FICHA TÉCNICA



Título obra Señor Butterfly

Autoría David H. Hwang

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Sergio Klainer, Fernando López Arriaga, Sebastián, Jesús Arriaga, Cabriel Labastida, Miguel Ángel de la Cueva

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Señor Butterfly de David H. Hwang, dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 29 noviembre 1989.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   29 de noviembre de 1989

Columna Teatro

Señor Butterfly de David H. Hwang, dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

En un principio somos enemigos de la generalizadísima práctica de mantener los ojos vueltos hacia Broadway para intentar cualquier acción teatral; en cuanto una persona se siente inclinada a la producción de un espectáculo, porque la fascinación del mundo de las candilejas es tan grande que para muchos resulta irresistible, el primer paso que se siente obligada a dar, tan pronto como se ve en posesión de 500 millones de pesos, o algo más o poco menos, es llamar por teléfono a su agencia de viajes y hacer una reservación o varias en un avión que vaya a Nueva York. Si está muy boyante, invita a David Antón a que la acompañe: llegan a la Urbe de Hierro, se acomodan en un buen hotel (Manolo Fábregas puso de moda el St. Regis) y desde el día siguiente recorre los teatros más caros (para lo cual paga en la reventa precios tremendos) y abre tamaña boca ante Cats, o ante Los miserables, hasta que se entera de que esas obras ya las compró otro empresario mexicano. Sigue buscando, acaba por dar con algo que le parece que en México tiene que hacer sensación, puesto que en Nueva York ha gustado (silogismo que no siempre prueba su exactitud). Acude a una agencia, paga un montón de dólares de anticipo, y regresa a su tierra a buscar un teatro en qué montar el espectáculo que los deslumbró en la Gran Vía Blanca.

A veces estos sacadólares se tiran formidable plancha, y no pega aquí lo que a los neoyorquinos les gustó (o se tragaran porque así lo ordenó la prensa de allá). Pero otras sí vale la pena el espectáculo que compran. Si El navegante soñador, por ejemplo, fue un chasco y perdió el señor Sada, con su inexperiencia, cuanto puso en él, en cambio nos parece que los señores Becker, Lasky y Orozco, productores de Señor Butterfly, van a recuperar lo invertido pues han sabido hacer las cosas. Contado el argumento por quienes vieron en Nueva York la pieza (el primero de muchos espectadores que nos lo contaron fue Xavier Rojas) no se le auguraba mucho porvenir, cuando vimos en las marquesinas del teatro Silvia Pinal (uno de sus teatros, pues ya tiene dos, como Manolo) que M. Butterfly había sido traducido como Señor Butterfly, nos pareció que se estaba vendiendo la trama; y cuando supimos que el actor escogido para encarnar a una actriz era Humberto Zurita nada bueno pudimos esperar del negocio. Si hubiera sido Jorge Carrillo (que ya murió) o Francis, que es un actor formidable, le habríamos visto pies y cabeza al asunto; pero Zurita durmiendo 20 años con un señor que lo sigue creyendo una guapa hembra... como que no nos parecía digerible. Lo menos que pensábamos era que ese actor tan varonil, y de sex appeal masculino, tendría que volver a rasurarse en cada entreacto. Llegamos a la fecha de la función de prensa llenos de dudas, con una escepticismo invencible.

Lo primero que nos tiró de espaldas fue la escenografía, no sabemos si concebida, imaginada, o solamente construida sobre algún modelo americano, por David Antón; en todo caso, es a él a quien tenemos que aplaudir; es muy original y muy bella. Luego escuchamos que no se pretendía equivocar al público haciendo pasar por actriz a un actor, para dar una sorpresa en el segundo acto, sino desde el principio se informaba (y está en los programas) que el papel de la linda Son Liling (linda sólo hasta cierto punto, por arte del maquillaje, del vestuario que es de Graciela Castillo y del enorme talento del artista, que nos hace creer lo que él quiere, como la inmensa María Tereza Montoya una vez nos hizo creer que era Virginia Fábregas, o doña Virginia que era una chica estudiante, en una obra de Benavente, o Emma Teresa Armendáriz que era Marilyn Monroe, o Manolo Fábregas que es cantante; o Héctor Bonilla que es cirquero, o Sergio Klainer que era un moribundo) lo hacía un actor; como cuando Claudio Obregón hizo el de la reina Isabel, o Arturo Beristáin el de Clitemnestra; la sorpresa del destravestimiento quedó anulada, y no por ello perdió nada la pieza, que no era en ese susto en lo que fincaba su teatralidad, como pasa con Despedida de soltero, del licenciado Anaya; con una nota de periódico, es decir, con un hecho real, un autor habilísimo, David H. Hwang, ha hecho una pieza escrita con astucia, y admirablemente traducida por Marilyn Ichazo, que uno se va tragando, sin repeler sus inverosimilitudes. Escenografía, maquillaje, vestuario, obra, traducción... y ya vamos sumando puntos buenos, para llegar a un resultado final extraordinario.

Lo que mayor asombro causa en los espectadores es la actuación del señor Zurita, quien, sin tener ni remotamente cara ni ademanes de mujer (ya dijimos que habría sido posible encontrar quien sí los tuviera) se mete en un papel absolutamente a contrapelo con su personalidad, y a base de un estudio heroico, bajo la inteligente vigilancia del director José Luis Ibáñez (con el asesoramiento coreográfico de Cecilia Lugo) va modelando su personaje hasta hacernos creérselo. Si no tuviéramos al antecedente, este mismo año (caso de que esa fecha sea cierta) de una actuación enorme de Claudio Obregón en el papel de Augusto Strinbderg (en La noche de las tribadas) opinaríamos que tiene ya en la bolsa Zurita el premio a la mejor actuación masculina del año... con lo que volverá a darse el caso, que ya con Obregón un día se dio, de que fuera de mujer el personaje en que más brilló un varón.

Zurita está admirable en su creación, que incluye bailes (los un tanto acrobáticos propios de la ópera china) y hasta un poquito de canto (y aquí una mención de la talentosa utilización de la música de Puccini, a cargo esta musicalización de Jorge Neri). La idea es seguramente que tanto como Zurita brille, en el otro papel protagónico, Héctor Bonilla, que por supuesto está muy bien, como que es uno de los mejores actores de nuestro teatro, lo que ya demostró cuando al lado de López Tarso hizo El vestidor, y, solo, Barnum, y, sobre todo, ¿Mi vida es mi vida? Pero a nosotros no nos llenó por completo Héctor, que no nos pareció que llegara a hacernos creer que era un diplomático francés, iluso como un “don Quijote”, que no reconoce la realidad más palpable (pero él no la palpa) sino se encierra en el mundo de su fantasía. Esta superioridad de Zurita sobre Bonilla se advierte en el escenario; pero no en la marquesina ni en los programas de mano, donde es Héctor y no Humberto quien lleva el primer crédito.

La obra viene a ser en realidad un mano a mano de esos dos grandes actores, aunque hay otros personajes, algunos de los cuales son doblados; Luis Couturier hace los más destacados de entre esos papeles secundarios, y está muy bien en el principal de ellos (va a ser el artista que más noches haya trabajado en el escenario del Silvia Pinal desde su estreno); Luisa Huertas, que tan bien estaba en El día que me quieras, ahora exagera un poco en uno de sus papeles, el de la camarada Chin, y nos atrevemos a suponer que le sabrá mal ridiculizar a una ferviente comunista; Teresa Ulloa tiene a su cargo el atractivo, para una parte del público, de quedarse en cueros (Zurita también lo hace; pero no nos enseña nada que no le hubiéramos visto en Posdata: tu gato ha muerto); Liza Willer saca su desabrido papel de esposa; y Víctor Vera tiene varios personajes, y no los hace nada mal; pero nos pareció que carece de una personalidad acusada.

A pesar de que llegamos al Pinal con todas las reservas del mundo, al final de la representación sumamos nuestro aplauso al muy entusiasta del resto del público, pues, para resumir, se trata de una cuidada y solvente producción; de una obra inteligente, bien escrita y excelentemente traducida; de una decoración bellísima; de una ropa, un maquillaje, una iluminación y una musicalización magníficos, de una dirección impecable. Ahora podemos augurar al “Pollo” Jiménez (productor ejecutivo) un gran éxito, en el que no creíamos antes de ver la obra.