FICHA TÉCNICA



Título obra De la calle

Autoría Jesús González Dávila

Dirección Julio Castillo

Elenco Roberto Sossa Martínez, Adalberto Parra

Escenografía Gabriel Pascal

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [De la calle de Jesús González Dávila, dirige Julio Castillo]”, en Siempre!, 2 septiembre de 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de septiembre de 1987

Columna Teatro

De la calle de Jesús González Dávila, dirige Julio Castillo

Rafael Solana

Por fin, después de vencer obstáculos de toda índole (una huelga; una reducción de la capacidad del teatro, que obligó a los organizadores a posponer para más adelante, cuando buenamente cupieran, a los chicos de la prensa; alguna coincidencia con otros compromisos); por fin decíamos, hemos podido conocer la obra de don Jesús González Dávila, De la calle, que ha de tenerse por una de las más importantes entre las suyas, por lo menos una de las más bromosas y difíciles de montar, por su reparto numerosísimo. El director Julio Castillo la hizo todavía más dificultosa con una escenografía, de Gabriel Pascal, sumamente exigente, y despectiva de los intereses de las empresas y de la comodidad de los espectadores, como suelen ser las de la Universidad.

En esta obra, que no podemos considerar la mejor de las suyas (ese título seguimos reservándolo para Amsterdam bulevar) González Dávila se recrea en recargar la mano sobre aspectos de su arte, y de la vida que retrata, que tenemos por negativos; a la brusquedad del lenguaje, a que ya nos vamos acostumbrando, y que esta vez rebasa los límites de lo necesario o lo adecuado, y a otras modas igualmente frívolas (las desviaciones sexuales, los desnudos integrales) agrega el autor un elemento que no nos era desconocido en su obra, pero que esta vez lleva a una exageración morbosa: la crueldad; ya nos había horrorizado alguna escena, o dos, de Los niños prohibidos, y nos había estremecido a ratos El jardín de las delicias; pero esta vez se llegó a lo que podemos considerar colmos: jugar futbol usando como pelota el cadáver de un niño, por ejemplo; desde la primera escena hay una muerte en escena que resulta no venir al caso; la historieta vertebral es la búsqueda de un progenitor (anagnórisis se llama esa figura) que ya sirvió a D´Amicis para su De los Apeninos a los Andes, y de la que la televisión ha hecho uso excesivo, pues casi no hay obra en la que no acaben por encontrarse un hijo y un padre que se desconocían; pero no es el hilo argumental lo básico en De la calle, sino la acidez (ácido sulfúrico, o sulfhídrico, que huele peor, no cítrico como el de los limones ni acético como el del vinagre); quienes hicimos ascos a Divinas palabras, de Valle-Inclán, a Los bajos fondos, de Gorki, somos ahora puestos al borde de la náusea; Goya, Daumier eran dibujantes de estampitas, al lado de este González Dávila, que moja su estilográfica en el excusado.

Pero, desde luego, independientemente de que a nosotros nos guste o no, es De la calle una obra muy importante, grande, del nuevo teatro mexicano; está escrita y compuesta con mucho vigor, y sus estampas son estremecedoras; ¿realismo? Creemos que se va mucho más allá de eso; la negrura del cuadro está retocada con tinta china, y hay abuso, notoria exageración, en la selección de los personajes, en su actuación y en su léxico; contamos 43 papeles, con lo que ya ha de deducirse que muchos serán superficiales o de paso; el que se presta a mejor dibujo es el del niño Rufino, al que el autor y el director (Julio Castillo, que ha hecho, dentro del estilo que ya le conocemos, uno de sus trabajos más notables) hacen sufrir toda clase de vejaciones físicas y morales; el infierno de Dante es una caja de cerillos comparado con lo que se nos hace ver y oír (casi oler) en esta obra, y Los miserables eran unos burgueses plácidos; Roberto Sossa Martínez es quién interpreta este papel (se ve que él ya no es tan niño), y a muchos les ha gustado; otro que ha recogido favorables críticas es Luis de Icaza, que exhibe impúdicamente su físico y un par de veces traga lumbre (más le valdría vender libros); también Adalberto Parra tiene una actuación que sobresale entre las demás; pero es de tal manera exagerada que casi la podríamos llamar calenturienta o delirante.

Nadie que quiera estar al tanto del teatro mexicano, o del teatro en general, debe perderse De la calle, por más que antes de ir a verla ya esté seguro de que va a pasar un mal rato; pero, como dijo un espectador a otro, en el tendido de la plaza de la Maestranza en Sevilla: “¿Usted cree amigo, que a los toros viene uno a divertirse?”