FICHA TÉCNICA



Título obra Los enemigos

Autoría Sergio Magaña

Dirección Lorena Maza

Elenco Farnessio Bernal, Mario García,Luis Gimeno, Guillermo Zarur, Rolando de Castro, Angelina Pelaez

Escenografía Alejandro Luna

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los enemigos de Sergio Magaña, dirige Lorena Maza]”, en Siempre!, 25 octubre 1989.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de octubre de 1989

Columna Teatro

Los enemigos de Sergio Magaña, dirige Lorena Maza

Rafael Solana

Nada más justo ni más necesario (hasta podríamos decir urgente) que rendir algún homenaje oficial a Sergio Magaña, uno de nuestros tres o cuatro máximos dramaturgos vivientes, y autor de por lo menos tres obras dignas de pasar a la historia entre las mejores que se han escrito en nuestro idioma en los últimos 50 años. Tomó esa responsabilidad quien mayor obligación tenía de ello, y más amplios recursos para hacerlo con altura y dignidad: la Compañía Nacional de Teatro, constantemente renovada, pero que conserva algún ilustre vestigio de su inicial conformación. La forma adecuada para un homenaje (ahora se dice reconocimiento) a un dramaturgo es el montaje de alguna de sus palabras. Surgió primero una duda: ¿se resucitaría alguna de las pasadas, entre las cuales hemos mencionado que hay tres verdaderamente gloriosas, o se buscaría hacer el estreno de una nueva? Desde luego, nos parece, y esperamos que lo parezca a todos, mejor idea es la de estrenar algo. Pero ¿tendría Sergio, en un cajón, alguna obra digna de ocupar el lugar que ya tiene sus espléndidos Signos del zodiaco, su formidable Moctezuma II, o su muy bella Los motivos del lobo? Se nos puso el pelo de punta cuando oímos decir que tal vez se escogiera La última diana, obra que la ciudad de México todavía no conoce, y que nosotros vimos en Monterrey, donde fue estrenada con propósito de honrar al autor, y resultó contraproducente, pues más lo desprestigió que lo exaltó, al ser no una de sus piezas menos buenas, sino, con toda franqueza, mala y desagradable.

Pero se tuvo la fortuna de conseguir otra obra de Magaña, de la cuerda, aproximadamente, de Los argonautas, y con el único defecto de ser muy breve. Esta tara resultaba para la Compañía Nacional relativamente fácil de subsanar, por el procedimiento de la inflación, bombeándole producción, por costosa que fuese, hasta darle proporciones normales. No es tan vigorosa como Los signos, que fue un deslumbramiento, y que dejó descendencia (Una pura y dos con sal, de Antonio González Caballero; La Atlántida, de Oscar Villegas y en cierta medida Malditos, de Wilberto Cantón, y Las alas del pez, de Fernando Sánchez Mayans); tampoco tiene la grandeza épica de Moctezuma, al decir del autor, “la única tragedia mexicana”, que es una página de nuestra historia admirablemente dramatizada y que contiene una filosofía profunda; ni tiene la perfección formal ni la intensa emoción de Los motivos, que es una pieza redonda y cuajadísima; pero nos ha parecido mejor que Los argonautas, que Santísima, y que otras obras buenas del escritor michoacano; para no mencionar algunas, como la ya citada La última diana, o Rentas congeladas, que nos parecen claramente inferiores a su genio.

Lo mismo que tuvo de bueno el homenaje, tan suntuoso, lo tuvo de malo; es una representación tan cuidada, tan costosa, tan brillante, que bien pudo preverse que por lo menos una parte del público saldría diciendo, no “qué buena obra”, sino “qué bella iluminación”, o “cuántas plumas”; se dejó a la escenografía apachurrar un poco el texto, lo que no es el ideal de un comediógrafo; y la dirección, encomendada a una joven nueva para nosotros, resultó tavirianamente robadora de cámara. El texto, si bien breve, es muy hermoso; pero tal vez vayan a ser pocos los espectadores que se dejen impresionar principalmente por él, sino concedan a los otros elementos la primacía en el espectáculo.

Si ésta es la despedida de Magaña como autor, lo que bien puede temerse lo mismo de su poca inclinación al trabajo que de su no muy floreciente estado de salud, es una despedida sumamente digna y honrosa; pero en la que otras personas se aprovecharon de la ocasión para dejarse ver más que el autor mismo, aunque se tratara, sólo en la intención, de un homenaje a él. Se ha despedido Sergio con un fuerte aplauso para él... Y con clamorosas ovaciones para la compañía. Vamos a poner un ejemplo muy útil para caracterizar la situación: ¿Qué pensaría María Félix (la de los tiempos de su famosa belleza) si alguien le dijera: ¡qué bonitos zapatos traes!, o ¡qué peinado tan hermoso te hicieron! Ella, por supuesto (la suposición es nuestra) habría preferido que le dijeran: ¡qué bella estabas!

En el ritmo, que es la parte por la que más cojea esta postura en escena, no podemos decir que falló la directora Lorena Maza, porque resulta evidente que se impuso ese movimiento moroso para alargar la pieza y mantener un ambiente de inacción vagaroso y poético. También son deliberadas todas las incongruencias de tipo anacrónico: no hay que preguntarse a qué horas cambiaron las flechas por los floretes los quichés, supuestamente prehispánicos; basta con que sea muy espectacular la esgrima (y muy bien resuelta por los espadachines); un encuentro a pedradas no habría sido igualmente teatral; tampoco nos preguntamos de dónde sacaron plumas de avestruz los mayas, pues sabemos que las sacaron de los grabados antiguos; se nos presentan unos indígenas vestidos como turcos de Molière o de Mozart, para El burgués gentilhombre o para El rapto del serrallo y los aceptamos de muy buena gana, pues son teatrales y componen bien, y no íbamos al teatro a recibir una lección de historia, sino a deleitarnos con un bello espectáculo. Tampoco tiene cara de yucateco ni de guatemalteco ninguno de los artistas, salvo, tal vez Mario García González, o Angelina Peláez; todos los demás son blanquísimos y guapos; eso pierde el verismo, pero eso gana la representación.

Comenzamos por ver una nave de iglesia, presentada en trompe l’oeil, que nos impacta mucho (más tarde la podrán usar para el primer acto de Tosca); pero ese recinto se nos achica mucho cuando los actores se acercan al decorado y convierten lo que era una alta nave en una puertecita; ese cañón está soberbiamente iluminado, con ayuda de un poco de humo, que se refresca en momento oportuno, por Alejandro Luna, que no resistió a la tentación, ciertamente muy fuerte, de convertirse él en la máxima estrella del espectáculo, aunque tuviera que empujar un poco hacia uno de los extremos de la fotografía al autor; el iluminador, la escenógrafa Tolita Figueroa (también responsable del hermoso vestuario, y quizá del desvestuario, pues la directora no omitió los clisés de los en el teatro moderno inevitables desnudos integrales, femenino y masculino, sin los cuales no parece haber obra que pueda pasar por actual, si bien esta vez cabe la atenuante de que están de alguna manera justificados), son los artistas que, de entrada, más vivamente nos apantallan; poco a poco vamos viendo y escuchando a los actores (veinte) y al comprobar su excelencia admiramos a la joven directora, que supo entonarlos, moverlos y emparejarlos; algunos son viejas glorias de nuestra escena, como el ya nombrado Mario García, última reliquia de la primitiva compañía; o Farnesio de Bernal, tan excelente como siempre; o la cada día más pequeña Angelina Peláez, única que colabora para conservar las monumentales proporciones de la escenografía, por comparación; o Eduardo Palomo, que es un galán joven ya consagrado, y que rinde la mejor actuación que le hayamos visto. Otros artistas resultan más nuevos para nosotros; lamentamos que el papel que tocó a Luis de Icaza haya sido pequeño y descolorido (uno de los funcionarios, que se parecen a los ministros de la ópera Turandot), pues teníamos viva curiosidad por ver una actuación de éste que consideramos excelente y prometedor artista; Edgar Alexen también tiene un papel breve, pero lo saca impecablemente. Daniel Giménez Cacho está espléndido, desde la escena de su aparición, que nos recuerda la de Peleas en la obra de Maeterlinck, hasta el final de su papel, en que está intensamente dramático. De la linda Rosario Zúñiga casi no alcanzamos a distinguir otra cosa que su belleza, de la que no nos escatima ni un solo centímetro cuadrado; esperamos una nueva actuación de esta joven y linda actriz para juzgarla con más conocimiento. Guillermo Gil nos gustó por su hermosa y bien manejada voz, y por su imponente catadura.

Con Los enemigos(1), la Compañía Nacional de Teatro llena triunfalmente todos sus propósitos: rinde un homenaje merecido a una de las más auténticas glorias de la dramaturgia mexicana; enseña al público cómo se monta con toda riqueza y con toda inteligencia una pieza teatral, para agrandarla y embellecerla; derrama entre un amplio número de artistas jóvenes y viejos, y otro de técnicos, un fertilizante torrente de 250 millones; hoy es esta compañía las que tiene que llevar la bandera del teatro bueno y rico, que agitó antes el Seguro Social (hace... uuuuh... muchísimos años), renueva los cuadros, y da un sitio a los maestros.

Un gran triunfo de la Compañía Nacional de Teatro; ojalá que hasta el lecho de Sergio Magaña llegue algún eco de las palmadas que a él le tocaron en este reparto.


Notas

1. Estrenada el 5 de octubre. Base de datos SITMEX. CITRU-INBA.