FICHA TÉCNICA



Título obra Cierren las puertas

Autoría Víctor Hugo Rascón Banda

Dirección Enrique Pineda

Elenco Norma Yolanda López, Betty Olea, Laura Sotelo, Rebeca Mankita, Chela Estavané

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Cierren las puertas de Víctor Hugo Rascón Banda, dirige Enrique Pineda]”, en Siempre!, 28 diciembre 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de diciembre de 1988

Columna Teatro

Cierren las puertas de Víctor Hugo Rascón Banda, dirige Enrique Pineda

Rafael Solana

Por ausencia de esta capital, y porque en Monterrey, donde ambos estuvimos, no tuvimos una exacta coincidencia en fechas, el anónimo cronista y la obra de Víctor Hugo Rascón Banda Cierren las puertas(1) algo tardamos en encontrarnos; por fin nos hemos enfrentado, y con un retraso por el que pedimos perdón la comentaremos.

Tenemos a Víctor Hugo por una de las firmes columnas en que la nueva dramaturgia mexicana se sustenta; además de un escritor muy constante y sólidamente preparado, es el licenciado Rascón un hombre muy activo y muy curioso, que en todo se interesa y en todas partes se deja ver, por lo que consideramos que no hay error en considerarlo caudillo de su generación, por más que algo se le haya adelantado en fecha, para la obtención de triunfos resonantes, Carlos Olmos, y que apasione mucho a algunos admiradores Jesús González Dávila, que tiene ya tres o cuatro obras admirables, y que a últimas fechas vaya afianzandose Tomás Urtusástegui con alguna obra logradísima y magistral, y otras dignas de consideración y de aprecio. Rascón es sobre todo un autor inquieto que no se conforma con triunfar, como ya lo ha hecho, con obras compuestas a la manera conocida y aun tradicional, sino se esfuerza por buscar novedades, valiente actividad en la que, por supuesto, se expone a algunas veces desacertar, pues se trata de tiros lanzados sin conocer un blanco todavía no existente. De sus obras seguimos prefiriendo las que se ajustan a normas probadas, como su estupenda comedia Manos arriba, admirable ejemplo del género, o como La fiera del Ajusco, que es un drama muy intenso y muy conmovedor. Tiene también, más al principio de su carrera, piezas verdaderamente sangrientas, grandguignolescas, como las cuatro Armas blancas, que nos espeluznaron. Pero no conforme con todo eso ahora trata de lograr mezcolanzas entre las artes y los espectáculos, como las que los grandes autores de ópera del siglo pasado intentaron y muchas veces lograron al emulsionar teatro, música, ballet, pintura, poesía. Lo primero que en este terreno vimos a Rascón fue un amago de matrimonio entre el teatro y la lucha libre, menos arduo que las nupcias del cielo y el infierno a las que William Blake, otro innovador temerario, se atrevió hace ya un par de siglos; a nosotros no nos encantaron los resultados de esta invención; pero tuvo seguidores, en el novato Héctor Bonilla y aun en el veterano Vicente Leñero, con alguna variante.

Cierren las puertas casa al teatro con el mexicanísimo espectáculo del palenque. El sitio ideal para representar esta pieza habría sido una gallera (y para la otra, una arena); comienza la representación con un desfile de cartas de la lotería de cartones, con los que serán los personajes (muchos, todos los que forman un cartón de 16 cuadros) de la trama. En esto de la baraja ya se adelantó el autor de Sigue la bolota que vimos en Arizona 20; en lo de mezclar drama con canciones vernáculas, el cine; por citar una película entre mil: El imperio de la fortuna nueva versión de El gallo de oro, ambas de Juan Rulfo. La obra Cierren las puertas es novedad en el teatro, pero en el cine es un ambiente ya muy visto. Facilísimo sería convertirla en película, y cabe sospechar que eso haya estado desde el origen de la composición en la mente del dramaturgo. También podría ponerse en teatros del tipo del “Blanquita”, un teatro que ya Carballido había invadido con alguno de sus sketchs.

A un espectador de preferencias francamente teatrales podría ocurrirle (nos sucedió a nosotros) que lo fatigara la repetición de canciones, insistencia que es justamente lo que le hace evitar la frecuentación de salas como la que acabamos de nombrar. Pero a quien tenga gusto por los diversos espectáculos (canción, gallomaquia, drama) que la pieza de Rascón conjuga, el programa que tanto contiene ha de parecerle atractivo y tuvimos la impresión de que gran parte del público era de esta aprobatoria opinión.

Enrique Pineda, desigual director de quien recordamos en Xalapa triunfos magníficos y en la Sala Shakespeare algún error nauseabundo, ha movido muy bien el complicado ambiente: ha trazado con energía los bien caracterizados y aun subrayados tipos y ha logrado de un número de artistas que ya citamos, ninguno de ellos una celebridad, actuaciones no nada más convincentes sino francamente plausibles. Lamentamos que las dos cantantes se parezcan tanto entre sí que llegó a parecernos que eran una, aunque sus papeles, uno de algo así como Imelda Miller y otro francamente de Lola Beltrán, no deban, musicalmente al menos, confundirse.

Rascón, a pesar de no ser ya un chamaco, sigue buscándose a sí mismo, sigue atreviéndose con audacia, y tal vez eso sea lo que lo hace el más valioso de todos sus coetáneos. Nos permitirá sin enojo, que aun aplaudiendo algunas obras suyas de las que nos produce honda satisfacción constar que gustan a las mayorías, prefiramos otras, que quizá no sean las que le den ni más celebridad ni más dinero.

Quedamos en espera de una nueva obra suya que trate de novilleros y tenga por escenario los corrales de una plaza, o de alguna de futbol que haya que representar en una cancha.


Notas

1. La obra había sido estrenada en agosto. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.