FICHA TÉCNICA



Título obra De película

Autoría Blanca Peña

Dirección Julio Castillo

Elenco Julieta Egurrola, Lourdes Villarreal, Luis Rábago

Escenografía Gabriel Pascal

Iluminación Gabriel Pascal

Coreografía Ricardo Luna

Espacios teatrales Teatro el Galeón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [De película dirige Julio Castillo]”, en Siempre!, 26 marzo 1986.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   26 de marzo de 1986

Columna Teatro

De película, dirige Julio Castillo

Rafael Solana

Por fin pudimos, después de varias tentativas fallidas, conocer la obra De película que los críticos premiamos, por consenso mayoritario, como lo mejor del año pasado en materia de teatro de búsqueda en México. Y no se crea que verla fue completamente fácil; todavía tuvimos que vencer algunas dificultades y rodearnos de cierto misterio, De película es una de las obras de autor nacional que vienen desde hace tiempo agotando las localidades, y que están en mayor número que las piezas extranjeras que también lo hacen. Las mexicanas son, además de ésta: El extensionista, de Felipe Santander; Los totoles, de Carmen Boullosa; Falsa crónica de Juana la loca (que ha cambiado de teatro), de Miguel Sabido; y Debiera haber obispas; las norteamericanas que siguen haciendo mejores entradas, producciones costosísimas y de gran aparato, son; Violinista en el tejado, La tía Mame y La familia real.

El enorme éxito de taquilla que obtiene De película es muy explicable(1); se trata de un gran espectáculo, de vigorosa novedad, de amplísimo reparto; tiene una duración de más del doble que otras obras (tres horas y media) y cuesta la mitad que las más baratas (800 pesos); cierto que voluntariamente limita a su público al formado por adultos que no se asusten ni por los encueramientos (termina en una exposición de pizarrines) ni por el vocabulario grueso (abundan los términos rudos) ni por las escenas eróticas, hay un coito en vivo y a todo color, fingido en un excusado, maloliente sitio de también muchas otras escenas de la pieza, en la que varias veces vemos orinar y defecar a varias personas de uno y otro sexos, como para que no pueda decirse que ningún aspecto del realismo ha escapado a la observación del director y de la autora)(2).

A una costumbre del teatro moderno no acabamos de resignarnos; a la de no dar crédito en los programas a los artistas haciendo notar cuáles son el papel o los papeles que desempeñan, con lo que se hace muy difícil, sin andar preguntando, identificarlos. Quisiéramos decir cuáles con los que nos han gustado más, y no podemos, porque ignoramos sus nombres; sólo algunos ya tan conocidos como Julieta Egurrola, Lourdes Villarreal, Luis Rábago, escapan a este deliberado e injusto anonimato; tal vez se persigue la democrática idea de que los cronistas digamos que todos están igual de bien; pero esto no hace adelantar la carrera de ninguno en particular, y la del grupo entero no es importante, pues de seguro se disolverá al terminar la pieza, y quedará escasa constancia del triunfo de cada uno de los intérpretes, a quienes se priva de la satisfacción legítima de ver su nombre impreso en las críticas; nada ganaríamos con decir "la bonita", porque lo son varias, o "el calvo" porque hay dos, o "el chaparro", pues lo son algunos. Tampoco con decir; “y el que hace el papel de tal", ya que hay varios papeles semejantes (casi todos son de espectadores en un cine popular; sólo uno escapa a esta definición: el vendedor de palomitas).

Estamos absolutamente conformes con el sentir de nuestros colegas que vieron la obra antes que nosotros, y la premiaron: la de Julio Castillo es una dirección esforzadísima, que nos atreveríamos a calificar de titánica. Ha sido como dirigir una complicada sinfonía, junto a la cual las obras normales parecen cuartetos, quintetos, u otras formas de sencilla música de cámara. La idea misma de presentar a una audiencia un espectáculo, dentro de otro, es atrevida y valerosa; por supuesto, como es fácil prever, se resta más la presentación de una serie de cuadros pintorescos, de viñetas costumbristas, lo que de todos modos da una amplia gama que va desde la comedia, el sainete, el sketch, hasta el melodrama, del que no falta alguna bien lograda muestra. Era difícil dar ningún tipo de unidad, aun considerando como personajes plural al público, o al "pueblo". Nos hemos acordado, por la forma de ir presentando a los mismos actores en varios personajes (pero seis o siete de ellos son permanentes, y van cambiando con el paso del tiempo) del sistema preconizado por Bertolt Brecht (por ejemplo, en la La reparable ascensión de Arturo Ui) y seguido por muchos otros autores modernos; también ha venido a nuestra memoria una obra de Dürrenmatt aquí creemos que todavía no conocida: El matrimonio del señor Mississippi; en esta pieza, que hace años vimos en París, también el primer actor es excelente, y el segundo acaba por sucumbir al mucho estrépito y por contaminarse con demasiada política y abundante realismo (en aquel caso, el nazismo: en el actual, Tlatelolco en 1968): estas alusiones a hechos concretos y pasajeros no enriquece las obras, sino las fecha y las condena a marchitarse; cuánto hubiéramos preferido que la obra se acabara en el intermedio (han pasado ya unos 100 minutos, y 90 es una excelente duración para una obra de teatro, una película, una conferencia, una corrida de toros). La segunda parte, acaba por cansarnos, no sólo porque, como han descubierto los psicólogos, la atención tiende a disminuir con la prolongación, sino porque este innecesario apéndice, sin traernos artísticamente nada nuevo ni mejor que lo que el primer acto nos han dado, es de tal manera ruidosa y violenta que nos apabulla; antes habíamos escuchado amables canciones norteamericanas (en la invisible pantalla se supone que van pasando cintas como El mago de Oz, Cantando en la lluvia [sic], Nosotros los pobres, y algunas de rumbas y mambos); en la segunda vienen el rock, las cadenas, la marihuana y otros elementos que entran dentro de la apreciación general de desagradables (las cadenas de los cadeneros, jóvenes maleantes golpeadores; no las que con tanta gracia Víctor Hugo Rascón Banda evocó en su preciosa comedia, ¡Manos arriba!). También es en esta parte donde se carga la mano a lo sexual y a lo violento.

¿Qué decir de espectáculo tan formidable, tan impresionante, que no hayan dicho ya nuestros colegas? ¿De qué medio valernos para recomendar, por encima de las demás, algunas actuaciones estupendas? Sólo queremos insistir en dos cosas: en que el espectáculo es dignísimo de verse, excepto para menores de edad o ancianas mojigatas, y en que Julio Castillo una vez más, y en mayor grado que nunca, se manifiesta un gigante de la dirección escénica, que además de mover con agilidad admirable a docenas de marionetas ha tenido una concepción llena de originalidad y de fuerza, con la que cautiva nuestra atención (hasta que el cansancio va debilitándola) y nos hace parecer vetusto todo el resto del teatro que se hace en México, sin tanta novedad y sin tanto vigor. Cuánta razón tuvieron nuestros compañeros críticos al premiar a la obra entera (lo que incluye al director, a la autora de los textos, a los asistentes de la dirección, al escenógrafo e iluminador (–Gabriel Pascal–, al coreógrafo –el del "Blanquita"; Ricardo Luna–) y a los 21 artistas de los que tenemos que decir que están en globo formidables, privándonos de señalar cuáles fueron los que más nos gustaron).


Notas

1. La obra se estrenó el 30 de octubre de 1985 en el teatro del Galeón. Julio Castillo 1943-1988. Catálogo de obra. Diteatral, S.C. 1989, s/p.
2. El texto es de Blanca Peña y el espectáculo teatral de Julio Castillo. Julio Castillo. Idem.