FICHA TÉCNICA



Título obra Grande y pequeño

Autoría Botho Strauss

Dirección Luis de Tavira

Elenco Julieta Egurrola, Brígida Alexander, Martha Navarro, Damián Alcázar

Escenografía José de Santiago

Espacios teatrales Teatro el Galeón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Grande y pequeño de Botho Strauss, dirige Luis de Tavira]”, en Siempre!, 6 noviembre 1985.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   6 de noviembre de 1985

Columna Teatro

Grande y pequeño de Botho Strauss, dirige Luis de Tavira

Rafael Solana

Ahora sí es un verdadero teatro el antiguo tejaván (es mexicanismo; el diccionario pide tejavana, que vale cobertizo, tinglado, hangar o cosa parecida) El galeón, que era uno de los dos lugares teatrales más incómodos de México. Y es un teatro convertible, que puede ser utilizado con escenario a la italiana, o en forma de arena, o en otras que la imaginación de los directores conciba; tiene ya butacas, no poltronísimas, como las del Ruiz de Alarcón y el Manolo Fábregas; ni siquiera poltronas, como las de Bellas Artes y el Aldama; pero tan suficientemente cómodas que nos fue posible permanecer en ellas cuatro horas (solemos llegar un cuarto de hora antes de la hora anunciada, y esa suele correrse de 15 a 30 minutos) sin deterioro de nuestra anatomía. Como estaba antes, habría estallado un motín, o algunos espectadores tendrían que haber sido socorridos por camilleros, antes de que la representación concluyese.

Estamos hablando de la de Grande y pequeño, pieza en 10 actos, el segundo de ellos dividido en 10 cuadros, que ha hecho las delicias de Luis de Tavira, el inteligentísimo director que parece esperar con ansia obras que le permitan apoyar su tesis de que en el teatro el director vale más que la obra; un aserto que se tiene en pie especialmente cuando se trata de buen director (Tavira lo es) y de una obra mala (creemos que lo es la de Botho Strauss). Atreverse a afirmar tal cosa de una obra moderna corre sus riesgos; sobre todo el de entrar en contradicción con quienes (hay muchos) no entendieron nada y para no ir a parecer tontos abren tamaña boca y caen de rodillas aclamatoriamente. Esta actitud crítica ha sido muy socorrida en todas las otras artes. Muchos pintores tomaron el pelo a los críticos con bromas como enviar a una exposición un cuadro pintado por un chango, o por un burro al que se amarró una brocha a la cola, o por niños retrasados mentales; también en la música se han dado casos en que se nos hace tragar un ruido de arrastrar muebles o de dejar caer canicas en cubetas metálicas, y en poesía hubo quienes acumularon sílabas inconexas; sólo pasado el tiempo se vio que había un Matisse, un Picasso, un Penderecki, un Messiaen; en la poesía dadaísta no sobrevivió nadie, y en la escultura está por verse quién. En el teatro... Claro, se recurre a decir que si el autor no logra, a través del director y de los actores; comunicarnos algo, es porque la obra trata de la incomunicación (por lo visto todas las de este siglo de ninguna otra cosa tratan, como las del siglo XIX trataban de amor y las del siglo XVII del honor). Parece que todo el que haga lo contrario de lo que ya se ha hecho es un valiente, un descubridor, un inventor, y a lo mejor resulta que es un despistado o un mequetrefe, que lo único que obtiene, lo que representa un mérito escaso, es orinarse fuera de la bacinica.

Nos pareció que a este Strauss (Ramos es un apellido popularísimo en alemán; hay muchos músicos, escritores, filósofos, que lo llevan) le dejó muy impresionado Peer Gynt (después vimos en el programa trabajo sobre esa obra en 1971), con sus locos, su África, sus personajes sueltos o inesperados; de manera que no va por allí la novedad (Ibsen estrenó su pieza en 1867); ¿en la longitud, entonces? Musset tiene una pieza, El candelero, en 11 actos (aquí la estrenó Rodolfo Usigli, como galán); en el Japón hemos visto obras de 40 actos, que duran ocho horas; Pepe Solé nos presentó hace poco la obra de dos y medio milenios de edad La Orestiada, en seis horas; ¿la multitud de personajes? Tampoco; apenas pasan de 50; hemos visto obras con más.

Pero podría no estar en la novedad el mérito de la pieza, sino en su profundidad, en su emoción, ¿Estará allí? La pobre de Lotte acaba por ser tan sufrida como un personaje de La cabaña del Tío Tom o de Las dos huerfanitas, que no son piezas nuevas; se llega a abusar del patetismo, a exagerar el desamparo; pero ello no sin cierta pesadez alemana, con una seriedad monolítica. Los espectadores que se rieron en algunas escenas pronto comprendieron que esas risotadas, no había por qué darlas. Tampoco eran necesarios los desnudos, adorno tavirístico. Pudo muy bien ser una obra sintética y simpática.

Se atribuye a Winston Churchill el dicho (pero bien pudo ser de Luis Echeverría) de que para preparar un discurso de cinco minutos necesitaba una semana; para uno de media hora, un día. ¿Y uno de cuatro horas? "Ese puedo comenzarlo ahora mismo". Una obra teatral de 225 minutos se puede escribir de corrido, sin pensarla mucho; se dice todo lo que venga a las mientes; alguna escena puede ser bien lograda; otras no tendrán esa suerte; pero se deja todo, para que el público escoja. Lo difícil es escoger, podar, y dejar lo esencial solamente.

A cuatro personas le aplaudimos al final, con todas las fuerzas que nos quedaban, que ya no eran muchas: al director, pues Luis de Tavira, sin superar su obra maestra (que es Novedad de la patria) hizo gala de múltiples aciertos (los desaciertos, los descartamos, como si no los hubiéramos advertido, que eso puede hacerse en una obra de tres horas y tres cuartos); a José de Santiago, el escenógrafo, que resolvió con talento e imaginación muchos problemas (sólo que, de 50 años de ver teatro, nos han ido quedando dos manías, dos como tics o vicios profesionales: uno es el de contar a los espectadores, y ése nos dice don Fernando del Prado que lo tenemos todos, y otro el de ir llevando el cálculo de lo que costaron el vestuario y la escenografía, y cada vez que se enciende un reflector sumarlo a una cuenta que se va alargando, alargando... las escenografías del señor Santiago nos parecen casi siempre millonarias); y a dos actrices que tenemos entre nuestras grandes favoritas: la señorita Egurrola, Julieta, actriz de elenco estable del Centro de Experimentación Teatral del INBA, a quien ya tantas veces hemos visto estar admirable, y que ahora en esta pieza lo está una vez más, y la siempre encantadora Brígida Alexander, dama de una singular proyección en el público, inteligentísima en la matización, aun en papeles mudos, como son algunos de los que en esta pieza le tocan. También nos gustó mucho Martha Navarro. Y, de entre los actores, Damián Alcázar.

Desde luego Grande y pequeño es una obra importante, que aconsejamos mucho a los buenos aficionados, capaces de soportarla sin cabecear; obra divertida para espectadores ingenuos, ciertamente no lo es; tampoco nos ha apantallado como un nuevo Evangelio del arte teatral; hemos llegado a pensar que perdería poco si se le suprimieran las dos primeras horas, y algún episodio de los siete cuartos de hora que quedarían. Hasta podría darse el solo tercer acto como una obra de duración normal, o bien los actos octavo y noveno como breves sketches, carballidianos. Quizá esto vaya a hacerse con la pieza, como un Anatol, de Schnitzler: escoger sus mejores retazos para exámenes de actuación en las escuelas.