FICHA TÉCNICA



Título obra El debut de Robinet

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Lírico

Notas Comentarios del autor sobre el género vaudeville que en las salas de espectáculos metropolitanos se han remontado con el nombre de vaudeville arrevistado

Referencia Armando de Maria y Campos, “Cara y cruz del vodevil. Sátira y humor, frivolidad y calambur de este género que provoca las iras de autoridades municipales”, en Novedades, 25 junio 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Cara y cruz del vodevil. Sátira y humor, frivolidad y calambur de este género que provocalas iras de autoridades municipales

Armando de Maria y Campos

El teatro es producto de la vida de los pueblos, y jamás se desvincula de ellos, como les ocurre a otras artes. El teatro responde a una razón vital antes que a una teoría intelectual. Es más –y esto se ha dicho hasta la saciedad, y en todos los idiomas– cada pueblo tiene el teatro que merece.

Consecuencia de una corriente caudalosa de ansias de oír cosas más o menos fuertes en el teatro de revista disfrazada de burlesque –género de espectáculo en el que se presentan las mujeres y las ideas lo más descubiertas que permite el buen gusto–, se produjo la psicosis colectiva, arrolladora, de ver en los escenarios a mujeres semidesnudas que ni cantan ni bailan, disimulando una u otra actividad con ayuda de micrófonos, de movimientos, más que insinuantes, escatológicamente gráficos, con luces embriagadoras, con músicas delirantes. Así es como se han congregado en salas de espectáculos, indignas de una metrópoli que se distingue por la constante renovación de sus palacios, miles de espectadores ansiosos de oír, de ver algo nuevo –que a la postre resulta tan viejo como el hilo de coser– que les permita olvidar los problemas cotidianos que los asfixian y contra los que impotentes nada pueden hacer.

Esto ha ocurrido siempre. Primero se desnuda al político poderoso, intocable. Es decir, se le exhibe en bataclán, lo que equivale, en nuestro medio, desde que apareció en el teatro Iris, ahora hace 20 años, el espectáculo parisiense de la señora Rasimí que por primera vez en México –en este siglo, claro–, nos presentó mujeres casi desnudas. Desde entonces cada vez que se exhibe al natural a un político o una situación, en la intimidad, es decir, en su cruda realidad, se dice que "se ha descubierto un bataclán", o que tal líder o cual político son exhibidos "en bataclán"... Y si la situación alcanza ribetes cómicos, picarescos, en la que el desnudo exhibido provoca la sonrisa, que es flor de espíritus refinados, se afirma que se trata de un vaudeville...

Al desnudismo procaz en los "corrales de revista" que son los focos de nuestro mal teatro –el Tívoli y el Follies–; a la torpe exhibición de mujeres semidesnudas que ni cantan ni bailan, pero que sí "alternan" y aun "fichan" en los ciento y pico de cabarets que sufren las diáfanas noches del Valle de México, ha sucedido la reposición de los más trasnochados y vulgares vaudevilles franceses, con su caudal de escándalos en que algunos funcionarios han exhibido, también al desnudo, su desdén en materia de espectáculos, no obstante que están dedicados a la función de vigilarlos, orientarlos o enaltercerlos; y, ahora, una temporada de "vaudevilles arrevistados" –hágame usted el favor– que no son otra cosa que alguna que otra "situación vaudevillesca" presentada sin ingenio, diálogos monótonos, aburridos, sin el cabrilleo del matiz picaresco, que, por otra parte está vedado a tiples que se han "colocado" sin necesidad de aprender a hablar; situaciones más o menos vaudevillescas interrumpidas por números de variedad, es decir, por canciones al micrófono o bailes que pretenden dar la sensación de sensualidad. ¿Vaudevilles arrevistados? Bienvenidos si se inspiraran en los mejores modelos del género: La ola verde –que en su tiempo comentó y satirizó una psicosis pornográfica colectiva que sufrió Madrid, semejante a la que padece México; aparece en la obra un personaje, el autor don José Echegaray con una obra nueva bajo el brazo: –¿Verde?, le pregunta el empresario que sólo acepta obras de ese color... –Claro, le responde Echegaray–; como que ahora hago suceder a la vista del público, en escena, lo que antes sólo era referido por los actores...; La corte de faraón, Las leandras... El espectáculo de "vaudevilles arrevistados" que se presenta en el Lírico, es lo contrario de lo alegre, lo frívolo, lo picaresco o lo divertido...

El género de "vaudeville" es uno de los más deliciosos que creó el ingenio de Francia, que recreó, mejor dicho. Sobre las bases de la comedia frívola de Halévy y Meilhac, a la que frecuentemente pusieron música Offenbach o Suppé, Robert de Flers y Gastón Armand de Caillavet, levantaron el fino y frágil, insinuante y divertido género que congregó a fines del siglo pasado y durante dos décadas del presente en los teatros populares de París a un público compuesto por todas las clases sociales. Lo mismo que en América, es decir, en México y en Buenos Aires...

Georges Feydeau fue el rey de la carcajada, de la situación embrollada y comprometida, creador de personajes vivaces, ágiles y traviesos que se colocan por gusto en situaciones arriesgadas, y que tienen siempre una réplica ingeniosa para su interlocutor. Recuerdo la serie de situaciones, de frases irresistibles en su efecto cómico que sostienen obras como Encárgate de Amelia, La dama de Chez Maxim, El albergue del libre cambio; sobre todo aquélla: Mais n'te proméne done pas toute nué, cuya protagonista debe ajustarse estrictamente al título, y, sobre todo, La difunta madre de la señora, estrenada en 1908 por Marcel Simón en la Comédie Royale, y cuyo éxito fue tal que logró ser incluida, años después, en el repertorio de la Comedia Francesa. Antes, o al mismo tiempo, Tristán Bernard había estrenado L'Anglais tel qu'on le parle, Embrasse moi y El único bandido del pueblo...

¿Por qué elegir este vaudeville El debut de Robinet, que debía ser suspendido no por inmoral, que no lo es, sino por el mal gusto que campea en sus tres actos, para reanudar la temporada del teatro Ideal, clausurada no por la fina situación central de Chopin, sino por la forma procaz de exponerla y decirla, por actrices, ay, como la señora Emilia Guiú, que ni sabe hablar, pero tampoco accionar, ni andar, ni despojarse de las prendas íntimas con picardía y frivolidad y que –dicho sea de paso– es de las más mediocres que han pisado nuestros escenarios?

No: el género es delicioso, digno de las grandes ciudades cultas, refinadas, exquisitas y... aun con celosas autoridades que velen lo inmoral, México debería contar con una temporada permanente de vaudeville, bueno y bien hecho. ¿Obras a elegir?... De León Candillot, figura de primera fila, El subprefecto de Castel Buzard; de Paul Gavault, autor de La chocolaterita, Mlle. Josette, ma femme; de Félix Gandara, Le couché de la mariée, La dame de chambre, La comédiene; de Armont y Gerbidor, L'ecole des cocottesy Rat d'Hotel; de Hennequin y Veber, Florette et Patapon, Veinte días a la sombra, Reservado para señoras, Un gran negocio; de Ives Miranda, Una jornada maravillosa, Una mujer sin escrúpulos, y tantas de Valabrégue, Mouezy-Eon, Vilhaud, Quinson, De Gorsse, Modis, Gérault, Coolus, Berr, Mars, Nancey... Interminables enredos de alcoba en torno de una deliciosa actriz en camisa o en pantaletas... continuo abrir y cerrar de puertas, roperos con trampas, balcones propicios, cortinas acogedoras, camas con doble fondo, personajes que cruzan la escena medio vestidos, que hablan, que saltan, que ríen, en un cúmulo de disparates, perseguidos de cerca por la abeja de oro de la aventura del pecado...