FICHA TÉCNICA



Título obra Bodas de sangre

Autoría Federico García Lorca

Dirección María Alicia Martínez Medrano

Elenco Luis Gimeno, Guillermo Zarur, Rolando de Castro, María Idalia, Manuel Guízar, Manolo García, Mario Sauret

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Bodas de sangre de Federico García Lorca, dirige María Alicia Martínez Medrano]”, en Siempre!, 22 abril 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   22 de abril de 1987

Columna Teatro

Bodas de sangre de Federico García Lorca, dirige María Alicia Martínez Medrano

Rafael Solana

Hace un par de años, en Xalapa, oímos elogiar mucho el espectáculo Bodas de sangre, que ponía, en un lugar agreste cercano, un grupo de teatristas indígenas, nativos de una zona escondida del estado de Tabasco. Pero lo más alto a que nos parecía que llegaban los elogios nos pareció ser “aparecían caballos”, y eso no lo juzgamos suficiente; también salían algunos en la obra de Vicente Leñero sobre Morelos, que dista mucho de ser una de las mejores suyas; para ver caballos preferimos el hipódromo, o por lo menos la plaza de toros, donde toman una parte secundaria del espectáculo, pero sumamente dramática, a los ojos de las personas sensibles. Dejamos ir aquella ocasión. Y también dejamos pasar la de ver aquí esas Bodas, cuando vinieron a Chapultepec, porque supusimos que a los espectadores no se les habría brindado ninguna comodidad (nuestra experiencia de El lago de los cisnes nos resulta muy poco grata de ser recordada). En fin, aunque ya comenzáramos a creer en la buena calidad de este espectáculo, seguíamos haciéndole ascos, por la poltronería a que la edad avanzada nos iba empujando: si era cosa de sentarse en el suelo, o quedarse parado, nos resignábamos a perdérnosla.

Miguel Ángel Pineda nos engañó, nos dijo que ya había butacas, y que no se caminaba para llegar al sitio; él mismo nos llevó en una camioneta que tenía permiso para pasar más adelante que los demás vehículos, y nos aproximaría al escenario. Tales butacas no existen, y tuvimos que sentarnos en duras vigas, como en la Carpa Geodésica; y el acercamiento no fue tanto que nos privara de caminar, a campo traviesa, casi cayendo y levantando, medio kilómetro (demasiado para la comodona ancianidad del anónimo cronista). Pero ahora nos desharemos en bendiciones para Miguel, que así, con engaño, nos arrastró a algo que, una vez visto, por nada del mundo habríamos querido perdernos; un espectáculo sensacional y maravilloso, que no tenemos nada con qué comparar: ni con el ya mencionado Lago de los cisnes, ni con los entremeses cervantinos en las plazas de Guanajuato, ni con el Klans Stoertebeker de Rostock, que se representa a la orilla del mar, en la playa de Warnemünde, e incluye, además de muchos caballos, una batalla naval, a la vista de los espectadores.

La admirable y ambiciosísima directora de este teatro de maravilla, María Alicia Martínez Medrano, ha sumado y sumado, sin restar nada de importancia, y a una obra bellísima, la de Federico García Lorca, sin quitarle nada de sustancia, sino solamente algunos personajes segundones y una cuantas tiradas de versos, que ya veremos que son prescindibles, le ha agregado música, bailes, de sabor autóctono, etnográfico. La música, de tres fuentes: alguna está grabada con todos los adelantos de la técnica; otra parte la ejecuta una banda de pueblo, con su sabor; otra más es la de una fiesta con marimba y batería, que también rezuma autenticidad. Los bailes, multitudinarios, con un grupo muy numeroso de jóvenes muchachas y muchachos, coloridamente vestidos, son también muy folclóricos y animadísimos. Y ya tenemos cinco elementos importantes: la poesía y el drama, de García Lorca, por un lado; la teatralidad de una dirección admirable, por otro; y otros más la mucha y bella música, el mucho y vivo baile, y la interesante lección etnográfica. Todavía agreguemos algo más: el paisaje; esta vez no se ha hecho caber el drama en 40 ó 50 metros cuadrados, sino se han utilizado segundos y terceros términos, con árboles y arbustos de verdad, con el cielo, y las nubes, y el sol, cambiantes a medida que la tarde avanza. Nos quedamos cortos si decimos que el escenario mide 100 metros de frente por cien de fondo. Y estos diez mil metros están habitados, los atraviesan ráfagas de caballos (y ahora vemos más claro que nunca cuán importante es el equino en este obra de García Lorca) o los recorren bandas de niños; ahora no nos suena a falsa escena de los leñadores de que decía Manolo Fontanals, el escenógrafo del estreno del drama, que no les daba hachas de verdad porque los árboles que iban a derribar eran de papel; ahora los árboles son auténticos, y las navajas crecieron a machetes, que se manejan desde los caballos, como en un torneo medieval. Sustituir a la luna denunciante que aparece en el poema primitivo por una muerte a caballo es un hallazgo de la directora que el propio García Lorca habría aprobado con entusiasmo, como todo el resto de la adaptación, que no perdió nada de su fuerza dramática ni de su poesía al trasladarse de Andalucía a Tabasco, a tantos miles de kilómetros de distancia.

Algo había de perderse, en el cambio en que tanto se gana: los actores aficionados no hacen olvidar a los profesionales; a veces el texto se pierde, o por falta de la escuela en la emisión de la voz, o a causa de la amplitud del escenario. No nos importa, pues sabemos la obra de memoria; pero sí echamos de menos los tonos de una Margarita Xirgu, de una Carmen Montejo, de una María Eugenia Ríos, que son algunas de las grandes actrices a quienes hemos visto el papel de la madre; y en el de la novia, a Amelia de la Torre, a Tina Romero, a Claudia Guzmán. Y en el de Leonardo a Pedro López Lagar, y así en otros personajes. Pero a pesar de esta falta, ponemos en nuestra estimación personal, en la impresión que nos ha hecho, estas Bodas por encima de las de doña Margarita, de las de doña Carmen, y todas las demás que hayamos visto en nuestra vida, ya muchas. Quisiéramos que nadie se perdiera este espectáculo de belleza extrateatral por completo inusitada, y de valores teatrales tan auténticos. Ojalá que no se institucionalizase, como los Entremeses, como El lago de los cisnes, y que durara años y felices días aunque se fuesen cambiando los actores, porque fueran creciendo y se casaran las muchachas, o envejecieran o se fueran de braceros los galanes. Esa creación prodigiosa, allí queda, y entra en la historia el nombre de su directora, María Alicia Martínez Medrano.