FICHA TÉCNICA



Título obra Los caracoles amorosos

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Luis Francisco Escobedo

Elenco Óscar Morelli, Myrra Saavedra, Norma Yolanda López, Betty Olea, Laura Sotelo, Rebeca Mankita, Chela Estavané

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los caracoles amorosos de Hugo Argüelles, dirige Luis Francisco Escobedo]”, en Siempre!, 31 agosto 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   31 de agosto de 1988

Columna Teatro

Los caracoles amorosos de Hugo Argüelles, dirige Luis Francisco Escobedo

Rafael Solana

Se produjo una intensa nota dramática, que la mayor parte del público no esperaba, cuando al final de la obra Romance, broncas y misterio de los caracoles amorosos y los muertos lujuriosos del burdel del cementerio (dirección cablegráfica: Los caracoles amorosos) con mitad del clamor de una ovación estruendosa, se adelantó al proscenio la siempre guapa y siempre elegante Anita Barbieris, coempresaria, para, entrecortada por sollozos y a punto de dejar escapar un torrente de lágrimas, decir que no estaba tan contenta como habría querido porque... porque... porque... y aquí fue donde llegamos a temer que la emoción pudiese más que ella y que se desmayara a la mitad del foro.

Pero no llegó esa sangre a ese río. Pronto nos tranquilizó al informarnos que Hugo Argüelles no estaba muerto (habría sido el colmo del humor negro) sino solamente muy malito. En efecto cuando por la mañana lo fuimos a visitar al hospital Londres, lo hallamos decaído, sumido en un sopor: siempre un estreno emociona, pero rara vez hasta el extremo del infarto. De Hugo, sin embargo, el autor de Doña Macabra, en este tono puede esperarse todo.

Le ayudará a recuperarse de su supiritaco, que no fue nada leve (pero a eso y a más se expone un fumador tan recalcitrante, que además no se ha cuidado de mantenerse en peso) el que llegue hasta su lecho del dolor la noticia de su gran triunfo el mayor de cuantos ha tenido en los últimos años. El segundo acto de Los caracoles es de lo mejor que Hugo ha escrito en el género del que es el padre, si no absolutamente lo mejor, volvemos a encontrar en esta pieza (en el segundo acto queremos decir) al gran comediógrafo de lo necrófilo que nos deslumbró, hace 30 años, con su obra primogénita, Los cuervos están de luto. También Los prodigiosos y El tejedor de milagros fueron obras excelentes; pero otras, y le contamos más de una docena, no nos parecieron tan perfectas; es posible que de aquella época (también él ha tenido la suya de oro, como el cine, y el toreo, y la canción popular) date este acto segundo, magistral y fascinante tan exacto que tal vez no encontremos en el mundo otra obra de humor negro tan ingeniosa, tan desenfadada y tan por encima de la vida y de la muerte (no se encuentre de mal gusto el tono algo risueño y festivo de algunos de estos renglones; ese tono significa un homenaje, un tributo y una respetuosa y lejana imitación, un alumnazo, para quien con la calaca ha jugado tanto y nos ha enseñado a jugar y a reírnos de ella).

Pero vayamos ya con la reseña de ese estreno. Tenemos la impresión de que son de distinta fecha los dos actos de que la pieza consta, aunque los oímos leer juntos, hace algunos años, en la Alianza Francesa; el segundo es una genial obra maestra del humor macabro; el primero como que pertenece más al corte de Los gallos salvajes, que no es el Hugo que preferimos; se trata de una larga y hasta un tanto enfadosa sucesión de diálogos, y aun algún monólogo, en la que solamente participan los tres principales personajes, de dos en dos, hay la irrupción sorpresiva de cinco actores más; pero son un pegote y realmente no tienen nada que hacer ni qué decir (recuerdan a la entrada de unas mujeres en Los gallos); en acto segundo, que como obra independiente fue llevada a la pantalla hace buen tiempo, con el nombre de Los amantes fríos, se basta a sí mismo, y no necesita del prolongado prólogo. Sólo en otra comedia negra que conozco, y ésa es también de Hugo, Los cuervos, se alcanza tan estético maridaje entre la risa y la muerte. Ya es hora de agregar que en Luis Francisco Escobedo, absolutamente nuevo para nosotros, encontró esta obra un director sensible y hábil, que no se queda corto en los efectos humorísticos, ni en la caricatura, ni el movimiento escénico. También nos resultó novedad el escenógrafo, Arturo Nava, que supo resolver los muchos problemas que para la decoración advertimos cuando la obra fue leída. El ambiente que creo aunque era el de un cementerio, no careció de color ni de gracia.

Todavía, antes de entrar a la crítica de los actores y las actrices, citaremos a una persona más como partícipe en el triunfo, a la diseñadora de la ropa, Anita Barbieris (además, empresaria, con don Joaquín Gallástegui). Entre la ropa, toda ella muy propia, figuran dos trajes que nos parecieron ni una sílaba menos de sensacionales, que son el segundo y el tercero de los que los luce Lilia Aragón: ellos ponen una decidida parte en la formidable creación que del papel de doña Bruma, la dueña del local placentero anexo al melancólico camposanto, hace la actriz. Verdaderamente hay humor, hay gracia, hay ingenio en esos atuendos, que son dos epigramas de seda, dos comedias de corte y confección, con las que fuimos más felices con los chistes mismos de que esta elegía está acaramelada.

Se le ha dado el crédito principal, en la hora de los aplausos, a Manuel Ojeda, ese excelente actor a quien hace 10 años veíamos en casi todas las películas nacionales: La tía Alejandra, Fuego en el mar, El infierno de todos tan temido, etcétera, pues en aquel tiempo encendía un contrato con la colilla del anterior. En el teatro le hemos visto trabajos sobresalientes; vienen a nuestra memoria Busca tu camino, La isla de las cabras, Educando a Rita, tiene un tipo muy varonil, una voz clara, una dicción perfecta, ductibilidad para adaptarse a diversas clases de papeles, y un notable poder de convencimiento para hacer al público creer en personajes vivos y no en artificiosas ficciones; en Caracoles nos pareció a la altura de su crédito.

Estamos siguiendo el orden de aparición, y ahora nos toca mencionar a Lilia Aragón, quien con un texto gracioso, y ayudada por esos dos vestidos a los que ya hemos aludido, consigue la actuación en que más nos ha gustado de cuantas le hemos visto; su personaje de los que en el argot teatral se califican de agradecidos; Isabela Corona hizo uno parecido en Jano es una muchacha, de Usigli, hace unos 36 años. También triunfa plenamente en su rol Pilar Pellicer, que esta vez encarna a una solterona del tipo de las que Antonio González Caballero ha dibujado varias; pero ese papel tiene muchos matices, y Pilar sabe recorrerlos con gran pericia; su personaje es menos pintoresco, pero con mayores bemoles de humanidad que el otro de los principales de la obra. Si comparamos esta actuación con otras que recientemente hemos visto a la señora de Gallástegui, hemos de decir que la preferimos ampliamente.

En un papel pequeño, y el último en ser nombrado en el reparto, volvemos a ver, tras de muchos años, a Gloria Morell, que fue linda damita de nuestro cine en su Edad de Oro (la de ambos, el cine y ella), y a quien habíamos perdido de vista desde El cielo prometido, de Jorge Villaseñor comedia de la cual han pasado ya varios sexenios. Doña Gloria impone su responsabilidad y su maestría desde el momento de su aparición, y no desperdicia bocadillo. Nos encantó. No muy atrás de ella queda Lourdes Villarreal, en otro de los pequeños papeles caricaturescos.

Es de importancia, y el actor Antonio Miguel ha sabido dársela, el papel del cura, pronunciado a la española, y muy bien marcado por el director; en el resto de los personajes, que son muchos, encontramos al joven Antúa Terrazas, con el menos cómico de todos los papeles de la obra, digamos el único serio. Luis Camarena, un poco crecido para su monaguillo, lo dice con gracia. Los demás artistas llenan sus partes (algunos de ellos doblan) de manera de integrar un conjunto muy bien armonizado.

Esta magnífica obra de Hugo Argüelles es un nuevo y sólido triunfo del teatro mexicano, que con piezas así va reafirmándose en la confianza que ya el público mexicano ha puesto en él. Pensamos que hará una larga carrera, y sólo nos atreveríamos a recomendar, si un autor que es maestro pudiera aceptar consejos, una mayor agilidad, aun con sacrificio de algunas líneas repetidas, en el primer acto, con objeto de más rápidamente llevar a los espectadores hacia el segundo, que es el que verdaderamente merece la calificación de admirable y delicioso, y él mantendrá la comedia en cartel durante mucho tiempo.