FICHA TÉCNICA



Título obra Delirium tremens

Autoría Ignacio Solares

Dirección Abraham Oceransky

Elenco Patricia Reyes Spíndola, Odiseo Bichir, Xavier Ruan

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Delirium tremens de Ignacio Solares, dirige Abraham Oceransky]”, en Siempre!, 29 julio de 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   29 de julio de 1987

Columna Teatro

Delirium tremens de Ignacio Solares, dirige Abraham Oceransky

Rafael Solana

En un local absurdo, por completo inadecuado, y más propio para decir misa que para representaciones teatrales, ha ido Nacho Solares a estrenar su pieza Delirium tremens, una muy afortunada adaptación para la escena de su narración del mismo título (México, Compañía General de Ediciones, 1979). Pero el éxito la noche del estreno ha sido tan grande que puede esperarse que se busque otro lugar más idóneo; por lo menos la mitad de las personas que esa noche asistieron tendrán que regresar para enterarse de algo, pues el lugar, además de incomodísimo, es sordo y ciego; hay quienes nada ven; quienes nada escuchan, y quienes, como los monitos chinos, ni ven, ni oyen, ni pueden hablar acerca de lo que ni oyeron ni vieron.

El principal defecto de la dirección del experimentado Abraham Oceransky ha sido el no tomar en cuenta esa insonoridad, y dejar que, con la sola excepción de Miguel Ángel de la Cueva, se le bajen de tono, hasta la inaudibilidad, sus actores, también invisibles para partes de la audiencia. Requiere el texto, en no pocos momentos, esa intimidad, esa interioridad que Oceransky ha comprendido muy bien; pero se le olvidó que esta vez no estaba en su casa, donde todo queda al alcance del auditorio, sino en la profunda nave de una catedral gótica en cuya construcción para nada se tuvo en cuenta que un día tendría que escucharse lo que en ella se dijera; ahora se presenta la disyuntiva, o elevar el tono de los actores que no siempre sería conveniente (tendrían que gritar) o, lo que aconsejamos, pasarse a un verdadero teatro (los hay disponibles) y dejar el que ahora ocupan para circo o para reuniones polacas o de informes, en los que lo que se agradece es no escuchar las vaciedades o las estupideces que en tal género de reuniones suelen decirse.

La obra de Solares es magnífica. Desde Chin Chin no habíamos visto tratar en el teatro el tema del alcoholismo con tanta garra y tan grande acierto: La maestra bebe un poco y ¿Quién teme a Virginia Woolf? tocan también el asunto, y, desde luego, una gran película que se llamó Semana sin miércoles. Fuera de eso nada recordamos en que el tema, que no es nada común, haya sido ventilado en forma tan interesante y eficaz. La construcción dramática es muy afortunada, y los diálogos tienen verismo e impacto. Nos pareció que la obra iba de menos a más, lo que es muy conveniente. La escenografía nos pareció inocente y paupérrima; pero eso se remediaría fácilmente en un teatro de verdad.

Otra de las cualidades de la obra de Ignacio es que permite el brillo de los intérpretes; desde luego, el de Patricia Reyes Spíndola, actriz tan querida y bien recibida de nuestro público, que llega al do de pecho, o muy cerca de allí, en las escenas culminantes; escuchó ella (esperamos que los artistas hayan escuchado al público mejor que como la mayor parte de él los escuchó a ellos) una gran ovación final, que se hizo extensiva a Odiseo Bichir, en el mejor trabajo que le recordemos, y a Xavier Ruán, de la Cueva y Lucero Lander, todos ellos bien en la medida en que sus papeles lo permiten (el crédito de Ruán es mejor que el de Odiseo; pero el papel de Bichir se presta más al lucimiento que el de Xavier).

Recomendamos mucho Delirum tremens, que los críticos hemos de tener en cuenta a la hora de los premios, a la mejor obra y a la mejor actriz, por lo menos.