FICHA TÉCNICA



Título obra No me olvides en diciembre

Autoría Alan Ayckbourn

Notas de autoría José Luis Ibáñez / traducción

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Meche Pascual, Luis Couturier, Juan Carlos Serrán

Escenografía David Antón

Productores Lázaro Bécker, Benito Lasky

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [No me olvides en diciembre de Alan Ayckbourn, dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 3 febrero 1988.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   3 de febrero de 1988

Columna Teatro

No me olvides en diciembre de Alan Ayckbourn, dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

El siciliano Luigi Pirandello (Agrigento, 1867; Roma, 1936) es por lo menos, uno de los más importantes autores del siglo XX; el que diga que el más importante de todos, no dejará de encontrar argumentos para sostener ese extremo; y uno de los 10 o 12 máximos de la historia del teatro universal, podría agregarse; introdujo novedades radicales en el teatro; también fue cuentista, novelista en una sola importante ocasión, poeta lírico en sus años mozos; pero fue en el teatro donde dejó una huella vigorosa, donde hizo trascendentales hallazgos; no es el menor de ellos la mezcla de la fantasía con la realidad, o, mejor dicho, la duda acerca de cuál es una y cual otra; inseguridad que llega a ser angustiosa y aun asfixiante en algunas de sus más bellas piezas.

Se diría que no tuvo seguidores, o que tuvo pocos; pero si no provocó una escuela, una ola de imitadores inmediatos, sí dejó sembrada una semilla que sigue floreciendo, muchos años después, y en tierras muy lejanas. Nunca pasa mucho tiempo sin que veamos un estreno en el que podríamos rastrear algún pirandellianismo; la aparición de personajes imaginados, no por el autor de la obra, sino por una de sus creaciones, es un síntoma por el que puede reconocerse esta influencia. ¿Cómo no advertirla en, por ejemplo, Las sillas, de Ionesco; Juegos fatuos, de Carlos Olmos; Jardín de invierno, de Julieta Campos; El brillo de la ausencia, del mismo Olmos, y muchísimas obras más, unas mejores que otras?

No me olvides en diciembre, o Diciembre en olvidas me no [sic], como en el texto también se dice, es una más de ese tipo, y nos ha sido mostrada con aires de novedad, pero también de crítica festiva, por una pareja de nuevos empresarios a, quienes de la mano conduce el acreditado y capacísimo director José Luis Ibáñez, quien se apoya mucho en el escenógrafo as David Antón para lanzarse a una aventura que consistirá en abrir tres teatros en esta metrópoli, todos con obras extranjeras, y, por lo que de la primera nos pareció, hasta con traducciones importadas; ustedes cuando vayan al Independencia, tendrán más suerte que nosotros, y dispondrán de programas de mano para recordar cómo se llaman esos empresarios(1), y los autores de esa comedia(2) y de traducción(3), que nos pareció tan argentina como las elles y las yes del señor Serrán, que es uno de los actores.

Para interesar a nuestra primerísima actriz Adriana Roel en No me olvides etcétera, seguramente Ibáñez la hizo notar que su personaje ya está en escena cuando el telón se abre, y todavía allí permanece, sin abandonarla ni un segundo cuando la cortina se cierra; les gusta mucho a las actrices ser tan absorbentes y tan totales; parece como que no le dejan nada a nadie; pero les puede ocurrir (a Jacqueline Andere ya le ha ocurrido) que venga un actor, o una actriz que con una parte pequeña, relativamente, les robe las palmas y la atención del público. Y a Adriana, que, por otra parte, está en No me olvides (es otra manera de escribirlo) tan magnífica como siempre, esta desgracia le pasa con Ricardo Cortés, un actor al que por su banquellización tardamos en reconocer, y que acaba por ser quien se roba la obra, con un verdadero asalto; el público agradece estas grandes actuaciones de actores que no encabezan el reparto (se da el caso con Armando Calvo en Crónica a una suegra); pero nos imaginamos que las dueñas de la casa sentirán ganas de darles un tiro a estos artistas (a Bertha Moss se lo dieron en forma de fulminante despido, en dos o tres ocasiones, que podamos recordar).

La obra les ha parecido a muchos interesante, bien llevada y novedosa (aunque el pirandellismo tiene ya tres cuartos de siglo de edad); otros la encuentran sencillamente divertida; con un espíritu algo severo se podría advertir en ella cierto aburrimiento en el primer acto, deslizado con excesiva cautela, y en el segundo innecesaria prolongación (en realidad se trata de cuatro actos, el inicial más pequeño que los otros tres). Se exige del público estar despierto para ir distinguiendo lo real de lo fingido, a lo que el que ayuda mucho es el escenógrafo; pero eso (mantenerlo con los ojos bien abiertos) no siempre es fácil de conseguir, a pesar de que el director impuso a sus artistas (sobre todo a los complementarios) un tono muy alto, que a veces se puede oír desde fuera del teatro. Muy fuertes gritos y mucho movimiento físico colaboran para dar ese aire de diversión, un poco vareliana, a algunas de las escenas, sobre todo las del desenlace, que se vuelven un poco desorbitadamente cómicas.

Tras de elogiar al redoblado señor Cortés por su actuación inteligente, detallada y perfecta, y mencionar que Adriana no deja en ningún momento de ser la gran señora de la escena que siempre ha sido, pasamos a mencionar a otros dos artistas excelentes: a Meche Pascual, ahora en una muy bien lograda caricatura, y a Luis Couturier, en un papel muy poco agradecido, algo seco y árido, que roe con la mejor voluntad. También se deja ver un galán de la televisión, el apuesto Juan Carlos Serrán, que fascina a las teletontas, y que deja ver mucho más su físico que un talento que es posible que también tenga; es uno de los artistas que gritan más. Otros dos o tres hay, cuyos nombres no alcanzamos a memorizar; uno, que habla muy bien, equivocó el tipo (descuido del director, pues a la mejor chimolera se le va un tomate entero). Hacia el final de la obra el escenógrafo da una sorpresa, que no queremos quemar contándola.


Notas

1. Lázaro Bécker y Benito Lasky. José Luis Ibáñez. Testimonio personal. Noviembre de 1997.
2. Alan Ayckbourn. Idem.
3. José Luis Ibáñez. Idem.