FICHA TÉCNICA



Título obra Fuegos fatuos

Autoría Carlos Olmos

Dirección Carlos Téllez

Elenco María Rubio, Humberto Elizondo, Diana Bracho

Espacios teatrales Teatro Julio Jimenez Rueda

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Fuegos fatuos de Carlos Olmos, dirige Carlos Téllez]”, en Siempre!, 8 julio 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de julio de 1987

Columna Teatro

Fuegos fatuos de Carlos Olmos, dirige Carlos Téllez

Rafael Solana

Hay diversos puntos de vista desde los cuales puede ser enfocado y considerado un espectáculo teatral. Los críticos solemos situarnos en un mirador de la calidad artística, y calificamos de buenas o mejores, de malas o peores, las obras que vemos según nos perezcan bien hechas, tanto de acuerdo con reglas y cánones preadmitidos como por lo que atañe al efecto, a la impresión que nos hacen; los empresarios, en cambio, pesan sobre todo las posibilidades de recuperación, de buena taquilla, de las empresas a las que se lanzan. Es posible, pero rarísimo, que la buena calidad y la buena taquilla coincidan exactamente; sí se dan casos de buenas piezas que gustan mucho, pero tal vez más frecuentemente es que atraigan mucha gente las flojas, y poco las más delicadas o exquisitas; y al hablar así no estamos deturpando al teatro mexicano, puesto que esa consideración es aplicable al francés, al inglés, al español, al norteamericano, o cualquiera; ya Lope, hace siglos dijo que “el pueblo (el público) es necio, y, pues lo paga, es justo hablarle en necio para darle gusto”.

A Carlos Olmos como autor lo tenemos los críticos situado en un lugar tan alto y tan preferente, ya que le hemos entregado el premio “Juan Ruiz de Alarcón”, que es la más elevada recompensa que la prensa otorga a los autores nacionales; ello fue por su bella y bien construida pieza La rosa de oro, que a todos nos gustó muchísimo; también nos gusta El presente imperfecto; pero El brillo de la ausencia, que vimos hace poco, nos dejó más bien fríos (y, por cierto, tampoco le gustó al público). Ahora viene a nuestra memoria el hecho de que la primera vez que vimos Juegos fatuos(1), montada por un gran director, que es Xavier Rojas, e interpretada por las dos más grandes actrices que el teatro mexicano tenía en aquellos momentos: Virginia Manzano y María Douglas, no nos sacó de quicio la pieza, y lo más amable que de ella pudimos decir fue que esperábamos otras obras mejores del mismo escritor; obras que, en efecto, se produjeron.

Pero además de un excelente, aunque desigual dramaturgo, Carlos Olmos es un inteligente publicista; al pasarse del teatro a la televisión (antes el paso que se daba era hacia el cine) ha llegado prendiendo lumbre, y su telenovela ha sido la más popular del año, y la de mayor impacto y más alto rating de varios años; ya hemos comentado aquí, no hace mucho, como Cuna de lobos apasionó a México hasta alterar la circulación de los vehículos por las calles a las horas en que se presentaba. Algunos envidiosos la llamaban “Cuna de bobos”, y ahora “Palillo”, con su ácido humor, pone “Cuna de robos”, para aprovechar al actor que hizo el policía, Humberto Elizondo; pero, más listo que Jesús Martínez, Olmos ha usado a las dos principales figuras femeninas de su Cuna, a María Rubio, que como Catalina Creel ha tenido el mayor éxito que nadie haya tenido en nuestras pantallas chicas, y a Diana Bracho, sólida estrella teatral y cinematográfica desde antes de estos lobos. Si además de estos dos nombres usa el suyo como autor, y el de Carlos Téllez como director, es muy fácil suponer el taquillazo que le espera aunque sus Juegos fatuos siga pareciéndonos tan deleznable obra como la noche en que la conocimos.

¿Qué podemos decir de este estreno teatral? Una cosa muy importante: que la noche del estreno, una hora antes de la anunciada para que se diese la tercera llamada, ya la cola daba vuelta a la cuadra, y que la expectación por ver a María Rubio sin parche era tremenda. A Diana bien la conocemos, de Las dos Fridas, por ejemplo, y, antes, de Un tranvía llamado deseo, actuación que le fue premiada por la crítica. De la señora Rubio en cambio, lo que más recordaba la gente era otras actuaciones por televisión; la de Rina por ejemplo, que fue magnífica.

Es muy difícil que una obra teatral cambie de noche a la mañana o mejore con estar guardada unos años; sobre todo si, por bueno que sea el nuevo reparto, no iguala al anterior; pero en cambio bien claramente se ha visto que su taquilla puede cambiar en forma muy notable, por circunstancias de publicidad y de popularidad muy diferentes a las de la vez anterior. Juegos fatuos no es una obra mejor que la que habíamos visto; pero su impacto comercial es ahora formidable; y habrá muchísima gente que se dé por satisfecha con haber visto en persona a estas dos estrellas, después de que por meses las siguió por televisión.

Es evidente que lo que deseaba conseguir Carlos Olmos era un éxito de taquilla. Pues bien: enhorabuena, qué duda cabe de que lo ha conseguido.

No es necesario agregar nada acerca de las actrices, que son tan conocidas, y tan queridas: Diana hasta saca con buen humor y alegría su personaje, por sombrío que en principio nos parezca; la señora Rubio escuchó grandes ovaciones; pero no pudimos quitarnos la impresión de que todavía estaban aplaudiéndole su Catalina Creel, que bien merecida se tiene esa prolongación, pues fue realmente un trabajo estupendo.


Notas

1. Al respecto, no sabemos si se refiere a la presentación de la obra con motivo de la inauguración del teatro Alberto M. Alvarado en Gómez Palacio Durango, o a su estreno en el teatro Julio Jiménez Rueda el 20 de agosto de 1971. Xavier Rojas medio siglo en escena. p. 199 e Invitación al estreno en el segundo caso. A: Biblioteca de las Artes.