FICHA TÉCNICA



Título obra La casa de Bernarda de Alba

Autoría Federico García Lorca

Dirección Germán Castillo

Elenco Blanca Torres, Prudencia Grifell, Francisco Cuevas, Miriam Cházaro, Emilia Fisher, Luisa Garza

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La casa de Bernarda de Alba de Federico García Lorca, dirige Germán Castillo]”, en Siempre!, 13 mayo 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de mayo de 1987

Columna Teatro

La casa de Bernarda de Alba de Federico García Lorca, dirige Germán Castillo

Rafael Solana

Quién iba a pensar que una señora tan seria, tan austera y hasta mojigata como doña Bernarda Alba tuviera casa grande y casa chica. Por una curiosa coincidencia su casa chica se ha venido a instalar en el mismo edificio en que hasta hace poco estuvo la grande, que recientemente cambió de domicilio. Esta casa chica, por cierto, no es de nueva fundación, sino es polvo de viejos lodos; algunos ya la conocíamos y ahora nos parece extraño que resucite en momentos en que no parece hacer ninguna falta. La pieza de Federico García Lorca es archiconocida, hasta el grado de que podríamos decir que, como Bodas de sangre, ya ha sido memorizada por toda clase de públicos; y hay bastante gente que piensa que no viene al caso volver a montarla si no se tiene la pretensión de innovar en ella considerablemente, o la ambición de superar, en algún aspecto siquiera, a las versiones anteriores.

Esta casa que hemos vuelto a ver, ahora en el teatro del Bosque, es la de la Universidad Veracruzana, y ha sido dirigida por Germán Castillo(1), sin la amplitud de recursos de la que ahora en el Insurgentes tiene el empresario particular don Fernando del Prado y Colón de Carbajal, con una estrella mundial, que es la señora Nati Mistral y dos refulgentísimas nacionales, que son el director Pepe Solé y el escenógrafo David Antón, además de otras varias excelentes actrices, tales como Blanca Torres, y las hijas, ya aventajadas en su corta carrera, de algunos famosos actores y actrices. La Universidad Veracruzana no sólo ha suprimido, aparentemente por economía, los personajes superfluos (mendiga, niña, segunda criada, gente del pueblo), sino también uno de los importantes, que es la abuela; sus parlamentos no fueron cortados, sino puestos en boca de las nietas, lo que crea extrañeza y hasta confusión en quienes no recuerden con nitidez el texto, y despistaría por completo a alguien que por primera vez viese la obra, si ese alguien existiera; otro experimento del director Germán Castillo, tampoco afortunado, ha sido dar el papel de Poncia, uno de los más destacados de la pieza, a un actor (en casa de Oceransky el de Bernarda misma lo hizo, otro, Egon Wolfe, y tampoco eso era un éxito). Francisco Cuevas, que físicamente no puede ser llamado agraciado, ni muchísimo menos femíneo, se ve desproporcionado (también Egon parecía una giganta), por más que aparezca siempre inclinado y casi doblado; algunos de sus parlamentos pierden toda la gracia que tenían cuando los recitaba una vieja, como, por ejemplo, doña Prudencia Grifell; de todas las veces en que hemos considerado que el trasvestismo no ayudaba en nada, ésta en una de las que podemos llamar menos acertadas.

No hay escenografía, y eso no es un error; la cámara negra hasta podría dar más la impresión de ahogo, de prisión, de sofocación, que la que producía (produce, pues está en cartel) la especie de hotelito de playa que creó Antón, un lugar luminoso, aireado y agradable, en el que no caben expresiones como “las vecinas con la oreja pegada a la pared” o “arrimarse al portón para ver de sentir un poco de fresco”.

Germán Castillo no ha contado con artistas tan profesionales como los que Solé escogió; sin embargo, es de elogiarse el desempeño de la compañía veracruzana de Enrique Pineda, muy disciplinada y talentosa. Luisa Garza, que sostiene con firmeza su sequedad y su estiramiento, se pasa la noche dando bastonazos a diestra y siniestra, como si no le bastasen la autoridad moral y el terror psicológico para infernar su casa, sino hicieran falta los garrotazos. Emilia Fisher adorna su actuación con un desnudo casi integral, y no poco provocativo (se pone en tal parte un ramito de claveles, coquetería para la que tuvo poco tiempo la suicida, y cada una de sus hermanas viene a llevarse uno, de tal manera que no falten espectadores de primera fila que se quedan pensando que habría sido de agradecerse que en vez de cinco fueran 11 o 12 las hijas de esa familia, que por ser algo pequeña, no enseña mejor); a Magdalena, se nos ha hecho notar. (Rosalinda Ulloa) ya la había premiado la crítica, por un papel mudo que tomó en La boda, que ha sido uno de losaciertos teatrales más redondos de toda la historia de la Universidad Veracruzana.

Miriam Cházaro, con un color de pelo poco andaluz, es buena Angustias, papel en que hemos visto a actrices muy notables.

Volvemos a decir, como en unas recientes Bodas de sangre, que la obra es tan bella y tan vigorosa que lo resiste todo, y que puede ser vista y oída muchas veces en las más audaces versiones (como a una ópera muy conocida se vuelve con la curiosidad de escucharla con diferentes directores, orquestas, voces y verla con distintos vestuarios, escenografía, actuaciones). Es un buen trabajo del ya muy acreditado director Germán Castillo, y uno muy encomiable del grupo artístico bajo la responsabilidad de Pineda. Pero seguimos preguntándonos qué necesidad había de resucitar esta postura en escena ya conocida y que, desde luego, no es la mejor que hayamos conocido de la formidable y tremenda (también, en alguno de sus aspectos, pasada de moda) obra del más sensible dramaturgo que España haya tenido con posterioridad a don Pedro Calderón de la Barca.


Notas

1. Estrenada el 23 de abril. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.