FICHA TÉCNICA



Título obra Irremediablemente vivos

Autoría Jack Richarsus

Dirección Abraham Stavans

Elenco Óscar Morelli, Myrra Saavedra

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Irremediablemente vivos de Jack Richarsus, dirige Abraham Stavans]”, en Siempre!, 19 abril 1989.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de abril de 1989

Columna Teatro

Irremediablemente vivos de Jack Richarsus, dirige Abraham Stavans

Rafael Solana

Desde sus inicios, como aficionado, en el Club Israelita de la ciudad de México, bajo la dirección de Carlos Rodríguez (y de esto hace ya muy cerca de 30 años) Abraham Stavchansky sintió nacer en él una irresistible vocación: dejó cualquier otra clase de estudios y se marchó a Nueva York a aprender teatro, en la escuela de Elia Kazan; entre sus condiscípulos estuvieron Marlon Brando y Marilyn Monroe; de regreso a México, coronado su aprendizaje, no solamente ha ido creciendo como actor a lo largo de varias temporadas, sino se ha convertido en director, en traductor, en adaptador, en promotor, y por la cantidad de veces que su apellido (lo recortó a Stavans, para no acaparar las marquesinas) aparece en los programas, en jefe de todo un clan, pues suponemos que Ilan Stavans, Darian Stavans y Ofelia Stavans pertenecen a la misma familia.

Como educado en Nueva York, Abraham se ve muy inclinado a las obras internacionales, y raramente, si es que lo ha hecho alguna vez, toma en cuenta a los escritores mexicanos; ahora nos ofrece en el ya muy acreditado ámbito de La gruta, de don Fernando de Prado, un par de obras cortas, en un acto, del poco conocido (al menos para nosotros) autor norteamericano Jack Richardson, a quien ha traducido y “adaptado” (?). Ambas tienen intención humorística; pero ella resulta mucho más marcada en la segunda, que tiene por ambiente una cocina pequeñoburguesa; la primera obra se desarrolla en una prisión, antecámara de la muerte, pues de allí pasará el prisionero directamente a la horca; el tono gris que impuso Jarmila Masserova a las tristes paredes nos induce a un estado de ánimo más bien melancólico; nos hace esperar algo del tipo de Pedro y el Capitán, de Severa vigilancia u otras obras de prisiones que recientemente hemos visto, de manera que es muy fácil que escape a los espectadores lo que de sarcástico hay en la actitud del pobre hombre que va a morir, y de la buena samaritana que le ayudará a entregar su alma (en vez del acostumbrado sacerdote). Sólo más tarde se da uno cuenta de lo mucho que ha habido de guasa en ese diálogo, a ratos vociferado, en otros susurrado; pero ya en la segunda obrita (las dos juntas se llaman Irremediablemente vivos nos damos franca cuenta de que se trata de episodios cómicos, y entonces sí reímos abiertamente. Nos cupo una duda: si Richardson sería, como Strindberg, a quien podemos ver en otro teatro con autor y en otro más como personaje, un decidido misógino, o si, por el contrario, la estupidez que pinta es la masculina, y en ese caso la piececilla (hablamos de la segunda) viene a resultar un canto a la inteligencia, la habilidad y el poderío de las féminas, cuyo espécimen más terrible es la esposa (en Strindberg es la madre).

En este caso la obra (las obras) no es lo principal del espectáculo; tiene su interés y su gracia pero se percibe que sobre lo que se quiere llamar la atención del público es sobre las actuaciones, y que el principal objetivo de don Abraham es lucir como actor. En efecto, lo logra; pero cuando ha hecho papeles más consistentes ha brillado más tal vez en la primera parte el espectáculo abusa de los contrastes de tono, al exagerar lo mismo los gritos que los susurros.

En cambio a Barbarita Córcega nunca la habíamos visto en su corta carrera ni tan guapa (cada día se parece más a su lindísima madre) ni tan buena actriz (lo cual será tal vez herencia de su padre, aunque a Bárbara Gil la hemos tenido siempre por una actriz excelente); son muy diferentes los papeles que hace, y la preferimos en el segundo, que sin duda está mejor delineado; en el primero no deja de incurrir, sobre todo al principio de su actuación, en algunas obviedades, en las que insiste. La obra tiene un intérprete más que es Leandro Martínez, actor a quien desde hace años conocemos, en muy buenas compañías, pero generalmente en papeles que no se ven mucho. Los que hace esta vez, y con los cuales cumple, tienen algo más de cuerpo (sobre todo el segundo) que los que le hemos visto en otras ocasiones.

No podemos poner Irremediablemente vivos en la primera fila entre el teatro de mayor importancia que se hace actualmente en la ciudad de México; pero creemos que muy honrosamente entre en lo que podríamos deportivamente llamar “segunda división”: los teatros pequeños, no por completo profesionales, pero en los que se logra alguna vez, y ésta es una de ellas, una buena calidad histriónica y literaria.

Representación de El candidato de Dios en el homenaje que autoridades del Distrito Federal hicieron a Luis G. Basurto

Solemne y concurridísimo fue el acto de homenaje a Luis G. Basurto preparado por las autoridades del Distrito Federal en el Teatro de la Ciudad. Asistieron las más altas de esas autoridades, encabezadas por el regente, licenciado Camacho Solís, a quien acompañaban algunos de sus más cercanos colaboradores, tales como los licenciados Javier García Paniagua, Rodolfo Echeverría, secretario de coordinación urbana, y Florencina Castro, jefe de Socicultur, y otros muchos de rango un poco menor; también se hizo presente la señora doña Divina Morales de Gutiérrez Barrios, esposa del secretario de Gobernación; y, como se vería al final de la función, muchísimas altas personalidades de la vida teatral, tales como Silvia Pinal, José María Fernández Unsaín, presidente de la Sociedad General de Escritores de México, el secretario general de la Federación Teatral, el de Unión Nacional de Autores, el presidente de los críticos teatrales (también la presidenta de otra agrupación de cronistas y columnistas) y varios de los actores que en temporadas anteriores han actuado en la obra El candidato de Dios, que fue la obra basurtiana escogida para esta solemnidad.

El público que llenaba la vasta sala admiró la estupenda escenografía de David Antón, a su tiempo premiada por la crítica, y que a este enorme foro, hecho para la ópera y la opereta, le quedaba un poco chica. Como se le ha marchado todo el elenco original que estrenó la pieza, Basurto, que asumió la personalidad de director, pidió ropa limpia (así se dice en el juego de póker) y cambió a todos los artistas de todos los personajes; a María Idalia la suplió Virginia Gutiérrez; a Héctor Gómez, Aarón Hernán; a Guillermo Zarur, el propio Basurto; a Luis Gimeno, Álvaro Espinosa; a Manuel Guízar, Antonio Rangel; a Germán Robles (estos tres últimos están ahora en La Malquerida) Nobel Espino, “e via diciendo”; la música (que consiste sobre todo en unas muy sonoras campanadas) siguió siendo la muy apropiada de José Antonio Alcaráz (sólo nos llamó la atención que, antes de levantarse la cortina, se prepara el ánimo del público para el ambiente vaticano con... ¡el Bolero de Ravel!).

Ninguna falta hace decir que la soberbia obra, la mejor escrita del mejor de nuestros escritores teatrales, cautivó nuevamente a la audiencia, sobre todo a partir del segundo acto. En realidad de lo único que podían esperarse (y conste que no hemos dicho temerse) algunas novedades era de las interpretaciones, con el nuevo juego de artistas; pero la firme mano del director hizo que algunas se parecieran a las anteriores como gotas de agua: al escuchar a Virginia nos parecía seguir oyendo a María Idalia, y también al verla, de un poco lejos; Nobel Espino, de quien nunca habíamos oído hablar (un día se ganará algún premio y entonces se dirá: “Se sacó el premio Nobel”) logró darnos la perfecta ilusión de que seguíamos oyendo a Robles, con lo que ya estamos diciendo que su actuación fue brillante y convincentísima; a Álvaro Espinosa lo vimos mejor que nunca, en el papel más importante que hasta ahora le ha sido dado; sólo nos llamó la atención que se le haya hecho caminar tanto; fue un cardenal itinerante, maratónicamente; si le dejan abierta una puerta, acaba de decir su papel en la Villa de Guadalupe; Toño Rangel, que tiene una figura espléndida, si bien lo hallamos demasiado joven para llevar púrpura, volvió a gustarnos, como cuando lo conocimos en la Falsa crónica de Juana la loca, de Miguel Sabido. Aarón Hernán es un primer actor demasiado conocido para que haya que agregar algo a su nombre; por supuesto, está magnífico.

Tal vez la curiosidad de muchos se centraba en la actuación de Basurto, quien no es muy nuevo para nosotros como actor, pues muchos lo vimos, como obispo, en Debiera haber obispas, y también en Con la frente en el polvo en un personaje similar; en otros por completo distintos le hemos visto en Atentado al pudor, de Carlos Prieto, y en el incidental personaje del peluquero en su propia obra Cada quien su vida. Nos alejaríamos de la verdad si nos atreviéramos a decir que es Basurto tan buen actor como autor; autor, es el mejor de México y muy probablemente el mejor de habla española vivo; no creemos en cambio que puedan temer ser destronados Nacho López Tarso ni Claudio Obregón. Pero, conocedor perfecto del personaje por él mismo escrito, llevó adelante muy honorablemente su cardenal Marcel; como intérprete se basta don Luis para sacar a una empresa de un apuro, llenando un hueco inesperado, y permite que en la historia del teatro, su nombre se ponga al lado de los otros autores que también actuaron, como, desde luego, Shakespeare y Molière, y, más cerca de nuestro tiempo, Noel Coward, Sacha Guitry, Alfonso Paso. También al maestro Novo lo vimos alguna vez hacer un papel, en Mesas separadas.

Alguien de entre quienes hablaron al final de a función dijo: “no estamos cerrando un ciclo de 50 años en la vida de un gran hombre de teatro, que seguirá siéndolo, sino abriendo una nueva etapa del correr del teatro mexicano, que ahora, más que nunca en la historia, cuenta con la atención y la buena disposición de las autoridades, en un clima de completo entendimiento y mutua colaboración entre las empresas y los trabajadores”.

Antes la misma persona había dicho: “La única manera de no ofender la modestia del señor Basurto con este culto a la personalidad es considerar que este homenaje, con tenerlo él tan merecido, no se dirige únicamente a él, sino le toma por pináculo y estandarte de este teatro mexicano a luchar por el cual, victoriosamente, ha dedicado la mayor parte de su fecunda labor de medio siglo no solamente dentro de nuestras fronteras sino fuera de ellas, pues ha llevado a Estados Unidos y a las otras dos grandes capitales del teatro en nuestro idioma, Buenos Aires y Madrid no sólo sus propias obras, sino también las de autores mexicanos, y puede esperarse que vuelva a hacerlo, como la persona más capacitada para ello con quien podemos contar”.

Basurto recibió, entre otros muchos reconocimientos, una medalla de oro, de manos de José María Fernández Unsaín, y la máxima presea, la medalla de platino “Agustín Lara” que otorga la Sociedad Mexicana de Compositores que preside Roberto Cantoral, medalla que entregaron Tomás Méndez y los maestros Guzmán Mayer y Molina Montes.