FICHA TÉCNICA



Título obra Los gallos salvajes

Autoría Hugo Argüelles

Dirección José Enrique Gorlero

Elenco Jébert Darién, Fernando Montenegro, Sergio Bustamante

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los gallos salvajes de Hugo Argüelles, dirige José Enrique Gorlero]”, en Siempre!, 14 mayo 1986.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   14 de mayo de 1986

Columna Teatro

Los gallos salvajes de Hugo Argüelles, dirige José Enrique Gorlero

Rafael Solana

No se desliza la vida artística de Hugo Argüelles como un manso arroyuelo, que discurra apacible por un valle ameno; está por el contrario, llena de accidentes, de altas y bajas, de intentos audaces, de aciertos asombrosos y de fallas lamentables; es uno de nuestros hombres de teatro de vocación más firme, uno de los más trabajadores y constantes; y no se ha limitado a escribir, sino ha derivado hacia la enseñanza, dirige a veces, y hasta veleidades de actor se le han conocido; es un teatrista de tiempo completo, y, desde su primera obra, uno de nuestros comediógrafos más considerables y dignos de respeto.

Habíamos llegado a formarnos la opinión de que se le podía poner como uno de los ejemplos (otro muy visible sería Héctor Mendoza) de autores que, tras un debut brillante, se sostienen, sí, pero no llegan a superar su primera salida; la de Hugo fue la comedia, Los cuervos están de luto(1) que es ya una pieza clásica del teatro mexicano, y que con frecuencia se repone, con éxito. Inmediatamente después de ésa tuvo otras muy buenas, también dentro del género del humor negro y de la crítica amarga; Los prodigiosos(2), El tejedor de milagros; también incursionó en el cine y en la televisión, y siguió estrenando más y más; tiene el récord de haber estrenado en teatros importantes en dos días seguidos dos obras grandes(3); pero si a veces acertaba de lleno (son juicios personales del cronista) otras derrapaba lamentablemente, como le ocurrió con El retablo del gran relajo, que fue una vulgaridad y una inepcia; otras obras, algunas de ellas con largos títulos, y frecuentemente con nombres de animales (lo que da un poco la tónica de su temática) fueron muy buenas e hicieron avanzar el prestigio del infatigable escritor; una en particular nos chocó, que fue El ritual de la salamandra, que tuvo un muy buen éxito de público. Otras, como ya decíamos, subían y bajaban, gustaban a unos y a otros no; pero mantenían en forma constante el nombre de su autor en las carteleras.

Cuando ya pensábamos que nunca igualaría Hugo su pieza inicial, y que hacía mal en alejarse del tono cómico, dentro del cual llegó a ser el rey del humor negro, no sólo entre nosotros (otra vez juicio personal), sino en el mundo que conocemos, ha venido a sorprendernos con un estreno en el que la verdad es que no fiábamos mucho, al conocer su abracadabrante asunto (no nuevo en el autor, que ya lo había insinuado, desagradablemente, en El ritual). Nos hemos encontrado, la noche el estreno en el teatro Wilberto Cantón, de la Sociedad de Escritores, con una obra magistral, a la que auguramos y deseamos el mayor de los triunfos. Su primer acto es una verdadera cátedra de construcción dramática. Pensamos que esta obra podrá sostenerse en cartel mucho tiempo porque ha de atraer a tres clases de público: al auditorio gay, al que ahora está de moda dirigirse, y que tiene a Argüelles por uno de sus dioses (hermandad que ha solido dar buenas entradas en el Foro de Shakespeare, en el Granero, en el Polyforum); el público tremendista, amante de las emociones fuertes, de los guisos muy picantes, de los atrevimientos más audaces; y al de los entendidos; los que saben saborear y descubrir lo perfectamente escrito, dirigido y actuado; estos tres tipos de concurrencia, sumados, podrán atiborrar el teatro Cantón, así lo quisiéramos, por semanas y meses; pero sobre todo los terceramente mencionados espectadores han de correr la voz de que se trata de una obra maestra, tal vez llamada a acaparar premios; ya ese teatro se vio muy concurrido cuando se puso allí otra obra buena, escalofriante y sangrienta, que fue El jardín de las delicias, de Jesús González Dávila; pero la de Hugo es mejor, y si iguala a la otra en algunos renglones (el de una soberbia actuación masculina, por ejemplo) en otros la supera ampliamente.

No pudimos menos que estar pensando, durante el admirable primer acto, en que ahora sí que valdría la pena que vinieran empresarios de Nueva York, de Londres o de París para llevar esto a sus escenarios, pues es una pieza que causaría sensación allá. Por momentos la veíamos con Richard Burton en el papel que estaba haciendo Bustamante, y José Ferrer en el que hacía Darién; o en película, con Marlon Brando; esto sí que sería una aportación mexicana muy valiosa a las corrientes más modernas del teatro universal.

Hugo Argüelles es maestro; pero no solamente en su salón de clases da cátedra; basta ir a ver esta obra suya al teatro para aprender cómo se escribe; ha escogido un lenguaje muy rudo, aunque casi lo ha limitado a un solo personaje, en el que perfectamente cabe y con el que en forma admirable marcha; el tema que escogió el autor es, como otros suyos, o más que ninguno, violento, macabro, morboso; pero no siempre en el teatro (ni en otras formas del arte) la exageración es condenable: a veces hay que llamarla siempre grandeza; no se ha detenido Hugo ante nada; en materia de incesto, ha ido más allá de a donde llegaron los griegos en su tratamiento de la familia de los labdácidas, y en cuanto a crueldad, ha rebasado al Ricardo III, de Shakespeare, y ha igualado a las obras más espeluznantes del género grand guignol en sus momentos más delirantes; también ha tomado algo del teatro de locos, de psicópatas, que se ve que muy bien ha estudiado; un poco podría afeársele, pero se ve que incurre en ello no por torpeza a falta de contención, sino en forma deliberada, el que introduzca un par de veces, en sus primorosamente escritos parlamentos, chorros de agua para el molino de la propaganda en que luchan también, valerosamente, otros caudillos de tan grande talento como Nancy Cárdenas o José Luis Alcaraz; hay un par de verdaderos rollos, acerca de "los griegos eran así" y una andanada en que se pretende extender el acta de defunción no del machismo solamente (ya tuvimos El macho, de Edmundo Báez, hace 20 años) sino hasta de la virilidad, que parece condenada (por el autor) a desaparecer, borrada por ideas más nuevas; no llegan estos pedruzcos a entorpecer la marcha de la pieza, que vuelve a cobrar aliento y que retoma su paso después de escuchadas estas ponencias. En ese primer acto, cumbre de las letras dramáticas mexicanas, Argüelles, que victoriosamente en esta pieza se sujeta a la jaula de oro de las unidades aristotélicas, y que por gala se reduce a tres personajes únicos (más tarde aparecerá un pequeño coro como una pincelada de color) va el dramaturgo exponiendo a sus tres agonistas (padre, hijo, y... ¿espíritu santo?) en una forma evolutiva que los hace perfectamente comprensibles; no nos los da hechos, ni platicados, sino los vamos viendo perfilarse, cuajarse; esto es una cátedra de buen teatro, superior a cuantas pueda dictar en un salón de clases este maestro.

Si el segundo acto no iguala al primero, no es porque se trate de un aflojamiento o de un descenso, sino porque en el primero se llegó ya a la fijación de los caracteres y al planteamiento del problema, que ya no puede avanzar sino hacia su final, a su explosión, todo lo cual también es hábil. Los gallos salvajes es la mejor lección que puede el profesor Argüelles dictar a sus alumnos.

Ya no podremos premiar al director Gorlero como la revelación del año, porque nos parece que ya lo hicimos por su trabajo del próximo pasado; pero se afirma sólidamente como un gran director, al entonar y mover con supremo talento esta obra dificilísima, estática, sin entradas ni salidas frecuentes, y toda ella en el tono más alto de la escala, con peligro de desbordarse a cada momento. Es enorme el triunfo de Gorlero como director de esta pieza; y muy bueno el trabajo de Figueroa como escenógrafo de ella.

Nos parece haber escuchado, hace tiempo, que los actores en quienes se había pensado para estrenar Los gallos salvajes (bajo la dirección de Marta Luna) eran Salvador Sánchez y Jaime Garza; y durante la representación algunas veces estuvimos imaginando cómo habrían estado estos artistas en los dos papeles centrales; habrían estado estupendos, porque ambos son magníficos, y, sobre todo, porque los personajes han sido tan magistralmente escritos que, no diremos que se hacen solos; pero sí que prestan asideros múltiples para que buenos intérpretes brillen en ellos en forma sobresaliente. Sánchez tal vez habría estado más oscuro, más misterioso, más interior, que como está Sergio; a Jaime el otro papel le habría venido perfectamente.

Pero no pensemos en quienes habrían podido hacerlos, sino en quienes los hacen, en forma triunfal y maravillosa. El primero en tirarnos de espaldas, en orden de aparición en escena, ha sido Jébert Darién. Le habíamos perdido de vista por años; es un prohombre de nuestro teatro joven; una figura comparable con las de José de Jesús Aceves y Xavier Rojas; uno de los que llama Margarita Mendoza López en su libro "renovadores del teatro mexicano". Fue un gran director, y también un actor notable. ¿Le vimos Queja contra desconocido? Tal vez. De seguro, Maxtla, de Pablo Salina, y estrenar en México Le diable et le bon Dieu, de Sartre. ¿Por qué se había perdido, a dónde se había marchado, hombre tan valioso? Si es de Hugo Argüelles el mérito de ir a encontrarlo, sacudirse el polvo, y resucitarlo, felicitémosle por esto también. Darién, en un papel que le viene como escrito para él, está de una plaza, poderoso, diáfano, emotivo, valiente. Difícil será que volvamos a ver en el año una coactuación como la suya. Y difícil también que presenciemos otro debut tan espectacular como el que con esta pieza tiene el joven Fernando Montenegro, alumno de Sergio Bustamante, adelantadísimo; tiene presencia, voz muy clara, y profundidad insondable; la escena en que nos revela su psicopatía, al ir describiendo la venganza que proyecta tomar de sus ofensores, es un aria alucinante, que nos va sumiendo en el horror trágico; se mueve en escena con naturalidad, y vive su complicado personaje en forma que poco nos deja que desear a los espectadores, aun en la consideración de que se mide a lo largo de la obra con dos gigantes.

Pero el triunfo clamoroso es el de Sergio Bustamante, un gran actor nada nuevo para nosotros, a quien hemos visto alcanzar las cumbres lo mismo en Calígula que en muchas otras obras (si bien nos ofrece sus actuaciones geniales entremezcladas con otras muy deleznables, en comedias de bulevar o en Anita la huerfanita); ahora que tiene un gran papel, raya Sergio a la mayor altura; da vida a su personaje violentísimo, lleno de alcohol, de sexo y de morbo, y como es un actor extrovertido, brillante y espectacular, lo pone de manifiesto como en un aparador y bajo muy fuertes luces; tiene Bustamante, en su vistoso estilo, una actuación verdaderamente soberbia.

La ovación final era muy grande y muy calurosa, cuando Hugo la cortó para decir un discurso que enfrió algo los ánimos; de todos modos tuvimos la impresión de que la pieza entraba con el pie derecho, y la de que va a congregar a esos tres ya nombrados auditorios; el de los conocedores, el de los morbosos y el de los gay; habrá muchas personas que pertenezcan no a uno solo, sino a dos de esos grupos, o tal vez a los tres.


Notas

1. Véase la crónica respectiva que con fecha del 11 de mayo de 1960 se incluye en este volumen.
2. Idem. 5 de abril de 1961.
3. Al respecto consulte la crónica del 10 de marzo de 1982 incluida en este volumen.