FICHA TÉCNICA



Título obra Jacques y su amo

Autoría Denis Diderot

Notas de autoría Milan Kundera / adaptación

Dirección Ludwik Margules

Elenco Luis Couturier, Juan Carlos Serrán, Meche Pascual

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Jacques y su amo de Diderot, adaptación de Milan Kundera y dirección de Ludwik Margules]”, en Siempre!, 30 noviembre 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de noviembre de 1988

Columna Teatro

Jacques y su amo de Diderot, adaptación de Milan Kundera y dirección de Ludwik Margules

Rafael Solana

Hace 50 años Diderot era un escritor desconocido para la juventud estudiosa de México. Se citaba su nombre, como el de Condorcet o el de D´Alembert; pero no era posible leerlo porque no existían traducciones, y el francés solo se adquiría en la escuela preparatoria (el inglés en la secundaria). Se tenían al alcance Voltaire, Rousseau: pero a Diderot se podía llegar difícilmente, pues ni siquiera en su idioma nacional se le encontraba en los escaparates de librerías (la costumbre de adquirir libros en farmacias o en los supermercados todavía no nos llegaba de San Antonio).

Hoy la juventud comienza desde temprano a leer Jaques le fataliste; y hace más: conoce igualmente a Milan Kundera, “la otra cara de Praga”; los muchachos de antaño no sabían siquiera la primera cara, Kafka, hasta que, de eso hace medio siglo, comenzaron a circular buenas ediciones españolas, El proceso, La muralla, y sobre todo, La metamorfosis, que fue algo así como la sensación literaria de los treinta, con la antología de Gerardo Diego, y con Rómulo Gallegos). El único autor checo en aquel tiempo leído aquí era Neruda (Jan), cuyos Cuentos de la Mala Strana popularizó la colección Los humoristas, de Espasa Calpe.

Hoy Kundera y Diderot son tan populares entre los jóvenes, que al anuncio del estreno de Jacques y su amo, adaptación hecha para el teatro por el primero de ellos de la bellísima novela del segundo, el amplísimo Teatro del Bosque se ha llenado hasta los topes. No es posible pensar en lo que habría ocurrido si este estreno hubiera tenido lugar, como estaba previsto, en el diminuto teatro Juan Ruiz de Alarcón, en la Ciudad Universitaria, hoy inaccesible por la huelga del día.

Los que tuvimos la buena fortuna de obtener asiento a una distancia razonable del escenario pasamos una noche de delicia. Nuestro primer movimiento de admiración fue hacia los estupendos actores; pero inmediatamente pensamos que ellos debían su triunfo al gran director que los movió; y luego, que el director se había basado en una hermosísima obra teatral; y a seguida que el autor de la comedia no hizo sino utilizar el texto de una novela admirable; y llegamos más allá, pues el autor de esa novela pretendió con ella rendir homenaje a otro novelista anterior (también lo habían hecho sus colegas Lesage, Scarron, los ingleses Sterne y Fielding, y más tarde lo haría Dickens): a don Miguel de Cervantes, el creador de Don Quijote. Jaques y su amo no dejan de tener puntos de contacto con don Alonso y su escudero, Sancho, y ya presagian a Pickwick y a Sam Weller, aunque en la obra de don Charles es gordo el amo y flaco el criado. En Jacques le fataliste Diderot no sólo evoca a Cervantes (tampoco se limitan a eso ni Le roman comique ni Gil Blas de Santillana) sino a toda la picaresca española.

Kundera, autor contemporáneo nuestro, no ha caído en la melancolía ni en la acritud de otros europeos de nuestro agrio y aurado siglo, tan abundante en obras amargas, sino hace florecer humorismo de la mejor ley, y a eso en gran suerte se debe sin duda el que nos llegara tan hondo y nos haya deleitado tan profundamente a quienes preferimos, de las dos máscaras del teatro, a la que sonríe sobre la que hace un gesto trágico. Y el director Ludwik Margules, a quien desde hace buen tiempo rendimos una gran admiración, ha sido el intérprete acertadísimo de ese buen humor; rinde culto Margules a dos modas: la de empedrar de palabras hasta hace poco consideradas gruesas el texto (en el original de Diderot abundan mucho menos) y el de sacar desnuda a alguna actriz, como ahora se hace hasta en La Celestina, en la consideración de que estos granos de pimienta dan mejor sabor al guiso, aunque tal vez a cambio le hagan perder un poco de su fino perfume. Concesiones a la modernidad, o a la juventud, o a la masa, podemos considerar estos dos abusos; por lo demás, Margules se ha quedado siempre al margen de la patochada pues no hay chistes gruesos, ni más cachetadas ni empujones que los convenientes dentro de límites de buen gusto. De lo que ha cuidado don Ludwik ha sido de hacer decir el texto con claridad y de conservar las intenciones que lleva cada frase (aunque dudamos de que allá en las filas lejanas se haya podido escuchar todo, para lo que habría habido que gritar sin descanso). Ni por un momento vacilamos en juzgar que éste sea el trabajo mejor que hemos visto a Margules, y no nos llamaría la atención encontrarlo propuesto para el premio al mejor director del año. Para que no pareciera pobretona la producción (nunca lo son las universitarias) Margules que se despojó de telones escenográficos y redujo a muy poco la utilería, se gastó buen dinero en hacer subir y bajar secciones del desnudo escenario, con maquinaria hidráulica o eléctrica: y agregó una buena docena de comparsas, con una especie de casi coro de soldados que contribuyen a la alegría de la representación (Margules, director de la ópera, sin duda conoce La hija del regimiento). Algunos de los artistas doblan y aun triplican, para cubrir con no demasiados la abundancia de papeles episódicos.

Pero vayamos ya con los intérpretes; nos resulta arduo imaginar un lugar del mundo en que esta obra pueda ser representada con mayor propiedad y con más gracia. Si pensamos en los teatros de París, encontraremos que casi todos los artistas teatrales de aquella gran capital (apenas exceptuaríamos a François Perier, a Jean-Louis Barrault) habrían gritado y gesticulado en demasía, pues así es la escuela del país (hemos visto allá Las travesuras de Scapin convertidas en pachanga y en circo con la sobrectuación de verdaderas estrellas de La Comedia Francesa); si pensamos en italianos, salvo, (y nadie más, pues Paolo Stoppa ha muerto recientemente) Marcelo Mastroiani y Vittorio Gassman, todos habrían gesticulado y manoteado sin límites; y los actores ingleses o los norteamericanos que se habrían escapado de esos excesos tal vez habrían caído en hieratismo con caras de póker y discreción llevada a hipocresía, impertérritos e inconmovibles. Dejemos de lado a los actores españoles que ya sabemos qué ajenos están casi siempre a lo que pueda llamarse delicadeza. Tal vez pueda hoy decirse sin faltar a la verdad que una obra de la clase de Jacques y su amo no puede hacerse mejor que en México en ningún país (sólo muy limitadamente conocemos los teatros ruso, polaco, checo). Tenemos los directores y los actores que pueden lograr una exquisita emulsión de sobriedad y expresividad de economía de gestos y comunicatividad como las que la alta comedia exige. Y algunos de esos actores cayeron en manos de este director para dar esta lección de clase y de elegancia sin frialdad ni remilgo. Los dos principales de ellos y qué difícil resulta escoger a uno para ponerlo por encima del otro son los titulares: Santiago, que Fernando Balzaretti dibuja con el mayor primor (candidato a premio al mejor actor si es que no piensan los críticos en un ex aequo como cuando Ignacio López Tarso y Héctor Bonilla hicieron aquel inolvidable Vestidor); en cuanto a Patricio Castillo, también el de Amo el mejor papel de su vida. Llevan ambos el peso de la obra, y se hacen agradecer su presencia constante en escena. Los dos están soberbios y maravillosos.

Viene a continuación Rosa María Bianchi, ya otras veces premiada pero ahora admirable en un papel lleno de matices, de saltos, pues se interrumpe en una de sus personificaciones para pasar como parentéticamente a otra. Para ella un aplauso desbordado. Y después hay que mencionar dos nombres que nos suenan poco: Carlos Mendoza y Juan Carlos Colombo, que en nada desentonan con los grandes artistas a los que dan la réplica. Y después a Luis Eduardo Reyes, que no conforme con estar triunfando como autor en un teatro (en el Wilberto Cantón con su comedia ¿De interés social?) en este otro se revela como un actor gracioso y capacísimo; y todavía se nos quedan en el tintero media docena de nombres.

Jacques y su amo(1) es no sólo de lo mejor que puede verse en México, sino es del mejor teatro que puede verse en el mundo.


Notas

1. Estrenada el 11 de noviembre en el teatro Juan Ruiz de Alarcón. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.