FICHA TÉCNICA



Título obra Intimidad

Autoría Hugo Hiriart

Elenco Héctor Gómez, Germán Robles, Luis Gimeno, Guillermo Zarur, Rolando de Castro, María Idalia, Manuel Guízar, Manolo García, Mario Sauret

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Intimidad de Hugo Hiriart]”, en Siempre!, 10 agosto 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   10 de agosto de 1988

Columna Teatro

Intimidad de Hugo Hiriart

Rafael Solana

En una de las recientes semanas aludimos aquí a una obra del joven (como autor) Tomás Urtusástegui, diciendo que Malkah Rabell, y nosotros mismos, encontrábamos dificultad para encasillarla, pues hallábamos en ella de lo trágico, de lo cómico, rasgos de costumbrismo, toques de farsa, algo de melodrama... esa obra, para nuestro gusto estupenda, es Cupo limitado, que todavía puede verse en el teatro de la Conchita.

El mismo desconcierto nos provoca Intimidad, de otro escritor sólo relativamente joven (con relación a Juan Ruiz de Alarcón, lo somos todos; ahora llamamos jóvenes a todos los que tengan menos años de escribir teatro que Luis G. Basurto o que Rodolfo Usigli), de Hugo Hiriart, que ya peina tantas canas como Tomás o como Carlos Olmos, o como Hugo Argüelles (Jesús González Dávila ya no peina casi nada, y en Víctor Hugo Rascón Banda es difícil encontrar síntomas delatores de edad, pues tiene el aspecto broncíneo de un yanqui de esos que se ponen verdes). La pieza de Hiriart ha llegado ya a 100 representaciones, lo que sigue siendo un considerable triunfo, aun si pensamos que las hay que llegan a mil, y a dos mil, y a siete mil. Por fin tuvimos ocasión de ir a verla, la noche del descubrimiento de placa. Nuestro desconcierto consiste en que no tropezamos en ella sino con dramáticas y aun crueles, a ratos crudelísimas, escenas de la vida real de los casados (el género de ménage fue inventado en París a fines del siglo pasado, y en el presente ha tenido muchos cultivadores) y el público, en cambio, responde a ella como se si tratara de un hilarante vodevil; resuenen risas en la sala, al tiempo en que en nuestro corazón sólo estallan sollozos. Angustiosa, oprimente, es tomada por la audiencia como si fuera una comedia de risa loca. Nos preguntamos de qué lado estará la razón, si del de los espectadores en general o del nuestro; y, sobre todo, cuál habrá sido en realidad el propósito del señor Hiriart al escribirla y al dirigirla. ¿Provocar risotadas? ¿Advertir a los incautos acerca de los peligros de un estado como el matrimonial, lleno de congojas, de espinas y de abismos? Descartamos una deliberada diatriba contra el sexo de las esposas, porque al de los esposos le va igual, para encontrar la cuadratura, a las parejas formadas por personas del mismo sexo, que no pueden ser llamadas matrimonios, pero que tienen con esa relación no pocos puntos de contacto. Esto quiere decir que el pesimismo del autor se extiende no nada más a las féminas, ni sólo a los varones unidos por el sagrado vínculo a ellas, sino también a los homosexuales y a las lesbianas. ¿Quién se salva? Probablemente nadie; o quizá los monjes y las monjas, aunque quién sabe.

Para nosotros es una pieza amarguísima y de un pesimismo que no admite consuelo. Eleva a la tercera potencia cuanto hayamos leído o visto en el teatro, el cine o la televisión sobre la vida conyugal. Si ustedes recuerdan algunas piezas de este tono, habrán notado que suelen ocurrir en la mesa del desayuno, que es donde el marido tiene la inconsecuencia de leer el periódico, antes de rasurarse, y la esposa, sin quitarse de la cara la crema ni del pelo los tubos, la de decir que ya no le alcanza el gasto. Hiriart ha llevado sus escenas a la cama (y hubo una obra holandesa así) y su descoco a presentar con el mayor detalle posible una escena de coito. No deja, lo que resulta urtusasteguiano, de mencionar calzones con una o dos rayitas amarillas o una mancha, lo que es realista y pintoresco, pero también maloliente y poco o nada elegante; como el maestro Leñero habría hecho, las mismas frases, en el mismo tono, se repiten, cuatro veces (cuando vimos esta repetición en una obra japonesa, al menos cada relator contaba desde diferente punto de vista). Al principio notábamos que se repetían entre los espectadores los codazos, como si cada marido o cada esposa quisieran indicar a su consorte “así eres tú”. Después se prefirió tomar la cosa a guasa, y cada vez que cada quien se veía en ese espejo (pues lo que ocurre en esa cama pasa de seguro en millones de ellas en el mundo, desde el principio de los siglos) optaba por mejor reírse; eso sí, con risa nerviosa, con mueca, pues es imposible que no le doliera a cada espectador el estar bien exhibidas en público, descubiertas, sus propias intimidades.

Por ese realismo, la obra gusta mucho, ha llegado a 100 representaciones, y alcanzará de seguro otras muchas; al dirigirla el autor mismo elimina esa dicotomía autor-director que se produce a veces en forma de contradicción y aun de guerra, entre los propósitos del uno y la interpretación del otro. Como un triunfador de esta pieza, además del directautor, hemos de citar la escenografía. Alejandro Luna, que se cubre de gloria al sacar de la nada una formidable escenografía: igual hizo en Cupo limitado, donde sólo se trataba de un elevador, como aquí únicamente de una cama; la representó con mucha mayor imaginación que la de El lecho nupcial o que la de la obra de la señora Buompadre que vimos hace uno o dos años. Le dio vida, movimiento y luces propios. Sacarse de la nada una escenografía así es una victoria inmensa para el señor Luna.

La marquesina y los anuncios nos hacen pensar que hay en la pieza dos artistas principales, una mujer (Martha Verduzo) y un hombre, Mario Casillas; la realidad es otra: los artistas son cuatro, dos de cada sexo, y no es posible advertir diferencias notables entre los tamaños o la importancia de sus papeles; únicamente son más conocidos la señora Verduzco y el señor Casillas, están respaldados por un más rico historial, que Patricia y Álvaro Guerrero; pero todos están igualmente bien, ninguno se destaca sobre los otros. Nos llama la atención que se dé crédito a un diseñador y a varios realizadores de vestuario, cuando un par de pijamas y otro de camisones, y unas trusas, pudieron comprarse en cualquier mercado sobre ruedas. Una de las damas y uno de los caballeros llegan a quedarse en pelotas. No nos parece posible que ninguno de estos “vestidores” (más bien encueradores) pueda aspirar a un premio por su arduo trabajo.

Intimidad es un triunfo más para los autores mexicanos, uno de los más distinguidos entre los cuales, en su generación (que ya dudamos en seguir llamando joven) es el señor Hiriart. Recomendamos mucho esta pieza a personas que no pertenezcan a Pro-Vida y que no se vayan a escandalizar por lo que oigan o lo que vean en unas camas en que se hacen las diversas formas del amor, lícito o no tanto, y en algunas ocasiones con abundancia de sugestivos detalles audiovisuales.