FICHA TÉCNICA



Título obra Matrimonio al trote

Autoría Jack Sharkey

Dirección José Solé

Elenco Guillermo Zarur, Rolando de Castro, María Idalia, Manuel Guízar, Manolo García, Mario Sauret

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Matrimonio al trote de Jack Sharkey, dirige José Solé]”, en Siempre!, 25 enero 1989.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de enero de 1989

Columna Teatro

Matrimonio al trote de Jack Sharkey, dirige José Solé

Rafael Solana

A quienes sostienen animadas discusiones acerca de quién es más importante en el teatro, si el autor o el director (una polémica que tiene actualmente muy dividida a la gente del ambiente) se les olvida un tercer factor que cobra a veces la suprema importancia: el actor. Con lo que venimos a caer en la ecléctica y poco comprometida posición de que más veces uno, otras veces otro y otras el de más allá; o lo que vale por afirmar que no hay una regla de aplicación universal que pueda ser tomada como válida no digamos para todos, sino siquiera para la mayoría de los casos.

El anónimo cronista, conservador como le toca ser por su edad avanzada, se inclina por la más tradicional de las posiciones: el autor es la base de todo; “The play is the thing”, dicen los ingleses, cuyas glorias teatrales máximas son los dramaturgos (tienen al mayor del mundo); propone el siguiente ejemplo: sabemos quiénes eran los principales escritores de Grecia, trágicos o cómicos, de hace 25 siglos, y conservamos sus obras, algunas de las cuales siguen representándose e interesando vivamente; ni idea tenemos en cambio de cuáles fueron sus directores, si los hubo, ni sus intérpretes, que se ocultaban detrás de máscaras: en la edad moderna sí sabemos algunos nombres de actores, pocos, de los tiempos de Shakespeare o los de Molière; pero por lo que respecta a directores, apenas hará 100 años que comenzaron algunos a dejar su huella en la historia: esta antigüedad no es sino una de muchas posibles razones; los directores podrían alegar su juventud como gremio, igual que los aviadores (sólo uno conocemos de hace 30 siglos, Ícaro, y otro de hace cinco, Leonardo).

El cronista se siente inclinado en esta página a reconocer una vez más, como ya lo ha hecho muchas, que hay ocasiones en que lo principal en un espectáculo de teatro está en las actuaciones; es poca la gente que dice; vamos a ver una obra de Ibsen, o de Basurto, o de Wilde; y poco menos que ninguna la que decide salir de su casa para ver algo que dirigieron Luis de Tavira o Gurrola; en cambio la que se hace el plan de ir al teatro por ver a la Guilmain, a la Montejo o a la Mistral; a López Tarso, a Bonilla o a Ortiz de Pinedo es muchísima: y a esa gente le importa poquísimo quien escribió la comedia, y casi absolutamente nada quién la dirigió.

En los que sin intención peyorativa, podríamos llamar subgéneros (el sainete, la farsa, la comedia musical, la revista, el vodevil, el astrakán) esto se hace más acusado: la gente que iba a ver a la Conesa o al Panzón Soto, a la Rivas Cacho o a Pardavé, sin importar gran cosa los autores y nada los directores. En la niñez del cronista se iba al teatro a ver a la señorita Iris, o a la señora Montoya, o a las hermanas Blanch, y si la obra era de Lechar, de Benavente o de Muñoz Seca, era una ganancia adicional, pero no lo básico. Si nos trasladamos a la época actual, veremos que la gente va al teatro frívolo a ver a “Palillo”, a “Yuyu”, a Manzano, a Polito, al “Caballo”, y que los empresarios hacen que en torno a esos nombres consagrados giren los espectáculos.

El que ha estrenado el teatro de la República pertenece a este orden de cosas. La obra se atribuye a un Jack Sharkey que quién sabe quién será (el cronista recuerda, de ese nombre, pero en los años veinte, a un boxeador de peso completo que le disputaba el título mundial a su tocayo Jack Dempsey). El director es un hombre de teatro de máximo prestigio en México, Pepe Solé; pero poca parte de la clientela se percata de ello en los programas. El atractivo principal de Matrimonio al trote consiste en la actuación de un joven galán cómico que va ganando popularidad y simpatías, y que ya desde Los lunes salchichas, comedia en la que alternó con César Bono y con Raymundo Capetillo, viene creciendo y haciéndose de un partido, que pronto lo llevará al estrellato y al encabezamiento de repartos; ya estuvo al lado de Jorge Ortiz de Pinedo en una comedia muy graciosa; ahora es el centro de atracción; la comedia no es cosa del otro mundo, ni la dirección de Solé es de premio (probablemente dirigió presionado por los productores, que le pidieron un máximo de hilaridad y un vértigo de rapidez). Carlos Ignacio es en todo momento el amo en escena, pues tiene un ángel y una buena sombra que hacen que el público agradezca su presencia y festeje todas sus gracejadas.

El papel de Carlos Ignacio incluye escenas de travestimento, de las que sale muy airoso el joven artista. En la marquesina aparece más destacado que el suyo el nombre de Leonardo Daniel, que es otro joven artista muy en proceso de desarrollo, e hijo de muy buenos populares y queridos actor y actriz: consideramos que Solé equivocó la dirección de este valioso elemento. Olvidó Pepe (o se lo hicieron olvidar los productores) que en las compañías clásicas de ese tipo de teatro, cuyo auge tuvo lugar hace unos 60 años, no todos los artistas han de ser exageradamente cómicos, sino solía haber un galán (con las Blanch era Alberto Martí; en obras recientes hemos visto asumir esa posición a Joaquín Cordero) que no pierde la galanura, sino hace el papel un poco en serio (Gustavo Rojo ha tenido varias veces esa encomienda); la chocarrería, la jocosidad extrema, le tocan al actor cómico; pero no todos los demás tienen que competir con él en este encargo de buscar las risas. “Chachita” suele decirles a sus compañeras: “aquí la que hace reír soy yo”. La carrera de Leonardo Daniel, teatral, cinematográfica o de televisión, que ahora el campo para el arte ofrece estos tres caminos parecidos, pero no iguales, creemos que ha de orientarse más, en lo futuro, hacia la alta comedia, la pieza o aun el drama, que hacia el astrakán, para el que no tiene la sangre lo suficientemente ligera. Lo hemos visto hasta en obras clásicas, y en las de tipo romántico, estar mejor que en las bufonadas que en esta ocasión le hace acometer Solé; ¿cómo pudo olvidársele a Pepe, tan inteligente, tan sensible y tan bien enterado, esta división del trabajo sobre la escena que conformaba a las compañías tradicionales, en que cada actor tenía su sitio, su tipo, su género? Las compañías tenían también un “barba”, el actor viejo (con las Blanch, Orellana, o Vivas, o Varela bisabuelo; con la Xirgu, Alejandro Maximino; con la Montoya, su hermano Felipe) para los papeles de hombre de mayor edad, y ése debió de ser, si esta compañía juvenil lo hubiese tenido (un Carlos Riquelme, un Pancho Muller, un Mario Delmar) quien luciera el abogado (papel que se parece al que Couturier hace en La tía Mame) que le dieron a un muchacho, Rafael Amador.

En cuanto a las chicas, en los teatros de don Salvador Varela no hay más que tres sopas: las cómicas veteranas, que hacen papeles de viejonas (lo que antes hacían Matilde Corel, las hermanas Gentil Arcos, Fanny Schiller, las dos Auroritas, Campuzano y Walker, Lupita Pallás, y hasta la juvenil Lolita Solana), las estrellas (Yuyú se queda sola, pues ni Kippy Casado, ni Talina Fernández le llegan) y las resplandecientes bellezas, siempre juveniles, casi siempre muy atractivas físicamente, y por lo normal bastante dejadas de la mano de Dios en materia de arte dramático; casi se podría decir que las escogen por fotografías; ya se ha dado el caso de que alguna resulte muy buena actriz (fue el de Verónica Castro); pero por lo general se conforma el empresario con que sean muy guapas y, si hace falta, saquen muy poca ropa. Creemos que Raquel Morell, a quien hace poco vimos en otras dos obras, en una de las cuales, Todos eran mis hijos, estaba estupenda, da para mucho más que esto. Sin duda no se le han presentado mejores oportunidades últimamente y no ha querido quedarse en casa, con lo que hace bien; pero ella es mucho más que una chica, y le auguramos una gran carrera de actriz cuando tenga papeles más sólidos. En cuanto a Jacaranda Alfaro, no se exagera nada al decir que físicamente está sensacional, y que es uno de los mejores aciertos varelísticos en la búsqueda de monumentos nacionales: no se pierde de vista como actriz, pero tampoco está mal. Actrices tan lindas suelen no tener tiempo de aprender mucho de la carrera, pues generalmente resuelven su vida de algún otro modo, antes de hacer huesos viejos, y perder el físico y la frescura, en los escenarios.

Con la mención de que la escenografía es, naturalmente, de Corzo Duarte, a quien tenemos por mejor actor que escenógrafo o dibujante, aunque siempre sale discretamente del paso, hemos terminado esta nota sobre una comedieta que, si vale la pena de verse (y creemos que sí la vale) es por la simpatía, la gracia y el ángel de Carlos Ignacio, que es un actor a quien vemos en pleno cuarto creciente y que deja por completo complacido con su actuación muy chistosa al público habitual del teatro de la República.