FICHA TÉCNICA



Título obra Sueños de un seductor de Woody Allen

Autoría Woody Allen

Dirección Mauricio Herrera

Elenco Óscar Morelli, Myrra Saavedra, Norma Yolanda López, Betty Olea, Laura Sotelo, Rebeca Mankita, Chela Estavané

Espacios teatrales Teatro Julio Prieto

Productores Julieta Bracho

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Sueños de un seductor de Woody Allen, gran éxito de Mauricio Herrera]”, en Siempre!, 27 agosto 1986.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   27 de agosto de 1986

Columna Teatro

Sueños de un seductor de Woody Allen, gran éxito de Mauricio Herrera

Rafael Solana

Como todas las reglas, la de que el humor sajón encuentra escasa aceptación en México tiene algunas excepciones, y ya hemos mencionado varias. También lo son los actores británicos Peter Sellers y Alec Guiness, y obras en que han tomado parte (del primero recordamos, sobre todo, la comiquísima cinta La fiesta inolvidable); naturalmente, hay que mencionar a Chaplin, que ha sido uno de los genios del siglo, y a los hermanos Marx. Hace poco tiempo ha surgido otro humorista norteamericano, que continúa la línea de Mark Twain, de O, Henry y de Will Rogers (ya estamos bordeando el riesgo de que las acepciones resulten ser más que la masa de aquello de lo que las consideramos singularidades): Woody Allen, que es actor de sus propios asuntos, y que ha ido entrando en la preferencia de auditores y lectores mexicanos, aunque lentamente y no siempre. Ahora Mauricio Herrera nos presenta una obra teatral de ese escritor, y, como en el caso que antes hemos mencionado, el de Javier Marc, la recomienda y la hace valer con su esfuerzo como actor. La pieza se llama Sueños de un seductor, y se ha presentado en el teatro Julio Prieto, como una producción de Julieta Bracho, que no encontró papel para ella misma y se fue a otra sala, pero que dirigió la coreografía de esta comedia.

Con cualquier otro artista en quien podamos pensar, tal vez no habría podido pensar en esta pieza con el éxito a que Mauricio Herrera la lleva. El es un cómico muy fino, un caricato sutil, que exige de su público agilidad e inteligencia. Ya le recordamos en otras obras, y sobre todo en Con cierto miedo, que le significó un triunfo muy señalado. Ahora se eleva sobre sí mismo; es verdad que no puede evitar el que sostener el mismo tipo, los mismos chistes, los mismos gestos, durante más de dos horas acabe por cansar un poco; pero esto no es culpa suya, ni del autor, sino del género mismo; el diafragma se va fatigando de centrarse en reacciones de risa, y el estrépito de las carcajadas va aflojando. Es más recomendable como técnica cómica, o el comenzar con alguna mesura, e ir intensificando el humor, con prudencia, o método argentino, hacer reír al principio y enternecer al final, y hasta arrancar alguna lagrimilla, lo que llegó a ser toda una especialidad en Luis Sandrini y en las comedias de Malfatti y Llanderas y otros escritores platenses.

Mauricio tiene actividad múltiple en Sueños de un seductor. Es, además de promotor y empresario, el escenógrafo, el director, por momentos el pianista, y sobre todo el actor principal. Imita en todo al creador original del personaje, a Woody Allen, y lo hace muy bien. Logra el resultado de mantener a una parte del público en una casi constante sonrisa, con sólo algún disimulado bostezo en las escenas que se alargan; pero otra parte del público, sobre todo la noche de invitados, se apresura a prodigar las carcajadas desde los primeros compases, aunque después se van cansando y el estruendo disminuye. Hay una escena en que sí es imposible contenerse y todos al parejo soltamos el trapo, y es la escena de la ópera, cuya comicidad, menos sutil que la de otras partes, en que hay que estar muy atento para captar matices muy delicados, es más irresistible, y logra efecto clamoroso.

El autor ha concebido un personaje tímido y casi por completo desprovisto de personalidad y de atractivos (no lo es Herrera, pero consigue darlo en su actuación) que se ha trazado por ideal de conducta frente al sexo contrario a un héroe de la pantalla, agresivo, burdo, tosco, al que podríamos definir como “el macho norteamericano”, para contraponerlo al "el charro mexicano”, tan popular en el cine; ese tipo fue creado en sus películas por el actor Humphrey Boggart, a quien hace Allen aparecer en escena como un inspirador y un consejero, en un acierto de comediógrafo. Interpreta este papel, con sobria gracia, Óscar Morelli. Un tipo más, importante, es el encomendado a Teo Tapia; por contraste con el pequeño y corto de Allen en la comedia, Alan, ha de ser grande, fuerte, seguro de sí mismo, emprendedor hombre de negocios (que resultan malos, como un gag más cómico a pesar de su repetición o a causa de ella, según la explicación que nos ha dado Freud acerca de la mecánica del chiste). Y con estos tres personajes y actores tenemos, por una parte, un pequeño grupo de cuatro músicos vivos (pianista, bajo, baterista y sintetizador) y por la otra media docena de chicas muy jóvenes y lindas, que son alegría para los ojos del espectador, y encarnan los sueños eróticos del protagonista; de entre ellas la que tiene más papel, y lo hace encantadoramente, en Myrra Saavedra, y la que baila más es Norma Yolanda López; las otras, Betty Olea, Laura Sotelo, Rebeca Mankita y Chela Estavané, no son menos hermosas, y también hacen sus papeles respectivos con gracia. La escena en que Chela nos da la versión woodyallenesca de lo que es una chica intelectual resulta una de las más cómicas de la pieza.

Hemos de confesar que no fue un gran éxito de taquilla esta comedia en sus primeros días; un público más bien escaso la recibió con cierta frialdad; pero ya en la función de prensa (ahora suele darse esta función no al principio, sino ya arrancada la temporada, lo que no es a nuestro juicio un acierto) el público, que esa noche sí llenó el Julio Prieto, resonó ampliamente, e hizo esperar que la obra irá entrando, a medida que se corra la voz del buen rato que se pasa con ella, y ampliando el crédito de que ya disfruta como un excelente actor cómico fino, un buen director un capaz escenógrafo.