FICHA TÉCNICA



Título obra Crónica de una suegra

Autoría Andrew Bergman

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Carmen Montejo, Jacqueline Andere, Armando Calvo, Carlos Bracho, Liliana Abud, Gastón Tuset

Escenografía David Antón

Iluminación Manuel Sánchez Navarro

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Crónica de una suegra de Andrew Bergman dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 25 noviembre 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de noviembre de 1987

Columna Teatro

Crónica de una suegra de Andrew Bergman, dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

Como en todos los mundos, en el del teatro hay bueno y malo, regular, pésimo y excelente; hay gente fina y la hay corrientona, personas de primera clase, y otras de tercera o cuarta; y no estamos pensando solamente en la calidad artística, que cubre una gama amplísima, sino también en la calidad humana; hay artistas magníficos que son poca cosa como personas, o individuos de grandes virtudes que no sobresalen mucho en su profesión.

Entre los artistas, y esto está tan generalizando que ha llegado a verse como cosa natural y común, hay egoístas, díscolos, envidiosos, rascuaches; los hay a quienes les sabe mal un triunfo ajeno, y que a los que a su lado arrancan aplausos, los miran como feroces enemigos. Conocimos a un actor muy famoso, perteneciente a una familia ilustre, y tan sobresaliente él mismo que su nombre ha sido dado a una academia para formar a otros actores; y una vez la escuchamos decir, en el seno de la Academia Cinematográfica a la que pertenecíamos: “Primero quisiera que me tragara la tierra que estar presente cuando le dieran un premio a otro que no fuera yo”. A esos artistas aviesos les duele en carne propia el éxito ajeno, y, si llega a darse el caso de que sean empresarios de una obra en la que van a trabajar, procuran completar el reparto con gente que no les haga sombra. “En esta comedia la que hace reír soy yo”, dijo una actriz gorda a sus compañeras de reparto, para que se aquietaran y no quisieran robarle cámara.

¡Qué bueno que también hay de lo otro! Y acabamos de ver un ejemplo muy confortante de ello: Jacqueline Andere, que además de ser una gran artista es una señora en toda la extensión de la palabra, se ha rodeado de los mejores artistas posibles para una comedia que ella misma presenta, y en la que hasta en el título deja verse a una compañera suya, pues la comedia se llama Crónica de una suegra, y Jacqueline no es esa suegra titular, sino lo es Carmen Montejo, de quien se habla durante todo el primer acto haciéndola foco de la atención; pero hay más todavía: para una par de escenas del segundo acto ha convidado a Armando Calvo, gran actor y persona queridísima aquí, que desde que aparece comienza a escuchar aplausos, y hace que la gente salga hablando de él; la señora Andere nada se rebaja con estos triunfos de sus mayores, sino con ellos adorna la pieza de la que es eje. Este dar honor a quien honor ha ganado, lo vimos a veces con doña Prudencia Griffell, con doña Virginia Manzano en Crimen y castigo, con don Juan José Martínez Casado en Aire frío: Ahora lo vemos con la Montejo y con Armando en esta obra en que se fuman dos papeles preciosos, del mayor lucimiento, y con ellos triunfan en grande, y dejan al público enamorado de ellos.

¿Pierde con ello Jacqueline Andere? Ni un sólo centímetro; ella está en su sitio, a lo largo de toda la obra, luce su belleza, su juventud, su palmito, su ropa, y conserva la conducción de la trama con una simpatía y una gracia enormes; la acompaña en esta tarea otro actor notable, y que está magnífico en su desempeño: Carlos Bracho.

Nos dirán anticuados, retardatarios y obsoletos porque damos a cada gran artista su lugar, y preferimos una obra hecha por ases a una interpretación por desconocidos o novatos; pero la verdad es que se ve muy distinto un reparto de figuras a uno de escolapios. Y en Crónica de una suegra, son figuras todos, en su diferente medida; ya mencionamos a los cuatro mayores; nos quedan por citar Liliana Abud y Gastón Tuset, quienes más jóvenes y con un currículo menos largo, son de todos modos figuras ya reconocidas como valiosas (la señora Abud, en un doble campo; como actriz y como autora de novelas para la televisión).

Y todavía podríamos citar algunos ases más; el director de la obra, que es José Luis Ibáñez (quien dirigió El vestidor, entre otras muchas piezas); el traductor, que es el experimentado y capacísimo José María Fernández Unsaín (que tradujo Un tranvía llamado deseo y muchas obras más); el escenógrafo, que es David Antón varios años seguidos premiado por los críticos: el iluminador, Manuel Sánchez Navarro; hasta el asistente de dirección, que es Juan Morán a quien no hace mucho vimos una versión excelente de El zoológico de cristal.

Quien resulta nuevo para nosotros es el autor, Andrew Bergman, de quien no recordamos otra obra; pero dista mucho de parecer un debutante; la historia que cuenta tiene poco de original, ni de trascendente [sic]; es una típica comedia ligera, muy bien narrada y muy bien llevada; su primer acto es impecable, y lo ha sacado Ibáñez a una gran velocidad (en él todavía no aparecen las dos estrellas veteranas); se hacen sentir la fluencia y la gracia de la traducción que mantiene el tono de comedia fina; en el segundo acto brillan los dos artistas adicionales, Montejo y Calvo, a quienes ya hemos jaleado; el tercero decae un poco porque se precipita la acción necesariamente hacia un desenlace, y hay alguna escena algo más lánguida que las de las dos primeras partes. Pero ya para entonces se ha apoderado de nosotros la impresión de que estamos viendo una comedia muy amable y muy divertida, dirigida admirablemente, e interpretada en forma insuperable y soberbia, y que es teatro de calidad suprema, al que nada sería posible agregar para perfeccionarlo.