero en Macbeth, y un Juglarón excelente, da el requerido pero a su breve personaje con pocas escenas, pero muy decisiva en el desnudamiento de la trama de la comedia. Juan Carlos Barreto y Sergio Cassani están también excelentes. Y sin falta todos los demás.

El Avaro es un espectáculo teatral de calidad suprema, y mucho ha de sonar a la hora en que los premios teatrales del año se repartan.


Notas

1. Diseñado por Roberto Cirou. Arturo Díaz y Francisca Miranda. Teatro en México 1990-1991. Bianuario. México, INBA, 1993, p. 21
2. Idem.