FICHA TÉCNICA



Título obra Vísperas del alba

Autoría Sabina Berman

Dirección Marta Luna

Elenco Daniel Salazar, Ángel Ancona , Luis Cárdenas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Vísperas del alba de Sabina Berman, dirige Marta Luna]”, en Siempre!, 1 diciembre 1986.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de diciembre de 1986

Columna Teatro

Vísperas del alba de Sabina Berman, dirige Marta Luna

Rafael Solana

El teatro es un arte más proteico que otros; admite, como la literatura, como la pintura, como la música, gran variedad de tamaños y de formas. Nuestro temperamento conservador y nuestra educación clásica nos hacen preferir, a veces con enojo de algunos de nuestros criticados, las más sencillas y puras; nos encanta, nos convence y nos provoca admiración una obra unitaria, simple, diáfana; una obra teatral puede parecerse a una escultura griega, en su unicidad (salvo el Laocoonte, que es ya una complicación helenística); pero también puede parecerse a un mural de Miguel Ángel, de Giotto, de Tintoretto o de Diego Rivera, en la multiplicidad de sus elementos; y a la forma sonata de algunas composiciones musicales, que cambian, en sus partes, de velocidad, de intensidad, de riqueza orquestal y aun de tono, sin por eso perder una integridad o convertirse en un baratillo; también a la macedonia, que, teniendo su propio nombre, hoy usurpa el de coctel de frutas. Algunos novelistas, Cervantes y Goethe entre ellos, rompieron a veces el hilo de una narración para intercalar en ellas historias ancilares; el mayor de todos los genios teatrales, Shakespeare, no desdeñó interpolar escenas cómicas en sus tragedias, o en sus comedias momentos de seriedad.

Sabina Berman, una joven autora, de entre lo más valioso de su generación, ya conocida nuestra por tres o cuatro interesantes obras, ha presentado la más recientemente salida de su pluma, Vísperas del alba, en la sala La Colorina, convertida en teatro arena de bolsillo para la representación, que no lectura, de esta pieza barroca, compleja, polifácica (no polifásica, pues no se trata de tener varias fases, como la luna, sino de mostrar más de una faz). Podría juzgarse que carece de unidad de tono (que no es monótona) y hasta de estilo; pero mucho nos cuidaremos de considerar esta pluralidad como un defecto; la llamaremos "forma sonata", o señalaremos su variedad como riqueza de colorido. Es una obra romántica, erótica, costumbrista, un retrato de un momento de nuestra historia (derrumbe de edificios viejos, afectados o no por temblores) y de la semántica (su vocabulario grueso, la fecha con exactitud en nuestro tiempo); también es política, de terror, de denuncia, de suspenso, de triángulo amoroso... en fin, un caleidoscopio.

Preferir que hubiera tenido mayor cohesión sería como escoger un cuadro pintado en solamente sepia, o en gris, a otro en que estallen todos los colores del iris; pero para todo hay gustos.

Sabina es una autora joven inteligente, inquieta, esta vez se ha sometido a dos de las unidades aristotélicas, la de lugar y la de tiempo, pues todo ocurre en un solo decorado y la acción es continua; pero ha abierto en cambio un abanico de estilos; de tonos; la acción es una sola y seguida; pero, sin interrumpirla, se nos hace saltar de una tónica a otra, no por habilidad para tocar, sin romper la armonía, todas las cuerdas de lo cómico a lo dramático, de lo coloquial a lo poético, de lo burgués a lo revolucionario, desde la rebeldía hasta la resignación. ¿Cómo ha hecho Sabina caber todo esto en una sola obra, si habría podido darle material para media docena?

Recordemos las otras obras de la Berman, seguramente todas ellas; ninguna nos ha parecido ni más madura ni más vigorosa ni más cuajada que la que estamos comentando.

Es una verdadera lástima que el gran esfuerzo, el intenso trabajo (de selección de obras, de su estudio y su representación) y el fuerte gasto (habrá costado la serie de cinco lecturas medio millón, es decir, 100 mil pesos por obra, para menos de 100 espectadores, igual a más de mil pesos por persona que oyó cada lectura) se pierdan por indiferencia pública, ni productores, ni directores, ni siquiera críticos, aparecieron por allí, sino sólo algunas amistades de los artistas; tampoco se dejaron ver otros autores, que mucho tendrían que aprender de sus colegas, y que habrían hecho un acto de cortesía al escucharlos; ni otros actores, los que en cada fecha estuvieran libres, que habrían podido conocer papeles interesantes. Es por lo visto más fácil ir a Nueva York o a Londres a ver que hay allá que ir a Coyoacán, a pesar de que ninguno de los cinco autores leídos es un desconocido ni un pobre diablo, sino todos son figuras ya probadas y capacísimas. ¿Habrá que lazar a esta gente, para llevarla a actos tan llenos de interés y de calidad tan buena? ¿O habrá hecho falta el coctel, que es uno de los atractivos de otros estrenos?

Marta Luna, una directora desigual, que lo mismo nos da a veces trabajos poco menos que geniales que se pierden, otras, en marihuanadas o chifladuras, esta vez lució en todo el esplendor de su talento, y no economizó fuerzas para dar lo que en realidad fue una excelente representación, y no una lectura fría. Montó una escenografía, empleó una utilería, entonó y movió a los personajes, con la ropa adecuada (sólo nos escamoteó un desnudo, que más tarde cabrá en la obra). Si no fuese porque veíamos en sus manos papeles, habríamos creído que los artistas estaban ya estrenando la pieza, así de bien estudiada (salvo que la memorizaron) la tenían. Hizo mal Marta Luna en no dar las gracias por los aplausos, pues eran también para ella, como para la autora y para los intérpretes.

El único papel femenino (la obra tiene para las empresas el atractivo de ser muy corto su reparto) fue encomendado a "La fiera del Ajusco", la multipremiada Ángeles Marín, esta vez más encantadora y agraciada que nunca. Y con tan grande talento para la comedia como el que mostró en el género trágico, en la obra de Víctor Hugo Rascón en que la conocimos (en la de Leñero, en que disfrazó con aros de antejos su belleza, su papel fue descolorido). Se mostró como una estrella, con personalidad, con vivacidad, con intenciones en todos los cambios que su personaje, finamente cómico, pero también sensual, va teniendo.

En cuanto a los actores, que son tres, diremos que Daniel Salazar se limitó a una sola escena. La caricatura, delicada, de un propietario judío, y que sostuvieron un verdadero duelo, no solamente de arma blanca, como el de Caballería rusticana, sino de actuación, Ángel Ancona y Luis Cárdenas, a quienes la noche anterior habíamos visto en un papel que no les había venido mucho. En esta ocasión Cárdenas brilló con una personalidad fuerte, y matizó primorosamente su papel completo, cambiante, de múltiples facetas, sin que le fuera a la zaga Ancona.

¿Por qué no quitarles de la mano los papeles, hacer que los graben en su memoria, y dar ya una temporada de esta obra en este local, aunque sea pequeño (otros no son mayores) con taquilla abierta? Podría obtener el mismo éxito que han tenido Abolición de la propiedad, o Los motivos del lobo, o Santísima la nauyaca, o La rosa de oro, y Orquídeas a la luz de la luna, en teatros pequeños. No habría que esperar que se desocupe uno mediano (el Cantón, el Roma, el Reforma, el Granero); para cuando uno de estos locales esté libre, a lo mejor Sabina ya ha escrito otra obra; y ésta ya la escribió, y ya está lista, dirigida e interpretada; el público podría ir a La Colorina como ya va al Coyoacán, o a la Carpa Geodésica, o al "Ágora", o a la sala Gandhi... recordemos que El niño y la niebla se estrenó en una sala de menos de 100 butacas... y que se sostuvo un año, con casi 500 representaciones.