FICHA TÉCNICA



Título obra Los hombres de la montaña

Autoría Hugo Hiriart

Notas de autoría Luigi Pirandello / inspirado en textos

Dirección José Luis Cruz

Elenco Patricio Castillo, Rosa María Bianchi ,Verónica Langer, Miguel Flores

Escenografía Gabriel Pascal

Productores Patricia Eguia

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los hombres de la montaña de Hugo Hiriart, inspirado en la obra inconclusa de Luigi Pirandello, dirige José Luis Cruz]”, en Siempre!, 18 marzo 1987.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de marzo de 1987

Columna Teatro

Los hombres de la montaña de Hugo Hiriart, inspirado en la obra inconclusa de Luigi Pirandello, dirige José Luis Cruz

Rafael Solana

Franz Liszt solía componer, para ejecutarlas él mismo al piano con su habilidad que, en el caso de su contemporáneo Paganini, violinista y guitarrista, era calificada de diabólica, rapsodias sobre temas ajenos; por ejemplo, sobre óperas, como Don Juan, de Mozart, o El trovador, de Verdi; las ideas melódicas eran ajenas; pero su ensamblamiento, su reducción para 10 u 11 dedos (se decía de Liszt que la undécima nota la tocaba con la nariz) pertenecían legítimamente al abate húngaro, quien con toda honestidad podía firmar esas composiciones como suyas, a pesar de que tomaba como punto de inspiración las de otros autores. Algo ha hecho el dramaturgo mexicano Hugo Hiriart al conjuntar una obra teatral con rasgos y personajes, inclusive con textos, de la última y la más abstrusa obra del genial Luigi Pirandello, sin duda una de las cumbres de la literatura teatral en nuestro siglo, uno de los talentos más originales de toda la historia literaria. Los hombres de la montaña es la pieza a la que Pirandello dedicó los últimos años de su vida, sin llegar a terminarla (la obra; que la vida sí que la terminó); varios directores se atrevieron con esta pieza particularmente difícil de seguir y de entender cuando en el teatro Julio Jiménez Rueda se dio una temporada pirandelliana con ocasión del centenario del nacimiento del dramaturgo (nació en 1867; el semicentenario de su muerte fue apenas el año pasado). La verdad de las cosas, lo dijimos en aquel tiempo, es que se queda uno sin alcanzar toda la significación de esta pieza, en la que se recrudecen las dificultades que existen para seguir otras obras del mismo autor, menos recargadas (Seis personajes en busca de autor fue respuesta en 1986, y Héctor Gómez había proyectado resucitar también Enrique IV, que hace años le vimos en Bellas Artes a López Tarso; sus actividades papales le impidieron a Héctor llevar adelante este interesante proyecto, para que el que pensamos que siempre estará a tiempo).

Hugo Hiriart nos ayuda un poco a masticar y digerir la obra postrera, y aun póstuma, de Pirandello; pero además de ello la ha empastado entre un prólogo y un epílogo (este brevísimo, como el de Los cuentos de Hoffmann) que tienen una gracia singular; el prólogo, sin por ello dejar de ser pirandelliano, es una delicia de comicidad fina, y de ambivalencia entre la realidad y la ficción, lo que es la esencia misma del pirandellismo. A cuajar, a continuación de preludio tan amable, una obra de la profundidad más intensa, le ha ayudado la dirección soberbia, inteligente y muy teatral, de José Luis Cruz, que logra uno de los trabajos más altos y perfectos que podamos recordarle; y Cruz a su vez se ha apoyado en una muy bella (no hemos dicho bonita) escenografía de Gabriel Pascal y en una producción, bajo la responsabilidad de Patricia Eguia, de un cuerpo de especialistas en ropa, máscaras, marionetas, elementos de utilería, que la hacen riquísima, sobre todo, muy fina; los artistas que forman el cuadro son 15, para una pluralidad de papeles; todos muy nivelados, muy metidos en el clima de la obra: pero dos se destacan notablemente: Patricio Castillo en el papel que tiene más texto, y que requiere mayor fuerza de convicción, y Rosa María Bianchi en el femenino más importante, con momentos de gran brillo escénico, con un solo que se recorta sobre el fondo de la función como un aria de concierto, en el que ella está por todo lo alto. Mucho nos gustaría también, sin que el preferirlos signifique menosprecio de los demás, Verónica Langer, un encanto de actriz, y Miguel Flores. La música y la iluminación, muy adecuadas.

La Universidad, con esta obra formidable, llena muchos de los cometidos que le corresponden: a la vez ha puesto una obra de autor mexicano muy valioso, y una de un genio universal del teatro; ha dado nueva ocasión de brillo espléndido a uno de sus directores más talentosos; emplea, y hace perfeccionarse en el teatro de la calidad más alta, a una docena de jóvenes, que se enriquecen en experiencia y se aquilatan al trabajar al lado de artistas ya tan hechos, tan cuajados, como Patricio y Rosa María; y a su público, que no es nada más el formado por estudiantes inscritos en sus facultades, pues el teatro universitario, como la radio, llega a todos los ámbitos, le ofrece un espectáculo de categoría suprema, capaz de satisfacer, y aun de asombrar, a los más exigentes, y que aumenta y afina su cultura; un espectáculo digno de nuestra máxima Casa de Estudios, y de cualquiera de Estados Unidos o de Europa, donde raramente podría igualarse dificilísimamente [sic] superarse, algo de tan alta clase y de tan perfecta realización.