FICHA TÉCNICA



Título obra Hamlet

Autoría William Shakespeare

Notas de autoría Rosenda Monteros / adaptación

Elenco Claudio Obregón, Olivia Obregón, Alejandro Ávila, Jorge Camarena, Armando Palomo, Margarita Isabel, Roberto Ballesteros

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Hamlet de Shakespeare, en adaptación de Rosenda Monteros con seis directores]”, en Siempre!, 24 enero 1990.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   24 de enero de 1990

Columna Teatro

Hamlet de Shakespeare, en adaptación de Rosenda Monteros con seis directores

Rafael Solana

La palabra ambición, como muchísimas otras de nuestro idioma, tiene dos vertientes; es decir: según la oportunidad de su uso, y con dependencia también de su medida, puede significar algo bueno o algo malo. Excesiva, inoportuna, puede ser tan nefasta que casi se la pueda llamar el octavo de los pecados capitales, pariente de la codicia, de la envidia, del orgullo, de la soberbia; también estas palabras pueden referirse a algo recomendable o encomiable, las primeras de ellas en el código moral del comercio; del orgullo también se habla a veces como de algo que se debe tener, y es un gran elogio decir de alguien que es el orgullo de su familia, de su generación, de su pueblo o de su gremio. Otras palabras que ejemplifican esta duplicidad de sentidos, según el momento o la dosis, son, y quizá esos serían los modelos más obvios, el calor y el frío, a veces aborrecibles, y otras envidiables; que en medida prudente consuelan, y en cantidad excedida matan, achicharran o congelan.

Rosenda Monteros es una ambiciosa; pero no le aplicamos ese adjetivo con la nota peyorativa con que de alguien decimos que es avaro, o que es pedante, o que es envidioso, sino con el elogio y la aprobación que echamos de menos cuando de un hombre mediocre, apático o conformista decimos despreciativamente: “es que carece de ambiciones”. De eso no carece esa actriz, sino las rezuma, nada en ellas, en ellas se sumerge y con esas alas vuela. Ya en el pasado Rosenda ha cometido, y coronado con el mayor de los éxitos, otras empresas ambiciosas; una de ellas fue el montaje de La carroza del Santísimo, del autor francés del siglo romántico Próspero Merimée; claro que a veces también ha descendido a hacer teatro comercial de escasa altura, como cuando aceptó el papel de Satín en una gruesa versión, para público corriente de la Naná de Emilio Zolá, que más bien contó como gol en su contra.

Pero nunca Rosenda Monteros se había mostrado tan ambiciosa, ni tan conquistadora de un triunfo impresionante, como ahora. Se le metió en la cabeza imitar a Sarah Bernhardt (¡nada menos!) que fue la primera gran actriz que ideó interpretar el papel titular, que es masculino en la obra teatral mayor de todos los tiempos: Hamlet, de William Shakespeare; pero no se limitó su ambición a hacer el papel (ya no ha de haber en el mundo entero nadie que haya visto a la divina Sarah haciéndolo), sino llevó su ensueño a mucho más: a ofrecer de esa reina de todas las obras teatrales una versión moderna, aligerada y sumamente teatral de una pieza que el público culto tiene, más que conocida, memorizada, y que aun a los más iletrados ha trascendido, en películas, en la ópera y hasta en una comedia musical, que no hizo fortuna. Comenzó Rosenda por prescindir de las traducciones más difundidas, desde la clásica de don Leandro Fernández de Moratín hasta la de Luis Astrana Marín, que es la más manida; encargó una nueva, en verso, casi siempre en bien acentuados y muy musicales endecasílabos blancos, a Joaquín Gutiérrez (cuando, el año próximo, haya que pensar en alguien para el premio de traducción, no podemos olvidar este nombre); y, segundo paso audaz y revolucionario: no buscó un gran director, un Pepe Solé, un Xavier Rojas, un José Luis Ibáñez o un Montoro, sino ... ¡seis! Cuando esta noticia se supo nadie pudo imaginar cómo iba a funcionar este sexvirato; parecía que se iban a estar unos a otros arrebatando la atención de los actores en los ensayos, y que cada director llamaría aparte a cada actor y en un rincón del escenario le diría en voz baja: “No hagas lo que te dijo mi colega, sino esto otro”. Ya frente a la obra realizada, nos explicamos esta sextuplicidad: cada director tuvo su terreno propio: sin duda Guillermina Bravo les puso los movimientos ritmados, abaletados, en una especie de coreografía dramática y no dancística; quizá Margit Frenk se ocupó de hacerles decir con infalible corrección los versos y de vigilar el religioso respeto al texto; tal vez Marta Luna los entonó, les marcó los énfasis y el diapasón de los bocadillos, y los desplazó sobre la tarima, siempre al compás que Guillermina aconsejara; y muy probablemente Kleomenes Stamatiades se ocupó de diseñar y hacer ejecutar el vestuario de la decoración que es muy escueta y única para toda la obra, y de iluminarla, con sabiduría. Con este título de directores suplen estos expertos y hacen superflua la mención de coreógrafa, de escenógrafo; tal vez Óscar Pérez Soto y Antonio Russek, los directores que completan la media docena, se encargaron de la musicalización, de los efectos de la niebla... vaya usted a saber. El caso ha sido que en vez de resultar negativa la intervención de muchos cocineros como habría podido temerse, en la confección de esta sopa, la han sacado capitosa y suculenta.

No se detuvo en estos límites la Monteros en cuanto a la formulación del programa de mano (en el teatro Hidalgo no hay marquesina, por prohibición expresa del INAH), sino que incurrió en otro extraño alarde: suprimió su propio nombre en el reparto; no aparece ni como productora, ni como creadora de la idea, ni siquiera como actriz; apenas en el penúltimo renglón de un prologal texto de Sergio Fernández se puede leer ese nombre. Tal vez quiso Rosenda, con esta estudiadísima y super orgullosa modestia defenderse de la acusación de haber montado esta obra solamente para sus personales lucimiento y prestigio. Hamlet, de Rosenda Monteros (aquí sí le damos su lugar, que ella con fingida humildad omitió tomar, en los programas, atribuyendo la empresa a un par de asociaciones civiles cuyos nombres nada nos dicen) viene a demostrar, palmariamente, el verdadero orden que en el teatro tienen quienes lo producen y crean: primero, antes que nada ni nadie, el autor; claro que esta vez se trata del más grande que han conocido los siglos; pero hasta el propio Shakespeare más de una vez ha sido relegado, pretendidamente, a un segundo lugar, cuando se ha cedido el primero a algún adaptador, como León Felipe, o a algún director pedante a algún actor (en Nueva York vimos alguna vez un Hamlet cuyo atractivo principal era el actor Richard Burton en el papel del príncipe, y el segundo el de sir John Gielgud en el del fantasma. Por supuesto hemos olvidado al director de esa representación como a los de nueve de cada 10 obras que hayamos visto en los teatros del mundo a lo largo de nuestra vida; recordamos, en cambio, a muchos de los autores y a muchísimos de los actores). La actriz principal, en este caso la “modesta” Rosenda Monteros, que no deja ver su nombre en el programa, es lo que sigue en importancia al escritor. Los directores, ya vimos que solamente un gajo de seis se come cada uno, y puede ser que así esté bien (cuántos directores vemos que presumen mucho de un éxito, y resulta que una parte de él corresponde al escenógrafo, o al diseñador del vestuario o al iluminador); tras de Rosenda viene, éstos sí nombrados en el programa, otros tres artistas famosos, y después una veintena de otros menos conocidos, recién salidos de las aulas, pero que saben decir el texto y ajustarse a sus más o menos secundarios personajes.

Los tres conocidos, que sirven de columnas en que Rosenda se apoya para su solo, son Adriana Roel, Óscar Narváez y Miguel Gómez Checa; los otros son como atrilistas, violinistas o flautistas de la orquesta que pone fondo a la actuación de la solista.

Adriana es una verdadera estrella. No una sino ya varias veces ha sido premiada por la crítica como la mejor actriz del año; es un verdadero (y no subrayado) acto de modestia y de amor al teatro el suyo al aceptar un papel que no es el titular ni el principal de una obra; pero es una parte bellísima, y que basta para el lucimiento de una gran actriz, ésta de la reina Gertrudis, con una escena que basta para hacer resplandecientemente brillar a quien sepa acometerla con dramatismo, con profundidad y con maestría.

Óscar Narváez hace el papel del nuevo rey, Claudio; y pone en su trabajo sensibilidad, prestancia; suele hacerse este papel sin gallardía, mostrando únicamente su lado odioso, y hasta en lo físico presentándolo como un personaje desagradable. Es la de Narváez una actuación excelente.

En cuanto a Gómez Checa, verdaderamente de cátedra; le ha tocado poner en el papel de Polonio, que muchas veces hemos visto como un anciano atolondrado y ridículo, las únicas notas de buen humor y de gracia que la tragedia contiene y esta dimensión la sabe dar Miguel con una ponderación admirable; siempre esperamos de este buen actor algo convincente; pero esta vez nos ha dado mucho más de lo que esperábamos. Recomendamos esta parte como una de las mejor hechas de la obra.

Siempre pregunta la gente por Ofelia, pues una viejísima tradición teatral (y cinematográfica) exige que se formen parejas “El muchacho y la muchacha”, en las películas Romeo y Julieta, Antonio y Cleopatra, dentro del mismo Shakespeare; en realidad el gran papel femenino en Hamlet es el de Gertrudis; Ofelia esta vez, interpretada por Estela, una de las jóvenes hijas de don Guillermo Serret, es uno de los personajes complementarios, pues no se trata de un drama de amor, sino de algo bien diferente. Por sus voces, pues casi todos están escondidos detrás de tremendísimas barbas, reconocemos a viejos lobos del teatro, como Luis de León, Rubén Calderón, Daniel Salazar, que en esta ocasión no obtienen un personal lucimiento de significación; los demás son actores egresados del Centro de Educación Artística Televisa San Ángel. Cumplen; pero en ninguno de ellos nos fijamos particularmente.

Cumpliendo con los que parecen ser sus deseos, ya nos estábamos dejando en el tintero a la actriz que interpreta al príncipe de Dinamarca, que aparece al centro del escenario y con spot personal desde que el telón se levanta. Tal vez como actuación no sea el de Rosenda Monteros el mejor Hamlet que hayamos visto en nuestra vida (unos 15 o 20); no podemos comparar a Rosenda con Sarah Bernhardt, a quien nunca vimos; pero sí con Burton, y con sir Lawrence Oliver, a quien sólo conocíamos en la pantalla cinematográfica; para matizar su papel, desde el monólogo, que ahora inicia la obra como en las óperas el tema principal suele utilizarse desde la obertura, Rosenda pulsa todas las intensidades de su voz: el forte en la grave escena con su madre; el piano, y aún el pianísimo, en sus reflexiones (lo que hace que alguna vez se le pierdan algunas palabras, en una sala tan vasta como la del Hidalgo); el papel de Hamlet no requiere indispensablemente, ya lo ven ustedes, ni siquiera del sexo masculino; tampoco, indispensablemente, de juventud (Burton, cuando se lo vimos en Broadway, era ya un bodoque); tampoco de belleza (rara vez la tienen los varones que son quienes más generalmente hacen este personaje); Rosenda, maquillada y pelada como hombre (no era necesario, pues los personajes teatrales de época suelen usar melena, como la de Cristóbal Colón) a veces se ve guapísima, y otras no tanto; pero sí requiere, y eso no puede excusarse, inteligencia. Y la Monteros sin duda es una de las actrices más inteligentes que hay en toda la ANDA. Su voz tiene un hermoso color, aunque no mucho volumen y no choca, puesto que no es atiplada, en un papel viril; pero sólo una actriz inteligente puede decir, y que el público las crea, algunas de las frases más bellas de toda la obra shakesperiana, y de todo el teatro universal (además, perfectamente retenidas en la memoria de quienes ya las hemos oído muchas veces). Echamos de menos una hermosa escena, que en esta versión ha sido suprimida: la de Hamlet y Polonio comentando las apariencias que toman las nubes; en esa escena se habrían lucido Rosenda y Gómez Checa, pues ambos le habrían sabido dar el matiz de ironía, de burla, y la intensidad filosófica, sólo por Calderón de la Barca igualada en todo el teatro del mundo. No llega Rosenda a estar imponente, ni siquiera en su cruel escena con Ofelia; ni terrible; pero sí inteligente; y a ese punto no siempre han llegado los muchos actores que a través de nuestra vida hemos visto en este personaje.

El Hamlet de la Monteros es un espectáculo de calidad levantadísima, indudablemente el mejor que en los actuales momentos puede verse en la ciudad de México.