FICHA TÉCNICA



Grupos y compañías Teatro de Masas

Notas de grupos y compañías Gergorio Dante / director

Notas Breve historia de las representaciones teatrales y danzas en el virreinato del Río de la Plata y de Tucumán, con motivo del festival en homenaje a la República Argentina organizado por Teatro de Masas

Referencia Armando de Maria y Campos, “Bailes y cantos de América, esponja de España que borra límites geográficos y barreras políticas”, en Novedades, 14 mayo 1948.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Novedades

Columna El Teatro

Bailes y cantos de América, esponja de España que borra límites geográficos y barreras políticas

Armando de Maria y Campos

Este hermoso festival, organizado por el Teatro de Masas que dirige Gregorio Dante y la dirección el Hospital Central Militar, en homenaje a la hermana República Argentina, por la que mi corazón siente noble afecto, me da ocasión de recordar para público tan culto y distinguido como el que me escucha, algunas fichas y algunas fechas sobre los espectáculos en Argentina, bailes y teatro en particular que se cultivan desde la llegada de los españoles a este continente, y con los que la República del Plata ha logrado formar en primera línea, codo con codo con las naciones más avanzadas en el difícil arte de divertir.

En las vastas regiones que habían de ser América, lo mismo que en Europa, que en Asia y en las Indias también, se bailaba desde que el hombre tuvo necesidad de expresar con ademanes, movimientos o actitudes los estados de su ánimo. Los españoles encontraron que los indios de este lado del mar, sabían bailar, y que bailaban, para sus divinidades, con un profundo sentido religioso, después, representarían. Pero como lo que importa en esta plática son las danzas, primero, y las representaciones, después, en las regiones que fecunda el río de la Plata, volveré los ojos a aquel remoto pasado fijando la mirada en la región que ahora es la próspera República Mexicana.

Lo saben los eruditos, lo empiezan a saber los curiosos y aficionados. La noticia más antigua que se conoce con referencia a las representaciones teatrales, con aire de España, hechas en América, corresponden a nosotros, durante el virreinato. En Santiago Tlaltelolco y en 1533 se hizo "una representación del Fin del mundo". En Santo Domingo, en pleno siglo XVI, por la octava de Corpus Christi del año 1538 ya se representaban entremeses en la Catedral primada. En el virreinato del Perú, al mediar ese mismo siglo, se hicieron representaciones sacras en el interior de los templos, pero hasta fines de 1594 no contó Lima con un teatro cerrado. En Potosí se construyó el Coliseo de Comedias en 1616, y en La Habana en 1778; en Caracas y en Santiago de Chile en 1783 y en La Paz, Bolivia, es decir, cerca del cielo, en 1796.

La primera representación escénica de que se tiene noticia en las antiguas gobernaciones del Río de la Plata y del Tucumán fue la farsa que en la festividad del Corpus Christi del año 1544 se representó en la Catedral de la Asunción y de la que era autor el clérigo Juan Gabriel Lazcano, según datos que se hallan consignados en carta de un capellán, Francisco González Paniagua, fechada en Asunción el 2 de mayo de aquel año, que se conserva en el Archivo General de Indias de Sevilla, en la que se revela que su propio autor salió vestido de pastor, y que dicha representación no había tenido otra finalidad que la de escarnecer al segundo adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, que había depuesto del mando, y a quien motejó de "lobo rebaco", llenándolo, mañosamente de tremendas injurias.

Por lo que se refiere a bailes, danzas, mitotes, fiestas en general –entre nosotros: areitos– las noticias son aun más remotas. En las misiones guaraníticas de los padres jesuitas en la antigua provincia del Paraguay –cuando la República Argentina no soñaba en nacer– las danzas eran un complemento de las fiestas públicas que celebraban los indígenas y según refiere un erudito –el P. Hernández– no había "nada en ellas de lascivo ni desordenado sino todo muy honesto, así como era muy artístico". En esas danzas no participaban los adultos, ni las mujeres, pues, sólo un número de niños, elegidos en las escuelas eran dedicados a las mismas, haciendo su aprendizaje exprofesamente. Los asistentes eran colocados por sexos en distintos lugares –las mujeres de un lado, los hombres del otro–, desde donde observaban el desarrollo de las mismas. Poco a poco fueron desapareciendo en estos actos las danzas propiamente gentiles, para ser sustituidas por las que simulaban encuentros entre moros y cristianos, espectáculo muy común entonces en todas las ciudades americanas sujetas al dominio español, y que aún perduran en muchos pueblos de España. Sumisos, los indios bailaban lo que se les permitía, y cuando la ocasión les era propicia, volvían a sus danzas gentiles, que les llenaban de esperanza sus corazones, porque, como lo dijo un cronista de aquellas décadas –José Antonio González de Salas en Nueva idea de la tragedia antigua, Madrid, 1778–, "el baile expresa todas las afecciones del corazón valiéndose del movimiento, como la pantomima se vale del lenguaje de la sensibilidad".

Los negros esclavos, que desde su patria fueron trasladados a este continente, incorporaron a sus fiestas y ceremonias religiosas sus danzas nativas, que según Concolorcorvo en su libro El lazarillo de ciegos caminantes (1773), "se reducen a menear la barriga y las caderas con mucha deshonestidad –¡¡precursores de Tongolele!!–, a que acompañaban con gestos ridículos", lo que dio lugar para que el estadista Vértiz, por su Bando de 1770, ordenara: "que se prohíben los bailes indecentes que al toque de su tambor acostumbran los negros; si bien podrán bailar aquellas danzas en la fiesta que se celebran en esta Ciudad", que no eran otras que las de origen hispánico, que aún perduran, como los ríos de sangre que corren por nuestras venas y mantienen caliente nuestro amor a la Madre, paridora de pueblos...

Corren los siglos y los pueblos siguen bailando y representando sus sentimientos y pasiones, y danzas y comedias son, ahora, como el hilo que cose o zurce los veintiún trozos de la piel de toro español que flota entre dos mares, desde el río del Norte hasta la Tierra del Fuego, y que nos mantiene unidos, pueblos –pueblo– de un solo Dios y un solo Verbo, que bailando y cantando "nuestras cosas" borramos límites geográficos y renunciamos a fronteras políticas...