FICHA TÉCNICA



Título obra El candidato de Dios

Autoría Luis G. Basurto

Dirección Lorenzo de Rodas

Elenco Héctor Gómez, Germán Robles, Luis Gimeno, Guillermo Zarur, Rolando de Castro, María Idalia, Manuel Guízar, Manolo García, Mario Sauret

Escenografía David Antón

Música José Antonio Alcaraz

Espacios teatrales Teatro Helénico

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El candidato de Dios de Luis G. Basurto, dirige Lorenzo de Rodas]”, en Siempre!, 20 agosto 1986.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de agosto de 1986

Columna Teatro

El candidato de Dios de Luis G. Basurto, dirige Lorenzo de Rodas

Rafael Solana

El anónimo cronista, veterano de mil batallas teatrales, recuerda con emoción algunas noches en que sonaron clarines de gloria para la dramaturgia mexicana. Una de ellas fue la del estreno, en el Lírico, de Cada quien su vida, de Basurto; un triunfo tan completo y tan bello que se le podría llamar un Austerlitz del teatro mexicano; otra, la de la primera representación, en el Globo, de Hoy invita la Güera(1), de Inclán, que también fue una noche de triunfo para nuestra escena. Muchas más ha habido brillantísimas, y entre ellas habrá que hacer figurar la del estreno de El candidato de Dios(2). Basurto, a sus 60 años, parecería ya más un hombre apoltronado, dispuesto a reposar en sus laureles valerosamente ganados; pero no se conforma con sus victorias pasadas, sino sigue en la brecha; ha escrito una obra nueva, que puede tenerse como la mejor de todas las suyas, aunque siga habiendo partidarios de Cada quien su vida como la de tesis más generosa y la de ejecución técnica más complicada, y vencida con acierto. Tan vivo está Basurto autor (además es director, que no ha dejado de sumar triunfos) que se ha dado el lujo de en dos días seguidos publicar dos libros con sus obras: el lunes salió a la venta uno que contiene Miércoles de Ceniza, Con la frente en el polvo y otra obra más, de ambiente eclesiástico, publicación de Editores Mexicanos Unidos, y el martes, de la editorial Grijalbo, El candidato de Dios, coincidiendo con su primera representación.

Pocos ejemplos podrán encontrarse de un teatro más profesional, más hecho en serio y por todo lo alto, que esta producción de don Fernando del Prado y don Ramiro Jiménez, en que todo es de máxima categoría; la obra, desde luego, no solamente de autor solvente y prestigiosísimo, sino entre todas las suyas o la mejor o una de las dos mejores; la presentación, con un decorado de David Antón estupendo, espectacular, en el que nada se ragateó; la ropa, severa, adecuada, seria, pero en ninguna forma modesta o barata; la dirección (Basurto gusta dirigir a otros, nunca de dirigirse a sí mismo) que es un acierto total de Lorenzo de Rodas; y el reparto, encabezado por sólidas figuras, completado con artistas eficaces y dignos de sus papeles.

El talento y la clase de esos intérpretes, con una dirección tan segura, hacen que todos los papeles resulten cubiertos con la mayor brillantez, y que en todo momento el público se dé un doble banquete, el de escuchar un hermoso texto y el oír a actores y una actriz que son honra del teatro mexicano.

No se trata de una comedia divertida, con la que se pase un rato amable y se ría o se sonría; es una pieza severa, austera, el autor ha desempeñado la posibilidad de darle un tono policiaco, y deja que cada espectador, ya en el coche, de regreso a su casa, haga conjeturas, ate cabos, abrigue sospechas; tampoco es rigurosamente una obra histórica, aunque sus personajes sean reales y su trama se refiera a hechos verdaderos; ni siquiera es una obra de tesis, aunque Basurto es de ello capaz (también tiene brillo propio como editorialista) y no solamente tiene ideas claras, sino sabe transmitirlas a los espectadores. Contra lo que un opinante vulgar podría pensar, al sólo saber que en el escenario no verá sino las sotanas de un Papa y varios cardenales, el interés jamás decae, se siguen los espesos y conceptuosos diálogos, cargados de miga, con una curiosidad creciente, y se escuchan las intrigas de los purpurados con avidez que va en aumento; no carece la composición de efectos teatrales, algunos ya vistos en el mismo autor, otros nuevos. Se trata, en suma, no de una obra superficial o ligera, sino de una consistente, sólida, que no provoca el aburrimiento, sino la admiración de un público, eso sí es necesario, algo superior al normal de los teatros, un público escogido, inteligente y conocedor; pero como ese tipo de público también existe en México, como el otro el de solamente divertirse y reír que ha hecho otros éxitos, puede esperarse que el que obtenga esta pieza sea firme y duradero.

Ya de pasada dijimos que la escenografía de David Antón es admirable, y brevemente diremos que lo es también la música, de José Antonio Alcaraz, uno de nuestros compositores y musicólogos jóvenes (relativamente) de más probado talento. También hicimos ya, aunque somero, el elogio del director, Lorenzo de Rodas, y el de los productores, que nada escatimaron para dar calidad suprema al espectáculo. Nos detendremos ahora en algunos de los actores, todos ellos excelentes.

El primer lugar corresponde a Héctor Gómez, no solamente por ser el que antes aparece en escena, ni porque es el personaje de mayor categoría social (en el teatro clásico español, a quienes primero se menciona es a los que hacen los papeles de reyes), sino porque la obra está escrita de manera que sea Juan Pablo I el más importante, y el que tiene las simpatías y el cariño del autor, quien pone en su boca sus propios pensamientos (los propios del Papa y los propios del escritor); tal vez sea este papel (y sin el tal vez, aunque recordemos el que hizo en El beso de la mujer araña) el mejor que haya hecho Héctor en su vida y el que haya hecho mejor. Toda la bondad, toda la sencillez del Pontífice encuentran personificación en la voz y en las actitudes de este actor disciplinado, serio, que no sacrifica la verdad de su personaje en aras de efectismos. Es toda sobriedad esta actuación, que no se inclina hacia lo melifluo o delicuescente, hacia una ternura o un sentimentalismo fáciles, en ningún momento. Está vivido el papel con el mismo respeto con que fue escrito; no se puede menos que simpatizar con él.

Escogimos como el segundo artista, para hablar de él, a Germán Robles, que posee una personalidad muy acusada, y una cabal maestría en la emisión de la voz y en el dominio de sus gestos; este papel tiene un cambio; comienza seco, austero, y hasta un poco antipático, y se va ganando al público poco a poco; sólo un gran artista, como Robles lo es, habría podido lograr esta transición tan emocionantemente.

El caso de Luis Gimeno es diferente, pues su personaje, más breve, es altivo, insolente y antipático, sostenidamente; Gimeno le presta vigor, con su propia fuerza dramática. Otros tres artistas buenos cubren personajes importantes: Guillermo Zarur, que está muy subrayado en su tipo poco simpático; Rolando de Castro, no exagerado en la expresión de la cierta blandura que tiene el suyo; y Manuel Guízar, duro e inflexible en sus líneas orgullosas y tirantes. María Idalia, la única mujer en el reparto, representa 20 años menos que los que debiera tener su personaje, y se ve más guapa de lo que sería conveniente (es un papel como para doña Prudencia); pero aprovecha los pocos resquicios que su texto le da para probar su capacidad. Manolo García hijo y Mario Sauret nada dejan que desear en los papeles complementarios, más pequeños que los de sus compañeros.

Teatro de este tipo, tan cuidado en todos sus aspectos, nos permite afirmarnos en la idea de que se hace hoy en la ciudad de México espectáculo teatral con tanta categoría como el que mejor se haga en el mundo. Y una obra como El candidato de Dios nos hace enorgullecernos de que existen en nuestro país autores que se pueden medir con los mejores de otros idiomas y de otros continentes.


Notas

1.Véase la crónica respectiva del 13 de abril de 1955 incluida en este volumen.
2.En el teatro Helénico. P. de m. A: Willebaldo López.