FICHA TÉCNICA



Título obra Severa vigilancia

Autoría Jean Genet

Dirección Humberto Zurita

Elenco Humberto Zurita, Daniel Salazar, Ángel Ancona , Luis Cárdenas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Severa vigilancia de Jean Genet, dirige Humberto Zurita]”, en Siempre!, 22 junio 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   22 de junio de 1988

Columna Teatro

Severa vigilancia de Jean Genet, dirige Humberto Zurita

Rafael Solana

Lo que llenó la sala del pequeño teatro Roma, incluso de algunas de las personalidades más distinguidas del ambiente teatral mexicano, no fue ni una clientela que esa sala hubiera ya sabido hacerse, meta todavía inalcanzada; ni el prestigio del autor francés Jean Genet, que sin duda es un buen escritor, pero que ya tiene a alguna gente un tanto cansada por la insistencia con que se ha puesto y repuesto su antipática pieza Las criadas; tampoco fue el prestigio de ninguno de los actores, aunque hay gente que los conoce, porque alguno de ellos, el hijo de Norma Herrera y Rubén Araiza ha tenido alguna actividad en televisión; fueron los nombres de dos artistas tan prestigiosos y tan queridos como Humberto Zurita y su consorte, la encantadora Christian Bach; él aparece como director de la obra, actividad que no le conocíamos, y ella se tomó la molestia de personalmente llamar por el teléfono a algunos de los invitados; es verdad que personas que ya se habían hecho el ánimo de acudir al estreno de Severa vigilancia (retrasado unos días por un accidente ocurrido a uno de los artistas) se desanimaron al averiguar que ni Zurita ni la señora Bach aparecerían en la representación; pero otros fuimos, aunque, la verdad sea dicha, sin mucha ilusión de divertirnos, porque sabemos lo amargas y lo desagradables que las obras de Genet pueden y suelen ser. Esta misma no deja de serlo, pero Humberto nos dio una formidable sorpresa al lograr una dirección llena de fuerza, y aun de violencia, y, de sus pocos experimentados actores, un rendimiento que también nos sorprendió, con lo que la representación nos pareció un completo éxito, y algo digno de ser calurosamente recomendado.

Recuerden ustedes obras, obras agrias, que tengan por escenario prisiones, y en las que no aparezcan sino hombres vestidos de harapos y casi perceptiblemente mal olientes: El beso de la mujer araña, Culpables, otra con Abraham Stavans cuyo nombre ya olvidamos, y que vimos en el Polyforum. Pues más repugnante que todas ellas es la de Genet; obra tensa, sin la sombra de una sonrisa jamás, alta de tono, gritada casi siempre, a empujones, salpicada de procacidades de pensamiento, de palabra y de obra; pero está tan bien escrita, tan bien actuada, y, sobre todo, tan admirablemente dirigida, que aun la persona menos inclinada a ese morbo y retorcido género la sigue con interés muy vivo, sin aburrirse ni un instante. A Zurita todos le tenemos por un buen actor, de personalidad muy vigorosa, de gran carisma; pues ahora ya no sabemos si preferirlo como director, pues ha logrado una labor tan entera, tan de una pieza, tan sin desmayo que ya podemos desde ahora candidatearle como el director del año. No ha exagerado su gestión, como otros hacen, al grado de dejar ver su ansia de ser el único que brille, aun por encima del autor (moda que no aprobamos y que a algunos ha conducido a lamentables excesos); pero tampoco se ha limitado a una dirección tradicional, a movimientos mecánicos o a la simple lectura del texto; la escenografía de Gabriel Pascal (por primera vez vemos una celda que realmente dé la impresión de angustioso encierro) ha logrado movimientos violentos (se cuelga del techo, materialmente algún actor; otros trepan por las paredes como arañas; algunos se afianzan a las rejas, como ya hicieron los de Culpables, en el Lírico); no deja de haber (como en Los ojos del hombre y en la película El expreso de oriente) alguna escena de morbo, de homosexualidad circunstancial (como la que vimos en El deseo llega al anochecer, de Inclán, que también tenía por escenario un presidio); pero eso no se convierte en la tónica dominante; Genet, que como ustedes saben, fue él mismo un delincuente y un encarcelado, subraya el hecho psicológico de la admiración que los asesinos, en este caso gente bajísima, analfabeta, sienten por aquel de ellos que cometió el asesinato más grave, para ellos, la más interesante hazaña; hay un personaje (y es a la vez el más flojamente escrito y el interpretado más débilmente) que es un guardián; pero no tiene el vigor del de Benedetti en Pedro y el capitán, sino parece prescindible, es el de menor carácter y su aparición se antoja innecesaria; en los otros tres los diferentes matices del crimen se expresan con autenticidad, como conocidos de primera mano y aun experimentados, por un autor que sabe de lo que se habla.

Tuvo al público en vilo la interpretación que de los tres personajes principales logran los jóvenes artistas, que han de tener a Zurita por su descubridor y lanzador: Armando Araiza, Guillermo García y Rafael Rojas. Han de hacer carrera, y ya los veremos en otros papeles diferentes; pero por lo pronto hay que verlos en esto que abordan, que dibujan. El público aficionado a ir al teatro a sufrir (los que de niños en vez de dulces chuparon chamoix) encontrará admirables todas estas actuaciones; Araiza es todo un personaje de González Dávila (mejor autor que Genet, a nuestro juicio), y su papel tiene amplitud de matices; menos variados, los dos están hechos como a hachazos, con una virilidad y una pujanza que impresionan. Pensamos que por fin hay una pieza que obligará al público a acudir a este teatrito al que hasta al que hasta ahora el público ha hecho ascos. Nace un gran director, brotan tres actores muy plausibles, y se nos da oportunidad de conocer una obra muy violenta, muy repulsiva, pero que no deja de tener fuerza y grandeza. Hay que ir al Roma a ver Severa vigilancia.