FICHA TÉCNICA



Título obra Mi vida es mi vida

Autoría Brian Clarck

Notas de autoría Silvia Pérez Suárez / traducción

Dirección Héctor Bonilla

Elenco Silvia Pasquel, Maricarmen Vela, Mario Iván Martínez, el Chato Padilla, Miguel Macía

Espacios teatrales Teatro Polyforum

Productores Morris Gilbert

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Mi vida es mi vida de Brian Clark, dirige Héctor Bonilla]”, en Siempre!, 23 marzo 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de marzo de 1988

Columna Teatro

Mi vida es mi vida de Brian Clark, dirige Héctor Bonilla

Rafael Solana

Toda una lección de como se hace teatro, buen teatro, el mejor teatro, se ofrece los fines de semana (amplificados hasta los jueves) en el Polyforum Siqueiros: el entusiasta productor señor Morris Gilbert nos da esa cátedra. Todavía se discute, en algunos foros acerca de la primacía entre autor, director y aun actores, en materia teatral; discusión que nos parece y que damos por ya claramente zanjada. Lo primero es la obra (Andrea Palma solía decirlo en inglés: “the play is the thing”); el señor Gilbert ha escogido una estupenda obra, que ya nos era conocida, y que al tiempo de su estreno en México causó la mayor sensación. Se llamaba entonces ¿Mi vida es mi vida?, y ahora le han sido quitados los signos de interrogación. Con el autor, el británico Brian Clark, que vino a México en ocasión de alguno de los centenarios de su pieza, charlamos entonces largamente, y le expresamos nuestro aplauso por la originalidad de la obra, la trascendencia del problema que trata, y la maestría de su desarrollo. Vuelta a ver ahora nos parece más sólida que nunca. Hay que elogiar también la traducción, de Silvia Pérez Suárez. Clark se plantea un vigorosísimo problema de autoeutanasia, y lo ventila con una habilidad dialéctica admirable. Entre muchas virtudes tiene la pieza la de ir a más, ya que su segunda mitad es notablemente superior a la primera, en la que llegan a chocar algunas escenas frívolas, algunos diálogos hasta chocarreros, que se ve después que están con gran habilidad dosificados para hacer entrar en un cuerpo intensamente sombrío y dramático pequeñas luces de humor, que rompan la tensión y proporcionen claroscuro: toda ella seria, la pieza formaría un bloque granítico, que pesaría sobre los espectadores una tonelada.

Después de escoger una gran pieza (sobre la que no insistimos puesto que ya en forma amplia la comentamos hace pocos años), hay que atinar con un gran director que sea justamente el adecuado para el tono de la pieza, pues ni aun los mejores directores sirven para todo por igual. En el caso presente el director es Héctor Bonilla, hombre de teatro de amplísima experiencia (también es, si el caso se presenta, autor) quien lleva la enorme ventaja de haber sido intérprete, y un intérprete inolvidable, del personaje central de esta pieza, con el que obtuvo uno de los más firmes triunfos de su ya nada corta carrera de actor. Bonilla ha dirigido con una maestría, con muy penetrante conocimiento del sentido de la obra, y con viva experiencia no sólo del papel que él mismo hizo, sino de los que en su turno se hicieron en la anterior puesta en escena. Rinde Bonilla una notable dirección, sobre todo desde el punto de vista de profundidad, de intensidad, de verdad, sin descuidar el movimiento escénico, la iluminación, el aprovechamiento de espacios, las entonaciones, y todos los demás detalles, que haríamos muy mal en llamar secundarios ni mucho menos superficiales.

Lo tercero sería, en esta jerarquización, un cuadro de actores adecuados: una gran estrella para el papel central, y los mejores actores encontrables para el resto de los personajes: qué gravemente se equivocan quienes piensan que con tener una o dos o tres estrellas que encabecen los programas ya se han salido del paso; Bonilla encontró una actriz eminente para el papel de más peso (que, sin embargo, no nos hace olvidar la formidable actuación del propio Héctor, sobre todo en el primer acto); la señora Pasquel se crece en la segunda mitad de la obra (en la primera, hasta la criticaríamos por su velocidad en el habla); hay convicciones, hay emoción, que se apoderan del espectador; es la suya (la de Silvia Pasquel) una actuación sobresaliente.

¡Y qué bien están los artistas que la rodean! Hasta en los papeles pequeños (lección que nos han dado en el cine italiano y el francés, ambos en su gran época). Aarón, por ejemplo, cuyo papel es tal vez el segundo en importancia, da cátedra. Está exacto, astronómicamente justo, y tiene todo el peso, toda la autoridad que su personaje pide. Mari Carmen Vela está de una pieza, es un personaje para el que prescinde de su belleza y sus otros encantos femeninos. Teníamos curiosidad por ver ya en una obra en que alterne con otros artistas a Mario Iván Martínez, la revelación del año del anterior (se reveló con un monólogo que ahora puede vérsele los lunes, en el mismo Polyforum, cosa que mucho recomendamos); hace tres papeles; pero sólo uno de ellos permite brillo, el joven Iván lo alcanza, con la mayor inteligencia, con matices muy finos; en cuando al Chato Padilla (JLP, siglas que ya no están tan de moda como hace diez años), está sobradísimo en una escena única, de unos cuantos bocadillos, a los que da consistencia y seguridad. Se hizo muy bien en llamar a un actor tan grande, tan completo, como don Miguel Macía, para un personaje brevísimo (una sola entrada) pero que necesita para no hacer cojear la obra de una figura de primera clase.

El propio empresario, señor Morris Gilbert, tomó uno de los papeles, y lo hace muy bien; dio otros importantes a personas no muy conocidas todavía: Arsenio Campos, Susana Zabaleta, que, como efecto de una dirección acertada pues tienen facultades propias, cumplen excelentemente con su cometido; a nuestro juicio no encajó con exactitud el magnífico actor, de todas nuestras simpatías, Carlos Chávez, en el personaje que le fue asignado, y se salió un tanto del ambiente y del tono de la obra Bonilla con las escenas, entre clownescas y rocanroleras, de los afanadores.

Los siguientes pasos a dar por el productor no fueron tan atinados como los fundamentales, el sitio escogido no permite una escenografía ambiental (se trata de un teatro en redondo, sin paredes), y la sala misma nos sigue pareciendo no ideal para representaciones teatrales, sino más propia para circo, o pista de baile, o concurso de lucha grecorromana, que para buen teatro; pero esto puede suplirse y se perdona si son buenas (en este caso, estupendas) las primeras columnas que, insistimos, son, en ese orden: obra, dirección y actuaciones; por más que desde el punto de vista de la taquilla algunas veces los nombres de los artistas, si son estrellas, tengan más importancia que todo lo demás; pero esto ya no es juicio artístico, sino uno económico. Un concepto financiero, más que uno estético.

A nuestro juicio, volverá a ser un taquillazo Mi vida es mi vida. Quienes no la conocen, deben apresurarse a hacerlo, y quienes la vieron antes, encontrarán interesantísimo volverla a ver, comparar el reparto y la dirección actuales como los anteriores, que fueron también magníficos.