FICHA TÉCNICA



Título obra La familia real

Autoría George S. Kaufman y Edna Farber

Notas de autoría Unsaín / traducción

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco María Teresa Rivas, Enrique Alvárez Félix, Jacqueline Andere, Aarón Hernán, Norma Lazareno, Leticia Calderón, Rolando de Castro

Música José Antonio Alcaraz

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La familia real de George S. Kaufman y Edna Farber, dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 13 noviembre 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de noviembre de 1985

Columna Teatro

La familia real de George S. Kaufman y Edna Farber, dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

A quienes nos preguntan cómo van los teatros que poco a poco están reanudando su actividad después del sismo septembrino solemos dar la siguiente respuesta: como todo el año, y como todos los años: bien los buenos, regular los regulares, y mal los malos; es decir que, como ha sucedido siempre, y seguirá sucediendo, unos interesan, a pesar de temblores, calores, fríos, lluvias, granizadas, y otros no interesan ni aunque regalen polvorones. Así son las cosas, y nunca han sido de otro modo.

Hemos reseñado las grandes colas y los entradones en el espectáculo infantil de Magdalena del Rivero, que es algo que siempre ha interesado (ella tiene cuidado de escoger sus fechas con respecto al calendario escolar que es lo único, que podría afectarla). Ahora vamos a hablar del Insurgentes, donde José María Fernández Unsaín ha montado algo que puede ser calificado de irresistible, y a lo que es imposible que se excuse de asistir el público, pues se trata de un espectáculo de tal manera inpecable, deslumbrante y perfecto, que no tiene más remedio que triunfar. Ya en sus cuatro primeros días, para sorpresa de quienes no esperaban tanto, hizo cuatro millones, lo que es una taquilla más que honorable; dirá un pesimista que pudo hacerla doble, ya lo hará, a medida que se corra la voz de su calidad; claro que los gastos allí son enormes y que se necesita una gran afluencia de público para sostenerlo; pero puede abrigarse la seguridad de que esa gran afluencia se producirá, antes de mucho. Por lo pronto, las ovaciones han sido de escándalo, los más severos no encuentran dónde clavar el diente, y el teatro Insurgentes se ha visto ya algunas noches lleno a reventar, lo que irá pasando cada vez más veces a la semana.

La estrella que escabeza la marquesina es Jacqueline Andere, una personalidad de ya muy sólido prestigio; actriz notable, mujer bella, nombre conocido. Tiene en La familia real un papel que le permite en todos los aspectos de su arte un extraordinario lucimiento; un dato que interesará especialmente a las señoras: aparece vestida, empielada y enjoyada en forma espectacular; su papel es el de una actriz famosa, y esta vez no se le pide una elegancia discreta; sino riqueza y vistosidad; saca un jugo completo de vestidos, abrigos, batas, y ostenta tal cantidad de gruesos diamantes, que tirará de espaldas a los espectadores que en esas cosas se fijan, y que son muchas. Esto del vestuario rico va con todo el resto de la compañía, mujeres y hombres. A nuestro juicio, tal ostentación es un gran atractivo para una buena parte del público, que ya mobiliario y vestuario de bajos fondos, o de modesta clase media, bastante ve en sus propios hogares. También con David Antón, creador de una escenografía apantallante, va este comentario. Escapa por unas horas a la mediocridad que suele tener a la vista el público que es convidado a vivir o ver vivir, por una velada, con fastuosidad escapista, en un sueño de abundancia y de esplendor.

La obra, de los norteamericanos George S. Kaufman y Edna Farber, famosos en su tierra, ha sido traducida con el mayor de los ciertos por Unsaín, cuya experiencia y su colmillo son admirables, y dirigida por José Luis Ibáñez; quien repite el redondo triunfo que en ese mismo teatro tuvo no hace mucho con El vestidor, una de las pocas obras, en toda la historia del teatro en México, con la que La familia real puede compararse por su espléndida postura en escena. Imaginaron los autores una familia de artistas teatrales, los Cavendish, que en muchos de sus rasgos reproduce lo que fue en realidad la familia Barrymore, a la que, por el cine, todos ustedes recuerdan: John, Ethel, Lionel, y, de la siguiente generación, Diana, en quien principalmente se enfoca la acción, de manera que vengan a ser los mayores algo como un marco que la rodea. Suponemos muy ágil el diálogo original; el que nos llega en la traducción de Unsaín, no podría serlo en mayor grado; y a esta agilidad básica le da el director una velocidad tan vertiginosa, que ni siquiera proporciona al público los segundos de respiro que serían necesarios para hacer estallar las tres o cuatro ovaciones que se siente uno inclinado a tributar a los artistas a quienes los autores prepararon mutis de aplausos: dos o tres veces a Enrique Alvárez Félix, y por lo menos una a María Teresa Rivas; las que arranca Jacqueline Andere no interrumpen la acción, pues se producen como finales de los actos.

Hemos mencionado ya a los magníficos autores, al estupendo traductor, al director admirable, al formidable escenógrafo y a la diseñadora del vestuario, la joven señorita Joelle. La música, de otra gran celebridad, José Antonio Alcaraz, no llegamos a escucharla, y qué bueno, porque nos habría estorbado para seguir los diálogos; pero le vimos a él llenar medio escenario, al final de la función, y le aplaudimos al parejo de los demás. Nos queda poco espacio para referirnos a los intérpretes; aunque ya dijimos que Jacqueline tiene una brillante actuación, llena de fuego y de finos matices, y que luce su físico, su ropa y sus diamantes como tal vez no lo había hecho nunca antes. En fin, ella es la estrella a quien el público va a ver y no sorprenderá a nadie su completo triunfo.

Pero autores y director prepararon también grandes aplausos para el resto del reparto; habrá quienes encuentren excesivo a Enrique; no nos lo parece, su papel es de tal manera excéntrico que todo en él, vestuario, gestos, tonos, tiene que ser exagerado, abultado y desquiciado; luce espléndido; nos ha gustado más que en Drácula, que en El hombre de la Mancha o que en La enemiga, y estamos seguros de que el vocear tan fogosamente su introvertido personaje no hace sino obedecer al director y a los autores. María Teresa Rivas dicta una cátedra de señorío, de autoridad escénica, en el que tal vez es el papel más bellamente escrito de la obra; hay en él una larga escena en que tenemos que retenernos para no interrumpirla con una ovación. Armando Calvo vive un ambiente que ha sido el de su vida real: debutó, en el estreno de una obra de Benavente, allá por 1925, en Madrid (tenía cinco años), ha sido una gran estrella del cine, del teatro, de la opereta, en su patria y aquí, por 40 años, y está en el mejor momento, como actor, de toda su carrera; ningún elogio nos parecería demasiado para comentarlo. Aarón Hernán, Norma Lazareno, Leticia Calderón, Rolando de Castro, son otros resplandecientes nombres en el reparto; pero sería injusto olvidar a otros más pequeños, como Carmen Vera, Héctor Catalán, Miguel Prieto, que también ponen su parte para que nada flaquee, para que todo sea perfecto.

Dice Calvo en una escena: "Londres, París... eso era antes; hoy es Nueva York el gran centro mundial del teatro". Ahora, después de ver La familia real (y en vísperas de volver a ver Violinista en el tejado) podemos decir, a boca llena: México es un gran centro mundial de teatro.